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José Ángel García
José Ángel García
12/03/2023

No me toques los textos

Hace ya más de cuarenta años –si la memoria no me falla creo que fue allá por el 1980– uno de nuestros sin duda mejores articulistas, Manuel Vicent, publicó un texto titulado “No pongas tus sucias manos sobre Mozart” que terminaría siendo galardonado con el premio César González Ruano y posteriormente daría título global a un volumen que recogía algunas de sus colaboraciones de ese género literario-periodístico. El contundente epígrafe me saltó de inmediato a la mente al enterarme de que la editorial inglesa Puffin Books había puesto en las librerías algunos de los títulos más significativos del escritor Roald Dahl, uno de los más populares autores de la narrativa infantil contemporánea, expurgados de las expresiones o términos que los autores de la maniobra habían considerado no adecuados para nuestros infantes en estos tan moralmente escrupulosos tiempos, algo, por desgracia, que era más que esperable en este nuestro hoy tan, cada día más, constreñido por la creciente dictadura del dogma de lo política-moralmente correcto. Porque evidente es que la decisión de la editorial inglesa no respondía a ninguna apuesta de reinterpretación de los personajes dahlianos desde nuestra actual óptica cual las llevadas a cabo por ejemplo en las contemporáneas representaciones de muchos textos teatrales –en unos casos con más acierto y sentido, en otros con bastantes menos– o de darles la vuelta –hacia una u otra vertiente según quien lo haga– de muchos de los personajes de los cuentos populares más universales, en operaciones más o menos justificables, según cada uno piense, pero en cierta medida amparadas por la libertad de recreación creativa, sino, pura y simplemente, del servil acatamiento a la oleada de un creciente e inquisitorial pensamiento biempensante dispuesto a “purificar” desde su propia mucho más que tradicional, puritana, conciencia de lo bueno y de lo malo, los a su juicio tan peligrosos mensajes tanto para nuestros pequeños –por ahí, qué demonios, se empieza– como para, también, cualquiera de nosotros, pobrecitas ovejas que guiar que nos creíamos adultos y bien formados, salvándonos de la ponzoña que late en tantos títulos que, sibilina y arteramente, podrían llegar a infectar nuestras conciencias. Por fortuna la decisión ha, por una vez, despertado una cierta reacción  de quienes creemos que basta con saber de dónde y desde qué presupuestos históricos nos llegan las cosas –en este caso el contenido de los títulos literarios– contextualizándolos y, si se trata de nuestros menores, explicándoles personalmente, caso de que lo veamos necesario –que  tampoco son tan tontos, mire usted– esas sus circunstancias de origen de igual modo que de siempre les hemos podido precisar, acompañándoles en su lectura o en su escucha, que ni las hadas existen, ni los osos hablan ni comen sopa, ni de normal los lobos suelen disfrazarse de abuelilla. Una reacción que tampoco es que les haya hecho retroceder a sus casillas de salida sino que les llevado a ofertar la una y la otra versión en sendas separadas ediciones lo que probablemente, a más de aumentar la demanda de esos títulos, les va a posibilitar, negocio más que redondo, mayores beneficios económicos. Pero volviendo al maestro Vicent: me hubiera parece una desfachatez remedar el excelente título de su excelente artículo para encabezar este mío con algo así como “No pongas tus sucias manos sobre esos textos” (ni sobre ninguno hubiera además que haber tenido que añadir) así que déjenme que encabece estas mis líneas de hoy con el bastante menos exquisito desde luego, que he acabado eligiendo.

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