San Lorenzo de la Parrilla le queda lejos, pero sigue presente en cada zancada que da. La atleta Mónica Guijarro vive una de las experiencias más desafiantes –y también enriquecedoras– de su vida tras ser becada en Estados Unidos, donde estudia en la Universidad de Miami, en Oxford, estado de Ohio.
El salto, aunque ilusionante, no ha sido sencillo para la joven de 18 años. “Sabía que iba a ser duro, pero no imaginaba que tanto”, reconoce al hacer balance de sus primeros meses en Estados Unidos. La adaptación académica y deportiva –idioma, ritmo de entrenamientos, alto nivel competitivo…– fue exigente, pero la situación se normalizó al poco tiempo. Especialmente, tras el parón navideño, la parrillana declara que se encuentra mucho mejor, con una mayor soltura en inglés y un grupo de amigas en el que se siente plenamente integrada.
Recientemente daba comienzo a la temporada en pista cubierta: tras la vuelta de las vacaciones navideñas, disputaba su primera competición el 16 de enero, luchando por hacer sus mejores tiempos ante atletas ampliamente experimentadas. Uno de los aspectos que más le motiva –y a la vez impone– es competir contra atletas de mayor edad y experiencia, ya que el sistema universitario mezcla las distintas categorías freshman, sophomore, junior y senior –los cuatros años de universidad–. “Correr contra gente mayor y con grandes objetivos ilusiona mucho”, asegura Mónica, contenta por esta situación que “te permite superarte”.
El apoyo institucional y la flexibilidad académica hacen de la universidad un entorno clave para el desarrollo de atletasLA VIDA EN ESTADOS UNIDOS
La convivencia en Estados Unidos es una experiencia de la que está aprendiendo mucho: desde la estructura deportiva –“Los atletas somos la base de la universidad, representamos su nombre y nos sentimos respaldados”, traslada– hasta la flexibilidad horaria, supervisión técnica, entrenadores de primer nivel…
Aunque hay cosas que no cambian para Mónica, y eso es el frío, ya que recuerda que el Miami de Ohio no es el Miami de Florida. “La gente creía que me iba a la playita y todo lo contrario, temperaturas de 8 bajo cero, sensación térmica de 20 bajo cero… mucha cinta, correr y pabellón. Aunque salgo a correr con pantalones cortos igual que en Cuenca”, cuenta entre risas, algo que sorprende a sus compañeros.
Pero si hay algo que realmente pesa es la distancia emocional. “No tener a mi padre y a mi madre en la línea de meta se hace muy duro”, confiesa, sumado a que la diferencia horaria entre España y Estados Unidos a veces hace difícil la comunicación. Acostumbrada a su apoyo constante, reconoce que competir sin ellos supone un reto personal enorme. “Te enfrentas a todo sola, pero aprendes muchísimo. He madurado el triple de lo que habría madurado en España. Me encantaría tener una camarita para que vean lo que soy capaz de hacer”, traslada.
En cuanto a objetivos, Mónica tiene claro que está centrada en la distancia de 3.000 metros y en la modalidad de obstáculos, disciplina en la que su entrenador —exfinalista mundial— es una referencia. “Quiero aprender todo lo posible, disfrutar y competir al máximo nivel”, ambiciona.
Y es que si algo gana en este proceso es una motivación renovada por su pasión: el atletismo. “He recuperado la ilusión”, declara Mónica con convicción tras pasar algunos altibajos motivacionales en el deporte.
Con el nuevo trimestre comenzado y muchas competiciones por delante, la joven promesa del atletismo conquense está viviendo toda una aventura que le hará crecer en lo deportivo y lo personal.