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22 de Mayo de 2019 Son las 10:05

Opinión

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Especial Semana Santa 2019
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José Ángel García

Aquellos, estos tiempos

Corrían los finales de los setenta del siglo pasado. Ya había fallecido el dictador y todos hablábamos de democracia, de cambios y de libertad pero aún cuando mi mujer llegaba a casa tras haber salido con sus amigas a tomar una copa por la noche lo hacía cabreada porque siempre, en algún momento, alguien le había inquirido, con todo el retintín del mundo, que en dónde había dejado a su marido. Y corrían los ochenta y mi hijo mayor volvía a casa del colegio pesaroso y confundido porque algunos de sus compañeros le hubieran llamado niña a causa del anorak a cuadros de colores, incluido el rosa, que nosotros, sus padres, imprudentes, –pero en qué estaríamos pensando, en qué país creíamos que estábamos viviendo?– le habíamos comprado… Han pasado ¿cuánto?, ¿cuarenta?, ¿cincuenta años?, y miedo me da pensar que tras tanto tiempo y tanto pensar en cuánto habíamos progresado y en lo liberales y guays que nos habíamos vuelto en este país –perdón, en este Estado, nación de naciones o lo que sea, que no se me enfade nadie– cosas como ésas, tan en apariencia se podría pensar que nimias, que triviales, que sin importancia, pero en realidad tan significativas de por dónde van los tiros, podrían, crucen todos los dedos que tengan y alguno más, volver a producirse si quienes ahora vienen a hablarnos de reconquistas y de banderas al viento (aún no han reivindicado los pololos ni soltado lo del rosa para las niñas, el azul para los niños, pero denles algo de tiempo, que hay sambas que enseguida se difunden), apoyados en las, desde luego vaya que reales y existentes dificultades cotidianas, en los evidentes deméritos de la gestión de quienes nos han gobernado y en la temeraria inconsciencia del puedo prometer y prometo de los que aspiran a relevarlos, pero también en la, parece mentira, desmemoria de quienes peinamos canas y, reconozcámoslo, tan ingenuos optimistas fuimos pensando que lo ganado ya no se puede perder, y en el desconocimiento histórico –¿de qué dice usted que me habla?– de las nuevas generaciones sobre lo que en un momento fuimos y sufrimos, consiguen seguir creciendo en aceptación, votos y peso en el hacer político de nuestra sociedad. Por Dios, no seamos insensatos y no les demos ni la más mínima cancha, por más cabreados o hastiados que estemos, ni con nuestro aplauso ni con nuestro silencio ni, por supuesto, con nuestro voto ni con nuestra abstención. Por favor que no tengamos luego que lamentarnos de no haber hecho lo que teníamos que hacer: que estos nuestros tiempos no se nos vuelvan aquellos nada deseables y ojalá que para siempre desterrados viejos tiempos.

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