“Leer es una forma de desobedecer el ritmo impuesto por la sociedad actual”
La escritora Espido Freire (Bilbao, 1974), ganadora del Premio Planeta y una de las voces más reconocidas de la literatura española contemporánea, será la encargada de pronunciar el pregón inaugural de la Feria del Libro Cuenca Lee 2026, que tendrá lugar el 28 de abril a las 12:30 horas en la Plaza de España. En esta entrevista, la autora reflexiona sobre el sentido de este acto, avanza algunas claves de su intervención que estará centrada en lo que permanece frente a la desaparición y profundiza en su último libro, ‘Guía de lugares que ya no existen’, una obra en la que explora la memoria, la pérdida y el vacío desde una mirada poética. Freire también analiza el papel de la literatura en una sociedad acelerada y reivindica la lectura como un acto de resistencia frente al ritmo impuesto.
Este año eres la pregonera de Cuenca Lee 2026. ¿Qué significa para ti asumir este papel en una feria del libro como la de Cuenca?
Este tipo de honores tienen algo de invitación íntima, como si la ciudad te abriera la puerta de su casa y te dijera: pasa, habla, cuenta lo que sabes de los libros y de la vida. Y Cuenca, además, no es una ciudad cualquiera: tiene una cualidad especial, está suspendida en el espacio y un poco en el tiempo, y obliga a decir las cosas con más cuidado, más consciente del peso de las palabras.
¿Cómo afrontas la responsabilidad de inaugurar un evento que celebra la lectura y la creación literaria?
Con respeto, pero sin solemnidad. La literatura no necesita ceremonias rígidas, necesita que se arañe la verdad por debajo de la superficie y un poco de tiempo. Intento recordar para qué sirven, en realidad, los libros: para acompañarnos y para formular preguntas.
¿Puedes adelantarnos alguna idea o línea temática sobre la que girará tu pregón?
Gira en torno a lo que permanece cuando todo parece desaparecer. Y a una de mis obsesiones, la búsqueda de la belleza en cada cosa, en cada gesto. Los libros representan muy bien ambas cosas: resisten incluso cuando nosotros ya no estamos y son, en sí mismos, encarnaciones de lo bello.
En tu último libro, Guía de lugares que ya no existen, planteas un recorrido muy particular. ¿Cómo nace la idea de este proyecto?
Nace de una incomodidad, de la sensación de que vivimos rodeados de pérdidas que nadie nombra. De lugares borrados, de historias interrumpidas, y de memorias (la nuestra propia) que se diluyen. Por ahí va mi mirada, sin dramatismo, con una cierta voluntad poética, pero sin apartar la vista de lo doloroso.
¿Qué te ha interesado explorar en esta obra que quizá no habías abordado de esta forma anteriormente?
El vacío. No como una ausencia triste, o irreparable, sino como un espacio lleno de huellas, de una manera casi escultórica, en la que el hueco forma parte de la obra. Me interesaba ver qué queda cuando lo visible desaparece, cómo seguimos habitando lo que ya no existe.
¿Qué te gustaría que sintiera o se llevara el lector tras recorrer estas páginas?
No lo sé. Ese lector también tendrá sus propios lugares que ya no existen. Quizá una mezcla de extrañeza y consuelo. ¿No? Algo agradable, pero con un cierto regusto melancólico Que entienda que la pérdida también forma parte de la experiencia vital, y que incluso ahí hay algo que aprender, si una se detiene lo suficiente.
Como escritora que mima tanto el detalle histórico, ¿cómo ha sido el proceso de “reconstruir” a través de las palabras aquello que ya no se puede visitar?
Creo mucho en la necesidad de documentación, pero también en la memoria, en la visión subjetiva del pasado. Por eso soy creadora, y no historiadora. Las fuentes, una vez que se consultan, pasan a ser parte de mí misma y de mi mirada. Ha sido un ejercicio de precisión y luego de renuncia, de aceptar que nunca voy a recuperar del todo (o en absoluto) lo perdido. Escribir eso, y generar algo ahí exige mucha humildad.
