“No había nada hecho”: la lucha de María Elena López por la infancia trans
La historia de María Elena López Blasco comenzó mucho antes de convertirse en una de las voces más reconocidas en la defensa de los derechos de las personas trans en la provincia de Cuenca. Comenzó en casa, con su hija Adriana, cuando apenas tenía cuatro años y empezó a dar “las pistas” de que el género con el que la estaban tratando “no se correspondía” con quien era realmente. Fue a los diez años cuando Adriana inició su tránsito social y cuando Elena entendió que no bastaba con acompañarla en privado: hacía falta dar un paso al frente.
Once años después de aquel proceso, López Blasco ha recogido en el municipio de Brihuega uno de los reconocimientos concedidos por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha con motivo del Día Internacional contra la LGTBIfobia, un premio que admite haber recibido “de manera inesperada”, pero que interpreta sobre todo como “un reconocimiento y una visibilidad para una causa”.
“Hace 17 años que comenzaba en ello y parecía que había un camino por andar y un camino por hacer porque no había nada hecho. Sobretodo en la infancia trans. No había nada, nada, nada. Era un camino entero por construir”, nos cuenta María Elena.
Cuando su hija Adriana comenzó su transición social, María Elena y su familia iniciaron una búsqueda desesperada de información y referentes. “Mi hija necesitaba referentes. Ella nos decía: ‘Mamá, ¿esto solo me pasa a mí?, ¿no hay nadie más en el mundo?’. Ahí vimos la importancia de estar presentes y hacernos visibles para ayudar a otras personas”.
Aquella búsqueda, al principio, estuvo marcada por el miedo. “Cuando buscábamos en internet solo encontrábamos prostitución, drogadicción… Y cuando empezamos a hablar con gente de Madrid y Barcelona nos dijeron algo que nos impactó muchísimo: ‘Lo peor es que se quitan del camino’. Nos hablaban de suicidios de personas trans por no sentirse arropadas o por sentirse rechazadas incluso por sus familias”.
La realidad tampoco fue sencilla en el ámbito educativo. López Blasco recuerda que uno de los episodios más duros llegó en el colegio concertado cristiano en el que estudiaba Adriana. “Directamente nos invitaron a irnos”, relata. “Nos pedían certificaciones médicas cuando entonces no existía nada regulado. No había protocolos, no había leyes y no había acompañamiento”.
Aquellos años estuvieron marcados por procesos judiciales y obstáculos administrativos. “Tardamos tres años en conseguir el cambio de nombre y género. En aquel momento prácticamente exigían tratamientos hormonales u operaciones. Ahora, gracias a la ley trans, ese proceso puede hacerse en un mes”.
Pese a las dificultades, la activista destaca el apoyo institucional recibido en Castilla-La Mancha durante todos estos años. “Siempre hemos tenido el apoyo de este Gobierno regional y han sido muy garantistas con cada petición que hicimos. Las instituciones suelen ir por detrás de las necesidades sociales, pero en este caso respondieron perfectamente. Por eso este reconocimiento también se lo hago yo a ellos”.
Entre los avances que más valora fi gura la creación en Cuenca de la unidad de referencia para menores y adultos trans, además de protocolos educativos y sanitarios específicos. “Conseguimos que se legislara y que hubiera herramientas para que los menores pudieran estar en entornos seguros”.
Con 55 años y más de una década de activismo a sus espaldas, Elena mira al futuro con preocupación por el auge de los discursos de odio, aunque también con esperanza: “Lo que me gustaría es que dentro de diez años fuéramos una sociedad coherente. Que entendiéramos que cualquier sociedad es más rica cuanto más diversa es y que las minorías vulnerables dejen de utilizarse como arma política”.