El corazón del árbol
El 5 de noviembre de este 2026 presento el libro LA TEA, a las 20,00 h. en el Salón de Actos del Edificio de la Cámara de Comercio, C/ Calderón de la Barca, 26. La Tea es unarecopilación de las 61 entrevistas que publiqué en el desaparecido diario El DÍA de Cuenca, desde el 11 de noviembre de 2000 al 5 de mayo de 2002. La mayoría de sus protagonistas ya no están con nosotros. A continuación adelanto a mis leales lectores una especie de introito que, casi sin querer, se ha convertido en una breve crónica de la intrahistoria de esta ciudad en el siglo XX.
En aquel, ya remoto, periodo de tiempo de los albores del 2000, los conquenses pasamos de reivindicar insistentemente el AVE a que aceptasen definitivamente el trazado del tren de alta velocidad, el que unía Valencia con Madrid, por derecho. Un entusiasmo constructor se aplicó sin demora en una expansión que quería disponer de oferta inmobiliaria suficiente para los que habrían de venir a duplicar nuestro censo. Por primera vez, en mucho tiempo, un ligero optimismo había calado en el conquense, de natural tan dado a la desesperanza. Si bien, para muchos, como verán quienes lean LA TEA, un AVE sin industria resulta como un pájaro sin nido, fueron los más los que consideraron que el tren de alta velocidad impulsaría nuestra floreciente industria turística. Y algo de esto es innegable que ha sucedido.
También en aquellos días, terminaban las obras de desescombro de la Zona Cero, el corazón de la manzana en el que se erguían antaño las Torres Gemelas del World Trade Center, aquellas que derribaron con un acto de terrorismo, suicida, insólito y totalmente inesperado, los fatales pioneros de lo que acabaría generalizándose como Yihadismo. Este imprudente, o acorralado, paso, que el islam dio por el resentimiento hacia la intervención externa, sembró la cizaña devastadora del miedo que aún sigue dando enormes cifras de beneficios a los fabricantes de armas y crecientes cantidades de sufrimiento a la humanidad. Entramos así, sin pensarlo, en el siglo de las mentiras políticas a gran escala y, paralelamente, a la desaparición del pueblo, como diría el desaparecido Umbral.
Fue aquella la época de la locura de las vacas y de la multiplicación de las pateras, del incipiente incremento de los prejuicios contra los inmigrantes y también el tiempo del gran debate de la clonación. En nuestro corral, se remodeló la Plaza Mayor, que no quedó a gusto de nadie —ya es mala puntería— y se inauguró una larga polémica con las obras y los resultados de los aparcamientos que vendrían a paliar la multiplicación imparable del parque móvil. Fueron malos tiempos para los jóvenes que vieron cómo se les acusaba de falta de disciplina, escasa formación y desmesurada afición al Botellón, ese que ya preconizaba Domingo Garrote, el ebanista jubilado que tuvo también el acierto de augurar una guerra impensable en aquel 19 de noviembre de 2000. Como cabeza de turco se eligió Afganistán, una cabeza sin afeitar y de féminas invisibles, para una contienda muy, muy larga, que perseguía un atributo divino: la justicia infinita. En seis meses, Afganistán quedó liberada de las huestes del Satán Bin Laden. Que el malo se escapara un tiempo ya dejaba entrever la secuela inquietante que ahora conocemos
Lejos por una vez de la corriente mundial, nuestro país asumía con orgullo 62 años de paz ininterrumpida que, como dijo José Luis Muñoz, el escritor vacunado contra la intolerancia, significaba un éxito sin precedentes que ayuda a plantearnos con optimismo el futuro. Una paz relativa, dado que el presidente Aznar, decidió unilateralmente y desoyendo la mayor manifestación popular de los últimos veinte años, sumarse al Irak delenda est. A día de hoy, no han aparecido las armas de destrucción masiva que justificaron la invasión del país e ignoramos cómo ha evolucionado el enfrentamiento abierto entre el islam y los “civilizadores” occidentales. Ya no es tema de prime time.
