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Un columnista

Un columnista

Con una más que extensa y fecunda trayectoria periodística como reportero, como enviado especial, como corresponsal, como espléndido cronista parlamentario y como comentarista, opinador y tertuliano a más de novelista, Raúl del Pozo, ese paisano que nos acaba de dejar, fue también, y muy especialmente, ejemplo casi modélico de columnista, de practicante de ese espacio de libertad al tiempo que cajón de sastre que se ha llamado la columna personal y que, a caballo entre ese periodismo y esa literatura que fueron asimismo los dos polos de su hacer escritural, con tanta eficacia y buen hacer –más comentarista que analista cual el género casi reclama– polemista en todo tiempo, lugar y ocasión, en un ejercer hijo sobre todo y más que nada de su condición de periodista de raza, una condición que palpitaba siempre en esas sus textos nacidos prácticamente en toda ocasión de la actualidad más última y casi siempre referidos a hechos y temas de neto carácter sociopolítico, textos por otro lado de clara toma de postura, apasionado cual era y amante del más total cuerpo a cuerpo dialéctico. Era además una faceta, a mi juicio fundamental, de su todo hacer, que –seguro que ustedes me lo entenderán– he querido resaltar especialmente hoy, a nada todavía de su fallecimiento, dentro del conjunto todo de su trayectoria, desde un espacio periodístico cual es este desde el que a mi vez les hablo. Porque bien sé que Raúl, conquense de Mariana que tras su etapa inicial en El Diario de Cuenca saltó a los medios nacionales para dejar huella en tantos de ellos –Pueblo, Interviú, El Independiente, Diario 16, Mundo Obrero, El Mundo–, que también se adentró en el universo narrativo con un decena de novelas –algunas de ellas, como la que fuera su primera “Hay gorriones en la tumba de Judas” o “Ciudad levítica” con Cuenca como escenario– y que publicó biografías de personajes públicos y populares –de Massiel, de Santiago Bernabéu, de El Cordobés (cofirmada esta con Diego Bardón) – para venir a cerrar su trayectoria editorial con ese homenaje a Cuenca que es “La primera Manhattan”, claro que lo sé, pero era inevitable que yo pusiera especial acento en esa su faceta cuando uno también ha querido –a distancia, por supuesto, de su maestría pero con todo  el empeño del mundo– correr el riesgo de ejercer este oficio de francotirador que es en el fondo el articulismo o el columnismo, no del todo lo mismo pero en cierto sentido hermanos de ejercicio. Este oficio que tan bien definiera en su día otro de sus más excelsos maestros, Eduardo Haro Tecglen, al calificarlo de “una forma de comunión curiosa, una liturgia rara, rarísima, una profesión poco defendible: escribir algo más de treinta líneas sobre todo lo que todo el mundo sabe y meter en medio nuestras cosas: a veces un ramalazo de amor, otras de desidia y de su soplo de abandono, o el dolor del puntapié que nos da el oficiante de al lado, en una cacería continua de algo que no existe, la realidad, tratando de buscar antecedentes, leyes generales: de fingir que hubo un pasado, cuando hubo tantos, y que hay un futuro cuando eso es lo que menos existe de todo”. Adiós Raúl: desde este rincón, un abrazo.