“Cuenca vive su Semana Santa con una intensidad única”
Hay vivencias que no se explican, se sienten. Y para el obispo de Cuenca, José María Yanguas, la Semana Santa es una de ellas. Ahora, desde la responsabilidad de ser pregonero, se dispone a poner palabras a lo que durante años ha contemplado en silencio: el sonido de los tambores, la pausa sobrecogedora de la Plaza Mayor o la mirada serena de las Sagradas Imágenes. El 27 de marzo, en el Teatro Auditorio José Luis Perales, su voz buscará traducir esa experiencia en un mensaje de esperanza y reflexión, en un pregón que nace, como él mismo reconoce, de lo que esas imágenes le dicen y de lo que siguen suscitando en el corazón de los conquenses.
Este año tiene el honor de ser el pregonero de la Semana Santa de Cuenca. ¿Qué sintió cuando recibió la propuesta para ser pregonero?
Un sentimiento doble: de agradecimiento por la designación, pero sobre todo de responsabilidad porque, a lo largo de los años, he ido conociendo mejor lo que un acto como el “pregón” supone para la ciudad y el mundo nazareno en el contexto de la Semana Santa conquense.
¿Dudó en asumir esta responsabilidad?
Ninguna duda. Me pareció que no podía negarme a la voluntad de quienes pensaron en un servidor como “pregonero”. En buena medida me siento un conquense más y pensé sencillamente que no podía decir que no.
El pregón suele ser un momento muy esperado por los conquenses. ¿Cómo está viviendo el proceso de escribirlo y prepararlo?
No diría la verdad si afirmara que no lo he trabajado, primero para idearlo, después para redactar una suerte de borrador, y en fin, para pulirlo y darle la forma definitiva. Pero, al mismo tiempo, es cierto que no me he preocupado demasiado por la “forma”; una vez clara la idea guía del pregón, después la redacción ha discurrido ya con bastante fluidez.
¿Recuerda cuál fue su primer contacto con la Semana Santa de Cuenca? ¿Qué imágenes o sensaciones guarda de aquellos primeros años?
No recuerdo ese primer contacto, pero sí lo que fue, quizás, mi primera impresión: la de que la Semana Santa es algo muy importante para esta ciudad.
La Semana Santa conquense tiene una identidad muy marcada, con sus sonidos, sus silencios y sus tradiciones. ¿Qué es lo que más le conmueve personalmente de ella?
Sin lugar a duda los mismos pasos con sus Sagradas Imágenes. Me parece que es la primera vez que lo hago notar, pero recuerdo, no sin emoción, la primera y única vez en que, desde el balcón del Ayuntamiento, vi la entrada de la Virgen, Nuestra Señora de la Soledad –de San Agustín- en la Plaza Mayor en la procesión ‘Camino del Calvario’. No creí que fuera posible acallar el estruendo de tambores y clarines desafinados. Me conmovió su cese, radical, “cortante”, apenas asomó la imagen de la Virgen a la Plaza: lo sentí como un bellísimo gesto de cariño y respeto por la Madre que sufre la muerte del Hijo. Espero que se repita “así” cada Viernes Santo.
Muchas personas hablan de la Semana Santa de Cuenca como una experiencia que mezcla fe, cultura y emoción colectiva. ¿Qué cree que la hace tan especial?
¿Quizás la fusión de las tres realidades?
Desde que es obispo de Cuenca la Semana Santa de la ciudad ha crecido tanto en participación como en imágenes, incorporándose la procesión del Sábado Santo, de la que este año se cumplen diez años. ¿Cómo recuerda esos momentos en que se planteó recuperar la procesión del Sábado Santo?
La idea no fue ciertamente mía. Surgió de la gente, del pueblo cristiano. Como pienso, que han surgido la mayor parte de los elementos que integran la Semana Santa de Cuenca. Me pareció acertado que se destacara con una procesión “propia” la presencia de las Santas Marías en la Semana Santa. Ellas estuvieron allí; Junto a la Cruz acompañando a María, la Madre. Y ellas la acompañaron en las horas tremendas de la soledad del Sábado Santo. Y también en la alegría asombrada, atónita, ante el anuncio de los ángeles en la mañana de la Resurrección. Se merecían un paso y una procesión.