LA TEA rescata un pasado casi remoto, cuando, alboreando el siglo veinte, nuestros protagonistas empezaban a escribir en el pizarrín de la memoria la cartilla de sus imágenes de la infancia: los primeros aviones surcando los cielos, el frío de la escuela, la sugestión de los Reyes Magos, los juguetes o las jugarretas, la guerra y su cizalla, la irrepetible sensación de libertad que brinda la niñez. Como leerán, son historias completas en si mismas, conmovedoras, con una apariencia inocente y una intensidad poco habitual: inquietantes como el hombre del saco que amedrentó a Pedro Torres, o joviales, como la sensación frustrante de Bonifacio Gómez ante el poderío del primo mayor. Hay en La Tea recuerdos delicados como las alas de la libélula: un cristalito incrustado en la ostra del corazón, redondeado por la benevolencia de la fantasía inocente, nacarado por la mansedumbre y perseverancia de las lágrimas vertidas en la oscuridad.
Si hemos de creer todo lo que nos cuentan tendremos problemas: sería muy difícil dirimir cuál fue verdaderamente la primera radio que llegó a Cuenca, pues son muchos los que aseguran haber tenido o visto la primera y los testimonios no concuerdan. Otro tanto pasa con la televisión que, de considerarse una herramienta didáctica formidable, ha pasado a convertirse en un cometiempo insulso, y en ocasiones deplorable.
De los padres, heredaron los protagonistas, ante todo, un código de conducta que, en general, estaba presidido por la honestidad, y a cuya derecha se sentaba un envidiable sentido práctico uncido al cultivo del tesón y la capacidad ilimitada para el trabajo. A la izquierda se sentaba el silencio. La madre siempre fue el ánimo imperturbable, la simpatía, el gusto y la sinceridad, una entereza a prueba de bombas, generosidad ajena a los prejuicios y capaz de partir una lata de sardinas entre cinco, como dice Manuel Muñoz de la suya. A los hijos los entrevistados les transmitieron un legado novedoso: una recién estrenada libertad que se iba a asociar inmediatamente a la adquisición de conocimiento, a la ampliación de la cultura, a la elegancia espiritual, que diría Raúl Torres. La autoestima que les faltó a los próceres, fue prioridad en la educación de los hijos, y a ellos les ha correspondido la autoresponsabilidad, la lucha por la solidaridad y el respeto por las libertades del otro. El equilibrio entre ser tú mismo y aceptar al otro en su misterio, es el problema que como generación les toca resolver: que estén satisfechos con lo que son es el consejo que les indica Acacia Uceta. Nos cuentan todos que la confianza que han gozado los hijos con los padres no la podían imaginar sus antecesores: Antes el cariño se manifestaba con obras y sentimientos mudos y ahora se hace con palabras y claras muestras de afecto, aclara Ernesto Cuéllar. El intercambio de ideas es ahora más fluido, si bien se hace inevitable que permanezcan las trabas inéditas de una adolescencia prolongada que no se siente apremiada por abandonar el nido.
Y no es que en el siglo XX los pisos fueran más baratos o los trabajos más prometedores, como dice Carmen Flores, refiriéndose al ímpetu que movía a la juventud de su tiempo: primaba el amor, lo otro ya vendría. Es probable que el deseo de independencia de entonces se vea superado hoy por la longitud de la libertad de elección. ¿La ampliación de perspectivas confunde la voluntad y extravía los horizontes? Claramente, ese es el desafío que asigna la libertad. Lo cierto es que la juventud a principios de siglo enfrentaba un futuro difuminado, muy lejos del camino trazado e incuestionable de nuestros protagonistas.
