22 de Abril de 2021 Son las 16:56

Opinión

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Especial Semana Santa 2020
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Imagen de José Ángel García

José Ángel García

"Gonzalo"

El lunes 8, con la proyección de “Cantando bajo la lluvia” de Stanley Donen, uno de los títulos más emblemáticos de su género cinematográfico preferido, el musical, el cine club Chaplin rendía homenaje a Gonzalo Pelayo, no sólo uno de sus fundadores sino también uno de los principales impulsores de su continuada actividad a lo largo de ese medio de siglo de existencia que la asociación cinéfila conquense se apresta a cumplir. Pero Gonzalo Pelayo, fallecido hace ahora prácticamente un año –nos decía adiós a causa de la Covid 19 el 21 de marzo del pasado 2020– no sólo fue esencial para el mantenimiento y fomento de la afición al séptimo arte en nuestra provincia –a ese su continuado faenar en el Chaplin hay que añadir su decisiva gestión para el establecimiento en la capital de los multicines que evitarían que nuestra capital se quedara sin sala alguna de exhibición fílmica o su labor en las sucesivas Semanas y Festivales cinematográficos en ella o en su natal Tarancón celebrados– sino que también hay que agradecerle su gestión, desde sus sucesivos puestos en la administración, en tantos otros campos de la cultura –valgan como ejemplo, entre tantos otros posibles, su papel en la organización de los certámenes de Teatro Aficionado convocados en los años setenta de la pasada centuria por la organización sindical Educación y Descanso cuya fase final se trajo a Cuenca, o las distintas actividades desde esa misma estructura entre nosotros promovidas– así como en el terreno del deporte, otra de sus permanentes áreas de actuación, en una labor especialmente importante, aparte de su decisivo actuar en la construcción del Polideportivo de El Sargal o en la reestructuración al principio de los ochenta del Estadio de la Fuensanta, en la fundamental tarea de la potenciación del deporte base, en un infatigable y plural pero además bien fructuoso hacer enmarcado siempre, además, en una actitud de colaboración y afabilidad permanentes con todos más allá de cualquier diferencia ideológica. Una afabilidad y una bonhomía que tantos –desde luego quien esto firma– tuvimos ocasión de constatar tanto en nuestros encuentros al hilo de ese su incansable estar siempre donde fuera necesario sino, afortunados, algunos de nosotros, en la relación personal de amistad que paso a paso se fue produciendo y estrechando. Porque Gonzalo Pelayo –Gonzalo, nuestro inolvidable amigo Gonzalo– fue uno de esos impagables regalos que de tanto en tanto nos da la vida y que hacen que, pese a cuantos sinsabores nos pueda tantas veces ocasionar en su diario acontecer, nos hace seguir confiando en ella y en la bondad del ser humano: nadie nos quitará, nos podrá quitar nunca, vivos para siempre en nuestro sentir y en nuestros recuerdos, tantos buenos ratos compartidos, tantas anécdotas de él escuchadas –era un verdadero pozo de historias y sucedidos– o incluso con él vividas. No, nadie nos podrá quitar nunca el haber sentido en nuestro propio discurrir su enorme, entrañable calidad humana.

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