Como obispo ¿qué mensaje cree que puede aportar hoy la Semana Santa a una sociedad que a veces vive con prisa o con cierta distancia hacia lo religioso?
Un mensaje de segura esperanza. Este mundo está ya salvado. La historia camina a un fin de gloria. Todo tiene sentido, aunque con frecuencia escondido a nuestros ojos y no fácilmente reconocible. Pero la historia humana no es una gran casualidad. Los hombres y mujeres de todos los tiempos son –todo es presente para Dios- objeto de su amor sin medida. En nuestras manos, ¡libres!, está el dejarnos alcanzar y herir por él.
El pregón suele ser también un ejercicio muy personal. ¿Habrá en su discurso recuerdos, vivencias o momentos íntimos ligados a su propia fe?
Como he recordado en más de una ocasión, la línea que ha guiado la redacción del “pregón” es la de contar lo que las Sagradas Imágenes de nuestra Semana Santa me dicen. Pienso que se trata, por tanto, de algo muy personal, pues se trata de “mi mirada” o de “mi escucha” de las imágenes, pero estas, a la vez, son las mismas que miran o hablan a todos.
En los últimos años la Semana Santa ha experimentado también cambios generacionales. ¿Cómo ve el papel de los jóvenes dentro de las hermandades y en la vivencia de la fe?
Su papel es fundamental, tanto para la supervivencia como para la vitalidad de las hermandades. Los relevos se imponen en todos los ámbitos de la vida. Sin relevo solo hay decadencia y muerte; cuando se asegura el relevo, todo se rejuvenece, reverdece. También en la vida de las hermandades y en la trasmisión de la fe es decisivo: “continuidad en la tradición”, porque los renuevos, los rebrotes se dan en la misma planta; si no es así, es que la planta está muerta.
La ciudad de Cuenca se transforma durante estos días. ¿Cómo cree que la Semana Santa influye en la identidad de la ciudad y de sus habitantes?
Pienso que la Semana Santa forma parte -de maneras diversas, pero todas reales- de la identidad de los conquenses, al menos de la mayoría de ellos. La identidad de las personas no es una novedad absoluta: en ella se hacen presentes la historia familiar, las tradiciones, los rasgos de temperamento; es fruto también del ambiente familiar, de la educación, de los valores inculcados, de las vivencias familiares... Y la Semana Santa “juega” en muchos de esos campos; de ahí que influya, en medidas muy diversas, en la personalidad de individuos y colectivos.
Para quienes participan activamente en las procesiones, como banceros, nazarenos, músicos, estos días son también una forma de oración. ¿Qué les diría a todos ellos desde su experiencia pastoral?
Que son “actores” no de una representación sino de una historia viva; no de algo que pierde su sentido una vez que “se baja el telón”; sino de algo que afecta, que “toca”, hoy, a cada uno de nosotros; una historia viva, como digo, una historia que acontece hoy.
Si tuviera que describir la Semana Santa de Cuenca con una imagen o una escena concreta, ¿cuál elegiría?
Elegiría la del hermoso cartel de la Semana Santa de este año. Hermandad, unidad, comunión, armonía, fruto de la entrega de cada uno a los demás –a imitación de la de Cristo- bien lejos del egoísmo que separa, divide y, a veces, enfrenta. La entrega que se expresa en la imagen que congrega a todas las hermandades, en la corona de espinas –el sacrificio por los demás- y en el Pan y el Vino , fruto de la unión de muchos granos de trigo y de muchas uvas de muchos racimos.
Para terminar, ¿qué espera que sienta el público cuando escuche su pregón?
Que ayude a pensar lo que la Semana es y lo que significa para cada uno. Que mire las Sagradas Imágenes y escuche lo que a cada uno dicen.