Antes, el tabú de la abstinencia sexual, por ejemplo, propiciaba largos noviazgos que a su vez cimentaban las bases de un matrimonio sostenible. Al menos en teoría. A pesar de que la mayoría considera que las relaciones entre hombres y mujeres han mejorado notablemente, y de que existe una valoración positiva de las ventajas del divorcio frente a la indisolubilidad del matrimonio (tantas veces convertido en un tormento heredable), estos mayores de LA TEA aprecian en la juventud cierta ligereza, desorientación, una voluntad antojadiza poco preparada para tolerar las difíciles pruebas que impone la vida en pareja. Y, quizá, por ello, también la familia —una institución que los mayores han respetado más que a la propia religión— se encuentre en un difícil trance. La incorporación de la mujer al mundo laboral, el descenso de la natalidad y la asunción de la educación por el aparato social, han modificado radicalmente las estructuras de un invento que se conservaba intacto desde el neolítico.
En positivo, concuerdan todos en que hoy se tiene más conciencia antes de encargar un hijo y se valoran más las pruebas de sinceridad en el dormitorio que en el altar. Para muchos el divorcio o las relaciones de pareja sin contrato por medio, no suponen necesariamente una renuncia total a la unión familiar y sus prebendas. Y que se finge menos lo prueba el hecho de que el concepto de familia haya desbordado sus fronteras tradicionales, incorporando elementos y esquemas que antes estaban solapados o completamente proscritos. Tendremos que acostumbrarnos al niño de la llave colgada al cuello, como dice Germán Olarieta, y a que tus hijos y mis hijos estén pegando a nuestros hijos, una broma de Mari Carmen Martínez de entonces indiscutible actualidad. No obstante, la familia multiparental se acepta de mala gana, como una calima irremediable de verano, quizá como una reacción a una época torpemente intolerante, como la llama Arturo Ballesteros, que, con el tiempo, pierda temperatura y encuentre un punto de equilibrio en esa sociedad en la que —como futuriza Raúl del Pozo— aprenderemos a respetarnos en otro código de honor y con un nuevo código de comportamiento social.
En las relaciones hombre-mujer sucede como en las de los padres con los hijos: la apertura de temas en común que nunca lo fueron inicia una nueva era de debates. La toma de decisiones se hace más compleja que cuando ordenaba el cabeza visible y se agregan nuevas problemáticas. Todos asumen fricciones no axiomáticas que exigen compromisos más dialogados y buenas dosis de paciencia y de tiempo: el que a la larga permita que esas diferencias se conviertan en recursos de riqueza. El vocabulario emocional de los chewong, un grupo aborigen de Malasia central, consta exclusivamente de ocho palabras. Hoy y siempre, como confirma José Luis Calero, la riqueza léxica nos permite analizarnos con mayor profundidad.
La mujer ya no es la que era. Aunque quedan ejemplos de mujer que no se lanza a ser ella misma como pide Genoveva Carrasco, la mayoría de las mujeres jóvenes ignoran el tipo de vida sacrificada de sus madres, y, menos aún, conocen el que sobrellevaron sus abuelas y bisabuelas. Que ninguna de las entrevistadas se sintiera condicionada por el hecho de pertenecer al sexo femenino ya es una pista: las adelantadas de su tiempo se tuvieron que servir de una inteligencia singular, y de su rebeldía añadida, para lograr la igualdad de oportunidades que ahora se le brinda legalmente a cualquier muchacha. Pero falta mucho por andar, la historia sigue siendo sexista y la cultura aristotélica, como asegura Teresa Marín, y aunque en la intimidad yo coincida con Sonsoles Benedicto en que la mujer es más sensata y el hombre más apasionado, permanece un temor atávico a que la mujer extravíe su feminidad, su modo de entender la vida a través de la sensibilidad y la justa expresión de los sentimientos: la mujer ha perdido gran parte de su aureola de misterio, susurra Luis Roibal.
Al hombre de La Tea no parece gustarle la paridad política obligatoria, que asoma como un favoritismo denigrante. Los más mayores siguen considerando que la mujer cumple su mejor función con la familia, regentando el hogar. Una idea que contradice la opinión de los empresarios que han aprendido a confiar en las virtudes de la mujer: Santiago Mateo resalta su constancia y su capacidad de trabajo, cualidades que cada día la aproximan más a los cargos de responsabilidad y la alejan de la cocina.