Tras este viaje por la nostalgia y la historia, ¿hacia dónde se dirige ahora la pluma de Espido Freire?
Hacia territorios menos cómodos. ¡No me gusta sentirme del todo cómoda en algo durante demasiado tiempo! Cuando una se instala, conviene moverse, ante de que la echen de ahí… Por eso cambio tanto de formatos, de historias. Me interesa explorar zonas más tensas, menos amables. Este año, además de lo de siempre (ensayo, novela, juvenil) me mudo unos meses al teatro.
Desde aquel Premio Planeta que marcó un hito en tu carrera, ¿cómo ha cambiado tu mirada hacia la literatura? ¿Eres ahora más arqueóloga de la memoria que antes?
No ha cambiado demasiado, la verdad. Es que yo era una joven muy consciente, muy determinada, muy segura entonces. Muy consciente del paso del tiempo, muy determinada a conseguir lo que deseaba, muy segura de qué pensaba y qué creía… ahora todo eso está entretejido con la duda, con lo relativo, con una ambición que sigue ahí pero que se manifiesta de otras maneras. Pero la pasión por lo literario y la vocación ya estaban consolidadas entonces. Antes escribía con más urgencia; ahora escribo con más perspectiva. Y sí, hay algo de arqueología en lo que escribo, pero también de intuición: no todo se desentierra, algunas cosas se encuentran, sin más.
En una sociedad marcada por la rapidez, ¿qué papel puede jugar la literatura?
Puede y debe jugar el de freno. El de la pausa. El de la recuperación del pensamiento, y el disfrute de cada palabra. Leer es una forma de desobedecer el ritmo impuesto.
¿Crees que hoy leemos de forma diferente a hace unos años? ¿Cómo lo percibes como autora?
Sí, leemos con más prisa y con menos tolerancia a la dificultad. Todos, jóvenes y adultos, estamos devorados por la urgencia que nos han contagiado los medios, las redes, la propia cultura en la que vivimos. Pero también hay lectores muy atentos, muy exigentes. No todo está perdido.
¿Qué crees que puede atraer hoy a los jóvenes hacia la lectura?
La autenticidad. Detectan enseguida lo impostado. Si una historia es honesta, encuentra su camino. La dificultad, el no dárselo todo mascado (aunque pueda parecer contraintuitivo, nos gustan los retos). Y a medio plazo, el ejemplo de otros y el apoyo social a la lectura.
¿Recuerdas el libro que te marcó como lectora?
En mi caso ha habido muchos hitos. Hamlet, quizás, es el que siempre menciono, Crónica de una muerte anunciada, La muerte de Iván Illich, pero también otros menos canónicos. El último mohicano, de niña, o más recientemente, El asesino ciego, de Margaret Atwood.
Una recomendación literaria para quienes nos leen y quieren empezar la feria con buen pie
Que pidan un consejo al librero, y que se lo pongan difícil. Pídanle un libro que no buscarían por sí mismos, uno que se salga de lo que suelen leer. Si es posible, que no sea un superventas, sino algo más discreto. Ahí empieza el descubrimiento. Y si no les gusta, no pasa nada, es solo un libro. Hay muchos.
¿Cómo crees que ferias como esta ayudan a vertebrar la cultura en ciudades pequeñas como es Cuenca?
Crean comunidad, y eso es clave. Los libros necesitan lugares donde suceder, donde encontrarse con la gente, espacio en los que se vean, sin idealizaciones, solo como un objeto de deseo.
¿Qué te gustaría que el público de Cuenca se lleve de tu pregón el próximo 28 de abril?
Una sensación muy sencilla: que los libros siguen siendo, por excelencia, el lugar al que volver. Y que merece la pena quedarse un poco más.