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“El teatro de títeres siempre está ahí para hacer el mundo mucho mejor”

Títeres Larderos celebra 40 años de trayectoria con actividades y la publicación de un libro que recoge su historia, memoria y compromiso cultural
Fotos: Saúl García
23/01/2026 - Eduardo M. Crespo

Hay personas que pasan su vida entera buscando una forma honesta de contar el mundo. Ángel Suárez la encontró entre las figuras de madera, los hilos y las voces prestadas. Hace 40 años fundó Títeres Larderos en Cuenca, sin saber que aquel gesto marcaría un antes y un después en la vida cultural de varias generaciones. Desde entonces, ha visto crecer a su público –al que ha visto volver con sus hijos– y ha defendido el títere como una herramienta educativa que nunca jamás dejará de emocionarnos.

 

¿Cómo resumirías estos 40 años de Títeres Larderos?

Empezamos de la nada, aprendiendo poco a poco. La primera etapa fue muy experimental, de formación y de errores. Después vino un periodo más intenso, con grandes montajes y trabajo en grupo. Y más tarde llegó una etapa de consolidación, en la que me quedé yo como titiritero, con mi hermano como técnico y mi mujer como creadora de las historias. Ahí el grupo cambió, pero también encontró su identidad definitiva.

En ese camino fue fundamental el encuentro con Ángeles Gasset. Ella había trabajado en Cuenca desde los años sesenta con sus Curritos y ‘Títeres con cachiporra’. Tras hablar con ella, decidimos continuar ese legado, actualizarlo y mantenerlo vivo. Nos dio total libertad para hacerlo y en 1990 empezamos a diseñar nuestros propios personajes. En 1992 estrenamos la primera obra y, desde entonces, ese universo forma parte de nuestra esencia.

¿En qué consistió esa actualización de los Curritos tradicionales?

Los nuestros nacieron en los años noventa, así que tenían que parecer de los noventa. Había punkis, vaqueros, camisetas, chapas… El rey pasó a ser alcalde, la princesa pasó a ser la hija del alcalde. Mantuvimos la estructura, pero cambiamos el lenguaje y el contexto. A partir de ahí empezamos una etapa que hoy cumple 35 años y que hemos querido dedicar a ella, porque hizo muchísimo por el mundo del títere y por Cuenca.

Fue una mujer pionera, maestra y pedagoga, que utilizó los títeres como herramienta educativa y terapéutica mucho antes de que eso se valorara. Creemos que su figura no ha sido suficientemente reconocida, y por eso seguimos sacando la exposición y reivindicando su legado.

 

¿Tu formación como maestro ha marcado mucho tu manera de entender el títere?

Sin duda. Yo siempre he visto el títere como un recurso educativo muy potente. He trabajado mucho con colegios, con talleres, con formación para docentes y también en la universidad. Allí hicimos procesos completos: construcción de títeres, escenografía y creación de una obra final. El títere ayuda a expresar emociones, a resolver conflictos y a aprender desde otro lugar. Es una herramienta magnífica para la escuela.

Después de tantos años, ¿sigues teniendo la misma emoción antes de salir a escena?

Eso no se pierde nunca. Los nervios antes de empezar siguen ahí, ese nudo en el estómago. Y tiene que ser así. Cuando uno sale demasiado relajado, es peligroso. La tensión forma parte del respeto al público. Ahora me ayudo con los textos porque la memoria ya no es la misma, pero la emoción sigue intacta.

 

¿Ha cambiado el público a lo largo de estas cuatro décadas?

Lo que ha cambiado es la edad a la que empiezan. Ahora vienen niños de meses, lo cual tiene sus límites, claro. Pero lo esencial no ha cambiado. He visto pasar generaciones enteras: niños que venían de pequeños y ahora vuelven con sus hijos. La relación del niño con el títere sigue siendo mágica. Lo ven como a su héroe. Se acercan, lo abrazan, lo besan. Esa sonrisa no se puede fingir.

 

Títeres Larderos está profundamente ligado a Cuenca.

Totalmente. Nacimos en Cuenca y seguimos aquí. Siempre decimos Títeres Larderos, Cuenca. Hemos trabajado durante cuarenta años de forma amateur, sin vivir económicamente de esto, pero con una idea muy clara: que siempre hubiera títeres en la ciudad. Y Cuenca siempre ha respondido muy bien.

Ahora vemos a padres que traen a sus hijos porque ellos lo disfrutaron de pequeños. No vienen por compromiso, vienen porque les gusta y quieren compartir algo que les hizo felices. 

¿Todavía existen prejuicios hacia el teatro de títeres?

Alguno siempre habrá, pero hoy el mundo del títere está mejor que nunca. Hay muchísimos grupos, muchísima creatividad y propuestas muy distintas. Está plenamente aceptado, no solo para niños, también para jóvenes y adultos. El títere ya no es un género menor.

 

¿Qué has aprendido de este oficio?

La nobleza. El mundo del títere es profundamente noble y ese ha sido el gran aprendizaje. Todos los titiriteros que conozco trabajan con una idea clara: intentar que el mundo sea un poco mejor. 

¿Te preocupa el futuro y el relevo generacional?

Creo que siempre hay futuro. Es un momento complicado, sí, pero hay que tener esperanza. Los jóvenes, en general, tienen más criterio del que pensamos. El títere siempre ha sobrevivido a épocas difíciles.

 

En los últimos años también has explorado formatos, como la Caja Mágica.

Me gusta probar cosas nuevas. Es un formato recuperado primero en Brasil y luego extendido por muchos países. He hecho ya dos montajes y quiero crear una caja especial para romances e historias medievales. Es una forma más íntima de contar, pero muy potente. Y al mismo tiempo sigo manteniendo obras como Sapo y Sepo, que es una historia sobre la amistad y que quiero seguir representando siempre.

 

¿Qué mensaje te gustaría trasladar en este 40 aniversario?

Que vamos a seguir con los títeres mientras podamos. Que estén atentos, porque este año hay muchas actividades, estrenos y proyectos pensados para compartir este aniversario con la ciudad. Todo está hecho para disfrutarlo juntos.