Para los protagonistas de ambos sexos en La Tea, la homosexualidad ha pasado de considerarse una aberración inmoral a reconocerse como otra variante de la sexualidad, tan antigua como la propia Historia, en palabras de Víctor de la Vega. Su “desviación” ya no es considerada pecaminosa e incluso puede incorporar una síntesis enriquecedora: capaces de sensibilizarse con los matices sutiles del alma femenina y de la fuerza masculina, como asegura Carmen de la Morena. A algunos molesta que hayan salido del armario para convertirse en productos de consumo; les aburre que se hayan convertido en un continuo anuncio de neón. Que adopten hijos les parece demasiado arriesgado.
La sexualidad se sigue considerando un pozo sin fondo, una ciencia experimental, como la define Jesús Sanz. Y no parece que de esa experimentación quiera quedarse fuera el clero. Un informe fidedigno de aquellos días reveló que la gran mayoría de los sacerdotes reconocían haber mantenido relaciones sexuales. El problema más grave de los sacerdotes es la soledad, afirma Germán Olarieta; y Miguel Tirado lo pone más claro: Nos ayudarían mejor si se casaran y tuvieran hijos.
De los entrevistados no hay quien no reconozca en la Iglesia una inspiración divina, un papel protagonista en la historia, la del cuerpo y la del alma, o cuando menos, una sabiduría extraordinaria que la ha podido conservar en la cúspide contra viento y marea durante 1600 años, aunque se le acusa de materialista, de superestructura ineficaz, de aislamiento y de inmovilismo evolutivo. Para José Luis Álvarez esa renovación debería empezar en cada uno: tenemos que vivir en la realidad evangélica, ser un contraste con la sociedad consumista, volver a ser la Iglesia de y para los pobres. Muchos querrían que reverdeciese, que se adaptase a los tiempos. Se añora el aperturismo del Concilio Vaticano II y se valora positivamente que ahora el que entra en religión lo hace por su pie y no por el miedo, como expone José López. Carlos de la Sierra advierte: Lo sagrado no desaparece, va con cada uno. Y lo cierto es que la que fuera rodrigón inevitable del espíritu ha tenido que ceder espacio a la opinión contrastada de la Ciencia y a las propuestas de la Filosofía. Pretendemos una nueva civilización no basada en la religión y eso no va a estar resuelto en cien años, previene Gustavo Torner.
De nuestros defectos confesados, el más mentado en LA TEA es ese pesar que Covarrubias definió como un dolor, concebido en el pecho, del bien y la prosperidad ajena. Para Severiano Basanta esa envidia del conquense nace del complejo de inferioridad: el capaz se crece ante las dificultades, el incapaz culpa a los demás de sus carencias. Dice Manuel Pastor que es parte del espíritu castellano carecer de iniciativa empresarial y para Carmen de la Morena esa apatía se concreta en la facilidad para la crítica y la pereza para asumir responsabilidades. El conjunto conforma un cuadro patológico desconcertante que Pilar Tolosa achaca al cuencococo, un bacilo que nos hace demasiado sobrios de ideales.
Dicen también que la envidia nace de la ignorancia, una falta de la que los protagonistas de LA TEA han dado inteligentes definiciones. Rodrigo Lozano la sintetizó como la falta de posibilidades para realizarse y Julián Pacheco la convirtió en sentencia: cuanto más nos alejemos de la ignorancia más nos aproximaremos al camino de la felicidad. Y los que no tuvieron oportunidad de coger estudios lo barruntan: entonces para el pobre era el oficio, se lamentaba Bernardino Saiz.

Siempre me ha preocupado saber si los valores supuestamente inmutables lo eran para siempre o evolucionaban de un modo manso y tan adaptable que sus cambios no llegaban los hombres a percibirlos. Y entre ellos, el molde de la amistad y del amor, como a tantos, me ha interesado especialmente. ¿Ha devorado el siglo XX las últimas llamaradas del romanticismo? ¿El desafecto por la tierra ha dejado de vincular tan irremediablemente a las personas?
