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27 de Mayo de 2020 Son las 23:01

Opinión

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Especial Semana Santa 2020
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Orión

COP 25

La fiesta terminó en Madrid sin que hubiera motivos para brindar por el éxito porque no se presentó la ocasión. La resistencia de la inercia ganó, una vez más la partida al vértigo que siempre supone aceptar una verdad que resulta dolorosa. Nuestra insensata actividad, la forma de relacionarnos con la tierra, adelanta el calentamiento del planeta y pone en riesgo el futuro de modo inmediato.

Los objetivos no se habían alcanzado y una vez más los representantes se marcharon con deberes por hacer para la próxima reunión.

A la cita no acudieron los máximos representantes de la inercia.

No parecen conscientes de que un ambicioso “pacto verde” no es un elemento negativo para su economía, es bueno para la salud de todos y es bueno también para la textura moral de una sociedad cada vez más deprimida en valores éticos.

Decía Margueritte Dourcenar, en “Opus nigrum”, que pesa más un ápice de inercia que un celemín de sabiduría. Cuesta imaginar el peso del poder resistente al cambio, aliado con un quintal de codicia frente a las evidencias, por más que se pretendan poner en duda.

“Tras el Acuerdo de París hay un consenso político, social y empresarial de que el futuro debe ser renovable”, afirma el Director General de la Asociación de empresas de energías renovables. Y con razón pues ya empiezan a ser competitivas en costes al compararlas con las tradicionales.

Cerrar minas de carbón, comercializar elementos de transporte no contaminantes, adquirir hábitos de consumo responsables, procesar los residuos de modo que revierta la senda que nos está conduciendo a la conversión del planeta en un gigantesco basurero, reprogramar los usos del suelo, cambiar los hábitos de alimentación y sobre todo educar, y comprometerse a título colectivo y personal son actitudes inteligentes y virtuosas.

Pero afirmamos algo más: pueden ser elementos eficientes para combatir la desigualdad, la pobreza, la desertización y el despoblamiento de amplias zonas del territorio, hoy deprimido y que sólo puede recuperarse con una visión moderna y progresista de entender la economía y el propio territorio.

Cuenca es una provincia grande, despoblada y variada en clima y recursos. Los días de sol superan a los de sombra. El viento se hace presente con regularidad e intensidad moderada y pertenecemos a una Europa que apuesta de modo decidido por cofinanciar proyectos renovables.

¿Podemos convertirnos en una referencia? Podemos. Se necesita para ello de un liderazgo fuerte, comprometido e inspirador. ¿La JCCM?, ¿la DP?

Y un proyecto ambicioso que sea capaz de atraer la atención de empresas y ayuntamientos que deberían unirse poniendo suelo público, hoy ocioso, y normativas adecuadas a disposición de esa iniciativa, de modo que facilitaran la instalación de parques eólicos, huertos solares y plantas fotovoltaicas. La reversión en beneficio de sus pueblos no necesita explicarse.

Tenemos suelo, sol, viento, ayudas económicas y necesidad de progresar. Otras provincias ya lo están haciendo. En Teruel se trabaja para construir 66 parques energía eólica y solar.

Las empresas petroleras ya afilan el colmillo pues quieren estar en el plato y las tajadas.Que vengan y aprendan a socializar la riqueza. No les vendría mal para aumentar el balance de su “cuenta de solidaridad”.

Y para el final un comentario que esperamos pronto se convierta en buena noticia. Ya hay instituciones trabajando en ello. Póngale nombres…

Queda dicho.

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