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“Hemos pasado ya tres o cuatro crisis, pero seguimos vivos”

La icónica carnicería de la avenida del Mediterráneo celebra dos décadas prestando servicio a los vecinos y a los mejores restaurantes de la ciudad
“Hemos pasado ya tres o cuatro crisis, pero seguimos vivos”
Foto: Saúl García
05/05/2026 - Rubén M. Checa

Hay lugares en los barrios que con el paso de los años se convierten en algo más que un simple comercio y pasan a ser ese establecimiento donde uno sabe que siempre le van a cuidar. Algo similar ocurre en el número 17 de la avenida del Mediterráneo, donde la Carnicería Miguel acaba de soplar las velas de su vigésimo aniversario. Veinte años han pasado desde que Miguel Rodríguez Lázaro decidiera atarse el delantal en su propio negocio, convirtiendo lo que parecía un final amargo en el principio de su gran proyecto de vida.

Y es que corría el año 2006 cuando el supermercado Día, aquel que estaba ubicado junto a la rotonda del Polígono Cuberg y la carretera a Motilla, cerró sus puertas. Miguel trabajaba allí de carnicero. De la noche a la mañana, la persiana bajó, dejando al barrio con un vacío enorme. “Cerró, y me vine aquí, decidí emprender”, recuerda. 

Así, vio la oportunidad, montó su carnicería, y el arduo trabajo que supone ser autónomo junto a su simpatía hizo el resto: su clientela de siempre no dudó en seguirle a su nuevo mostrador.

Los inicios, rememora, fueron agradecidos, pero el camino no ha estado exento de baches. “Hemos pasado ya tres o cuatro crisis, nos cogió la del 2008 de lleno... pero seguimos vivos”, reflexiona Miguel. Y no solo vivos, sino convertidos en un referente indiscutible de Cuenca.

¿El secreto para mantenerse en pie durante dos décadas? Miguel lo tiene claro: la excelencia en el producto. De hecho, por la Carnicería Miguel desfila a diario gente de toda la ciudad e incluso de los pueblos de alrededor buscando su famosa ternera de Amara, una carne suprema que se ha ganado la fama a pulso. 

También arrasan con los lomos extratiernos adobados y al ajillo, y con una vitrina de elaboración propia que es un espectáculo culinario: chorizos, salchichas y una gama de hamburguesas gourmet preparadas allí mismo que quitan el hipo, desde ternera con cebolla caramelizada al Pedro Ximénez hasta opciones de tomate y miel o bacon y queso. Todo ello, rematado con una cuidada selección de quesos de Caracenilla.

El día a día en el local da para escribir un libro. “Cada día es una película distinta, esto es como una serie de ‘La que se avecina’, nos pasan cosas surrealistas”, bromea Miguel. 

Pero la calidad de Miguel no solo conquista los fogones domésticos, sino que su mostrador es también la despensa de confianza de la alta hostelería conquense. Restaurantes emblemáticos y exigentes como Casas Colgadas, Casa de la Sirena, el Caserío o la Sidrería, entre muchos otros, llevan casi dos décadas confiando en él para vestir sus platos. “Buscan calidad, y van a lo bueno”, dice Miguel con humilde orgullo.

Tras 20 años de madrugones y sonrisas detrás del cristal, el mayor premio para Miguel no es solo la rentabilidad del negocio, sino la continuidad familiar. Su hijo Sergio, que hoy tiene también 20 años, ha crecido correteando entre mostradores y cámaras frigoríficas.

Ante la clásica disyuntiva de “o estudias o trabajas”, Sergio lo tuvo claro: el oficio de su padre es ahora también el suyo. Ver a su hijo tomar el relevo y meterse en la “cocina” del negocio le da a Miguel la tranquilidad de saber que el legado está en las mejores manos.

Cuando se le pregunta si habrá otros 20 años más, Miguel sonríe, sabiendo que el peso pronto recaerá en la siguiente generación. “Para mí menos... pero esperemos que sí”.