En esta recopilación de entrevistas que, digo, me publica la Diputación de Cuenca, se muestran contradicciones: El amor puro, puro, ese se va perdiendo, dice Bernardino Saiz; mientras que Marcelino Martínez asevera que el puro dura toda la vida. Aquellas parejas del siglo pasado, al casarse, se unían para un futuro de trabajo sin tregua y asumían el matrimonio como un contrato para la supervivencia: su elección y su compromiso los proyectaba, aunque fuera a temprana edad, mucho más allá del mero hecho de compartir bonitos sentimientos.
Excepciones aparte, el Amor ha sido siempre una asignatura delicada. Yo lo he sentido por los demás, no sé si ellos lo habrán sentido por mí, confiesa Mario Jiménez, desvelando una de las causas de insomnio más frecuentes de todo amante. Y es que, como comenta Pedro Torres, el amor tiene sus ciclos, en unas épocas estás más enamorado que en otras. El amor es entrega, y de ese dar nace todo su misterio, pero, como dice Emilio Huerta, normalmente uno quiere que le quieran más que quiere, y esto complica un poco las cosas. Por ventura, ningún juicio da completamente en el blanco y es inútil tratar de sacar conclusiones acertadas sobre los pálpitos del corazón porque, como afirma Ernesto Ballesteros, los sentimientos del amor no son uno o dos, son cincuenta mil.
En cambio, la Amistad, al parecer, sí que exige un denominador común: la fidelidad. Ese amigo con el que todo ser humano sueña, custodio de los secretos de nuestro corazón, bálsamo de nuestros infortunios, cosquilla para nuestro llanto, y al que sin más explicaciones le podemos decir, como Pedro Mercedes, ¡Vente conmigo!, colma una vida de sentido. En el amor no se es tan exigente como con la amistad, apunta Acacia Uceta. No en vano el amigo, o la amiga, puede acompañarnos más allá de nuestro formato social. Cuando es además un fruto de relaciones dilatadas en el tiempo, como la define Aurelio Cabrera, su reflejo sincero se convierte tan necesario para nosotros como la dentadura o el espejo del baño. Lo peor de esta vida es una puñalada de un amigo,afirma tajante Francisco de la Muela, y no es el único que opina así, haciéndonos temer que la edad es muy suspicaz con los propietarios íntimos de nuestros afectos.
Y quizá sea por eso lo que dice Raúl del Pozo que le pasa a nuestra mirada: Con la edad adquieres rayos X que te previenen sobre los instintos de los otros. La madurez, que muchos rehúyen por lo que tiene de esclerosis, llega abrigada de prudencia, esa que también permite caminar más confiado, más suelto. De los propios errores se aprende que lo maduro, en palabras de Gonzalo Pelayo, es contar hasta cinco antes de tomar una decisión.
Aunque la independencia total nadie la concibe posible en un marco social, con respecto a nuestra libertad intelectual todos deseamos ser para los demás tal y como somos. Yparece que la edad, cuando ya no se tiene nada que perder, da un plus de sinceridad añadida para decir abiertamente lo que se siente. Sin embargo, las apariencias nos traicionan y la complejidad de lo que llevamos dentro resulta imposible transmitirla claramente al otro. Domingo Muelas se lamenta de que la imagen que se tiene de mí no corresponde con lo que yo creo que soy. Ante tal proposición insuperable lo importante es no quedar mal con uno mismo, resuelve Nicolás Sahuquillo. Y Luis Roibal lo rubrica: debes hacer aquello que cuadra con lo que piensas.
