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Opinión

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Especial Semana Santa 2020
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Julio Magdalena Calvo


28/4/2020

Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho

Antes de meternos en harina, he de comentarles que estoy escribiendo este articulo en la mañana del domingo día 26 de abril, jornada de puertas abiertas a los niños que llevaban más de un siglo (o por lo menos seguro que a ellos les había parecido tal periodo de tiempo) y algunos gritos infantiles me llegan a través de la ventana.

Es curiosamente triste -pero real- que muchas veces no sabemos apreciar (o apreciar en su justo valor) lo que tenemos hasta que nos falta, ya se trate de libertad, salud, dinero, amor amistad, seres queridos o, simplemente, agua; y lo peor de estos casos es que, sufriendo en carne propia la pérdida y haciendo propósito de enmienda, se nos olvida con bastante facilidad lo que hemos padecido y lo que hemos prometido.

Metidos ya en el meollo del articulo que lleva por título tal quijotesca frase, trato de compartir con ustedes el hecho de que un suceso puede llevar a la discusión, el debate, la controversia, la discusión, el enfado y la ruptura, sin saber a ciencia cierta si el motivo de la discusión tenía la relevancia que el conflicto interpersonal le había otorgado e, incluso, si su origen era cierto o inventado y, desde luego, qué repercusión podría tener en el devenir de la relación de los contendientes en cuestión.

Seguro que habrán oído la frase aludida en numerosas ocasiones, no siendo de extrañar que también la hayan utilizado en el sentido de ¡Cuidadín con la institución eclesiástica! como dijo don Quijote, empleándola como muletilla de prevención ante la amenaza que puede representar en un momento dado organismos o personas que no nos son gratas, por decirlo de una manera fina.

En el universo de la literatura cervantina cuántas interpretaciones ha generado, sigue generando y, sin duda, generará la repetida sentencia, apropiándose sin arrobo de la segura e indiscutible intención con la que la escribió Cervantes. Interpretaciones que van desde la escondida critica a la Iglesia de aquellos tiempos (cosa que dudo, porque cualquiera se atrevía estando la Inquisición ojo avizor), hasta la simple referencia urbanística al darse de bruces con un edificio eclesiástico a la entrada de un pueblo manchego.

Pero la gracia que tiene todo este asunto -y la moraleja que yo quiero resaltar- no es tanto la sesuda polémica que puede generar con fuerza inusitada una palabra o un hecho en cualquier momento y situación, sino que esa palabra o ese hecho siquiera ha sido dicha o sucedido, creando un conflicto “nulo de pleno derecho”, es decir, que muchas veces discutimos airadamente sin fundamento ni rigor, pero con consecuencias indeseadas y definitivas.

Esa falta de rigor se manifiesta claramente en el caso aludido, porque, queridos lectores, en el Quijote no figura escrita la frase referida sino “Con la iglesia hemos dado, Sancho”, que da por terminada cualquier discusión al respecto. O no, porque la retranca de “hemos dado” tiene su aquel…¡Y vuelta la mula al trigo!

Ya queda menos. ¡Ánimo!

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