La paz del eunuco
A veces le provocan, pero no sucumbirá a la tentación. Nada le turbará. El califa sabe lo que se hace y le confía su tesoro más preciado. Con la cimitarra ajustada en la cintura defenderá esa propiedad con su vida si es necesario. Hasta de él mismo.
Cualquier otro, en un momento de locura, desesperación o con un despertar de la primavera en su cuerpo, se aproximaría demasiado al pequeño paraíso y encontraría la ruina. Y su cabeza rodaría por el suelo al poco rato.
Todos tranquilos: no ocurrirá. Aunque sea el harén con las mujeres más bellas de aquellos parajes se mantendrá impasible. Es el eunuco. Vive en paz. No vino al mundo a pensar, ni a tomar decisiones. Lo que le indiquen que tiene que hacer le parecerá siempre bien. Sus ilusiones no van más allá de que, por gracia de su señor, le permitan tomar una copa de vino dulce o un trozo del lechón que haya sobrado.
La figura me recuerda a Ramón. Le conocí hace ya muchos años en mi primer trabajo. En aquellos tiempos no tenía novia y me hacía mucha compañía una hipoteca fuerte que me robaba horas de sueño. Las cosas andaban revueltas en aquella empresa y era bastante probable que tras la fusión que se estaba negociando fuéramos todos a la calle, por lo que la preocupación reinaba por los pasillos.
El mencionado Ramón, con una vida personal que nadie conocía, no era un tipo ni de empatías, ni de simpatías. Quizá tenía su vida medio resuelta o facilona porque su pregunta ante la inquietante información que nos daba el gerente fue: “¿Pero esto nos va a afectar a las vacaciones?” Alguien comentó que parecía un eunuco. Ni sentía ni padecía.
Somos así, quizá no usted, pero ya nos entendemos. En nuestra desmelenada carrera en busca de la esperanza nos creemos (queremos creer) en cualquier despropósito: celebramos el final de una guerra con los cadáveres aun calientes por ahí tirados. Y vitoreamos al que la provocó y venció y que será el mismo que, al poco tiempo, nos pondrá la bota en el cuello en un ejercicio de feroz dictadura.
Y en esa búsqueda insensata de ilusiones nos tragamos y olvidamos las corrupciones, las estafas, los asaltos a la justicia, las infraestructuras que se caen a pedazos y están provocando muertos, invasiones a nuestro territorio sin ninguna reacción y hasta las amnistías injustificables.
En la pandemia los gobiernos aprendieron que somos, por encima de todo, seres dóciles, pastoreables. Y que siempre habrá un fin de semana largo o un puente en el que huiremos de la ciudad y nos olvidaremos de todo.
Seguiremos viviendo a base de promesas. Por ejemplo, el millón de pisos. Si solo se hubieran construido una tercera parte de los millones de viviendas prometidas y protegidas habría habido para todos y de sobra. Sabemos que no es posible organizar semejante acción sin cambios profundos en la legislación de todas las administraciones y que la iniciativa privada empuje. Pero la ficción, contrapuesta a la realidad, nos reconforta un rato.
Llega tiempo de elecciones y viene muy revuelto. Nos dirán hasta que somos guapos. Tendremos anuncios de pagas, viajes baratos a la playa, subsidios, apoyo a la empresa y como seres castrados y mansos se espera de nosotros que los escuchemos y votemos.
Ahora bien, algunos (muchos, pienso) no estamos completamente resignados. Y conforta saber que en su momento sabremos escoger el bando que queramos en las batallas venideras.