Seré franco: no podemos decir que el conquense ejercite la imaginación en futuribles. Por alguna razón que ignoro, carecemos de interés para el desgarro de los imposibles. En todo caso, se nota más capacidad para imaginar el futuro en aquellos que han viajado fuera de nuestras fronteras, quizá porque esa es la mayor enseñanza del desarraigo: la novedad excita la curiosidad y el ingenio. El futuro siempre ha resultado una asignatura difícil para el conquense, probablemente muy educado en la aceptación silenciosa de los acontecimientos. Poco protagonista de su mundo, incapaz de afrontar rígidas estructuras asentadas y rodeado de una ignorancia generalizada, el valiente siempre ha terminado huyendo hacia delante, buscando en el exterior un colorido que se le negaba en el lienzo de su terruño.
También es cierto que, aunque lo nuevo debería ir asociado a los veteranos, y no a los jóvenes, para que de ese modo no sufrieran la afrenta de la impericia juvenil, la realidad es muy otra: los jóvenes inventan, los viejos critican y la historia sanciona. La vida se mueve entre los dos extremos: la movilidad y la permanencia. Y los mayores nutren la estabilidad que permite a los jóvenes dinamizar lo real sin provocar su decadencia.
Aparecen en La Tea concepciones fuertemente arraigadas que se repiten con exactitud de catecismo: que Cuenca no ha ido a más porque no se ha sabido atraer industrias, es un sentimiento común a toda la ciudad. Y más indigna el fracaso de la industria maderera local: resulta incomprensible que ostentemos una de las mayores reservas forestales de España y la madera y sus beneficios se los lleven a otras capitales.
La ausencia de industria tiene sus ventajas y no son pocos los que veían futuro en considerar a Cuenca un destino turístico ecológico, lúdico y cultural. Es una idea que poco a poco va cuajando, pero, como insiste José Luis Muñoz, la cultura es una fuente de riqueza que, como cualquier industria, necesita inversión. Por otra parte, se precisan, como proclama Ángel Pérez, ideas claras, planes de futuro y remangarse para acometerlos; falta un revulsivo que nos ponga en marcha. Hemos de suponer que ese purgante mataría al cuencococo, vencería nuestra timidez de aldeano y anularía el atávico miedo al riesgo. Así, tomaríamos por buena la máxima de Santiago Mateo: no me gusta soñar despierto, me gusta hacer los sueños realidad. Pero sucede —aquí, como en todas partes— eso que dice Marcelino, que el miedo, como no pesa, cada uno coge el que quiere. Y en nuestro caso, el miedo no lo es por el lobo, sino por el vacío, el que separa al farolillo rojo del líder, el sonoro vacío de una caja de caudales sin estrenar.
Hay consenso en que el pilar de la ética del futuro se apoye forzosamente en el cumplimiento de los Derechos Humanos, la Solidaridad y el Respeto. El respeto; todo el mundo me habló del respeto. Se me antoja un valor trillado y muy necesitado de revisión,una pelota de ping-pong, hueca, con poco peso y siempre golpeada hacia el contrario. El respeto es una cuestión de confianza explica Ernesto Ballesteros. Creo que el respeto debería nacer espontáneamente, no del miedo, ni de la frustración del que acata sin remedio. En su versión aséptica, podría llegar a ser admiración por aquel capaz de desenvolverse en lo vital de un modo ajeno al nuestro, sin perturbarlo.
Cuando se prolonga en una rama del afecto, el respeto se aproxima a la veneración, a una forma de competencia amable, la del alumno por superar al maestro. Y en el mejor de los casos se aproxima al embarazoso mandamiento: ama al prójimo como a ti mismo. Martínez Cenzano desea que la ética moderna sea la consecuencia de un contrato asumido libremente que plasme la alianza desde la lealtad. Parafraseando a Saramago, Bonifacio da una réplica ramplona, pero muy convincente: ética es que jame todo el mundo.
Para el decano Fernando Muñoz el secreto de la longevidad está en no fumar y para Cecilio Hidalgo reside en hacer siempre lo que te agrada, si se hace con el corazón. Quizá por lo mismo Matilde López dirá que pierdes el tiempo cuando haces las cosas que no te gustan.
