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Investidura

El nazi alemán, Joseph Goebbels, de infausto recuerdo, sostuvo en su tiempo que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Desgraciadamente, tal aseveración está excesivamente presente en la política moderna, sobre todo en la que ponen en práctica ciertos partidos de corte trumpista, fascista y neoconservador. Saturar a diario a la gente con una idea o una afirmación falsa a través de los medios de comunicación o en algunos foros funcionó entonces en la Alemania de Hitler y resulta más que evidente que continúa siendo rentable en la actualidad. No obstante, conviene añadir que quienes se tragan una mentira formulada de ese modo sin haber contrastado ni la fuente ni el contenido quizá se merezcan sufrir los efectos que pretende el emisor, algo que conocieron muy bien los afectados por la propaganda hitleriana. Así ocurrió entre un enorme número de ciudadanos de la nación germana y de la misma manera está sucediendo en nuestro país.

A los líderes de los principales partidos de la derecha y la ultraderecha españoles se les llena la boca estos días con falacias de la talla de que nuestro país es objeto de un golpe de Estado, que se ha traicionado y humillado a los españoles, que se van a crear ciudadanos de segunda clase, que la Ley de Amnistía y el acuerdo con los independentistas suponen un fraude electoral o que España se rompe. No sabemos si todas estas barbaridades se han repetido ya mil veces, pero lo cierto es que ya se las ha tragado una parte importante de la ciudadanía. Lo vemos y lo oímos en las manifestaciones convocadas por el PP y Vox y especialmente en las concentraciones de corte fascista que desde hace muchas noches se producen, en muchos casos con violencia y agresiones, a las puertas de las sedes socialistas. Y da bastante pena comprobar cómo paisanos de todas las edades comulgan con verdaderas ruedas de molino que ni siquiera se han parado a comprobar de qué material están hechas.

No lo vamos a repetir mil veces, porque respetamos la inteligencia de nuestros lectores, pero hay que recordar que si España se fuera a romper ya lo habría hecho en el transcurso de los últimos cinco años de Gobierno de coalición, y a base de pactos precisamente con las mismas fuerzas políticas con las que el PSOE ha pactado ahora, incluso alguna más. Sabemos que los fraudes electorales se producen cuando hay “pucherazos” en las urnas y no cuando varios partidos negocian y suman sus votos para llegar a un acuerdo legal de legislatura o de investidura, como acaba de ser el caso. En este sentido habría que preguntar al PP si en sus programas electorales aparecía un hipotético consenso con Vox para ejercer el gobierno de ayuntamientos y Comunidades Autónomas donde no habían ganado las elecciones. Respecto a la Ley de Amnistía, ya hemos aludido aquí a que en nuestro país se han decretado varios perdones y que algunos de ellos sin duda contribuyeron a mejorar la convivencia, algo que se necesita en Cataluña. Que en España hay ciudadanos de primera y de segunda es bien sabido, sobre todo si comprobamos las enormes brechas salariales entre ricos y pobres, los sueldos de los grandes ejecutivos de bancos y corporaciones, sus enormes beneficios en tiempos de crisis o la lista de la revista Forbes sobre el Top5 de los millonarios españoles. Lo que se ha demostrado hasta ahora con este Gobierno de coalición, que será similar al que se formará ahora, es que se está luchando por reducir las desigualdades en todo tipo de ámbitos. 

Sobre lo del golpe de Estado o las traiciones, qué les vamos a decir...  muchos de los que pregonan que está sucediendo conocen muy bien quiénes fueron los verdaderos golpistas y traidores, porque algunos de ellos comparten apellidos, y saben de sobra que lo que está ocurriendo en nuestro país no es más que un nuevo despliegue de la democracia, el consenso y la libertad. Aquí nadie discute el derecho a la protesta y a la manifestación, pero lo que sí criticamos son los  motivos por los que se están produciendo y la alta intensidad con la que se están desarrollando. Y si analizamos bien todo este asunto, vemos con sorpresa que gran parte de las motivaciones de quienes salen ahora tras las pancartas y las banderas surgen de un sencillo error de cálculo matemático: 171 votos a favor no son más que 179.