Con la Muerte no hay más miedo que el dolor que pueda precederla y el desasosiego que promueve toda incertidumbre. Para Armando Barreda esa congoja se concreta en el hecho de no poder estar para ayudar a mis seres queridos. La última puerta de esta vida es la incógnita menos documentada, y a pesar de ello, pensar en la muerte te ayuda a quitar importancia a cosas que realmente no la tienen, como señala Luis Calvo. La existencia más accidentada sabe a poco: es muy corta, no tienes ni para desgastar un par de zapatos, confirma Francisco Bustamante. Vengan buenas o malas cartas, no hay quien desista de agotar la partida. Me gustaría tener la salud suficiente para, si no puedo hacer, poder contemplar, exterioriza Oscar Pinar.
La Belleza, como la verdad, se intuye subjetiva, interior y efímera. Y como todo lo que gusta apasionadamente, en verdad, como manifiesta Gustavo Torner, no se sabe lo que es. En el otro extremo, Bonifacio asevera que todo lo es, una definición que a decir de David Gómez también le cuadraría a Dios: Es el infinito, el que estaba, está y estará. Es inevitable asociar a Dios con la belleza y con la gloria. Más delicado resulta afiliarlo a la justicia. Debemos apelar a su juicio final para compensar tantos expedientes con renglones torcidos o traspapelados. De tener la ocasión de arrostrarlo, Carmen Martínez será directa: Tú me preguntas por esto, pero yo te exijo que me respondas por esto otro. Pasados los sesenta, Dios se escurre de las definiciones, se desliza al fuero interno, se personaliza: Ramón Pariente lo compara con nuestra propia conciencia. Y Manuel Pastor prefiere aludirlo como la unión de todas las mentes más que de todas las almas.
El Más Allá es más incógnita si cabe. Superado el trance que suponía vivir en un continuo valle de lágrimas, la escatología y su surtida imaginería de ángeles y demonios aparece desvaída, floja, como si a un niño hoy le quisieras engatusar con un simple chupachups. El bienestar social tiene mucho del cielo que imaginaron los cristianos medievales (y casi más) y la utopía del paraíso se halla, hoy por hoy, vacante de ese tipo de contenidos. Es el interrogante mayúsculo, la obsesionante cuestión que mortifica a los que se apean de aquí a la nada ¿Será una sorpresa de las que le gustan a Martínez Cenzano, el premio inasible a un comportamiento cabal o el beneficio de la duda de Genoveva Carrasco?
No se puede vivir sin sorpresas, dice Florencio Martínez Ruiz, y aclara: la fantasía no limita al hombre, lo amplía. Y Antonio Pérez especifica: La fantasía es ese otro mundo que uno crea para vivir en este. En cualquier caso, tenemos la capacidad de pensar en el más allá, esperemos que no sea para nada: es en lo que confía Carlos de la Sierra.
La vida tiene lucha y desmayo, dolores que enseñan a apreciarla mejor, ráfagas de amor, anticipos de cielo, largas llanuras de tiempo para alcanzar un sueño, minutos para saborear la gloria y segundos para que te olviden. Es reiterativa y tienes que estar siempre en el reto, aconseja Rodrigo de Luz. La vida no se detiene, hay que improvisarla a diario, la libertad total del creador exige una responsabilidad abrumadora.
De ahí que me sume a la propuesta simplificadora de Manuel Muñoz: la vida es la superación de las metas del hoy. Un reto que encuentra su mayor recompensa en el amor que sepas sustraerle a las estrellas. No concibo la vida sin relacionarte; lo más importante es el amor que sepas dar, así lo resume María Caballero.
Considero que, aunque no lleguemos nunca a ser protagonistas conspicuos de la Historia,como creo han llegado a serlo estos personajes de LA TEA, no conviene olvidar que sí lo somos de nuestra propia y exclusiva existencia. Vinimos a este punto minúsculo del Universo para ser. No dejemos de intentarlo.