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Comparando

Días atrás y dentro del prolongado puente que la conjunción del Día de la Comunidad con la celebración de la festividad de la Virgen de la Luz propiciaba para quienes habitamos los conquenses lares, tuvo la oportunidad este articulista de echar la cana al aire de un viaje que, a más de permitirle constatar a golpe de gozosa caminata la paralela y sin embargo diferenciada belleza de las hoces propias con la que trazan por las segovianas tierras los espectaculares meandros del río Duratón, espléndido reservorio de flora y fauna, volver también a confirmar –al hilo de las visitas realizadas a las localidades de Sepúlveda y Pedraza y la estancia en la capital de su provincia, Segovia– y cual le había ya pasado en otros viajes por tierras castellano-leonesas, el cuidado, el exquisito cuidado con el que se cuida en ellas su patrimonio histórico monumental y arquitectónico y la primorosa, esmerada pulcritud que orna sus trazados urbanos.

Aunque, tan seguro como suele mostrarse, afirma el refranero su sentencia de que todas las comparaciones son odiosas, a uno le parece, sin embargo, que hay ocasiones en que, llevándole la contraria, es más que conveniente acudir a ellas como herramientas de reflexión y mejora y eso es lo que a quien firma estas líneas le parece que cabe aplicar más que oportuna y adecuadamente al cotejo entre lo nuevamente comprobado en ese su reciente viajecillo y lo que cada día observa al transitar por su habitual entorno en un contraste en el que, ¡ay!, no salen excesivamente bien paradas las propias coordenadas.

Bien presente se trae uno en la retina, además de la mayor pulcra limpieza de sus vías, plazas y plazuelas en cotejo con las nuestras, otra diferencia principal  que de inmediato a cuantos desde la experiencia de las propias accedemos a las suyas nos sobreviene: la constatada ausencia de grafiti alguno ni en muros ni en cierres ni en rincón cualquiera de las calles recorridas a diferencia de los casi innumerables que en aluvial marranada ensucian y deslucen nuestros edificios.

Es una lucha que, pese a las acciones que se nos cuenta que se vienen llevando a cabo –este mismo jueves se nos anunciaba que nuestro capitalino ayuntamiento había decretado tres nuevas sanciones de mil quinientos euros a grafiteros tras su identificación por la Policía Nacional, sanciones que incluyen la reparación del daño, es decir la limpieza de las pintadas, y que venían a unirse  a otras diez anteriores de la misma cuantía también impuestas y comunicadas a sus correspondientes autores-infractores– parece que no acabamos de ganar pero que desde luego resulta radicalmente necesaria lidiar tanto por nuestro propio decoro como por no baldonar nuestra enseña de Ciudad Patrimonio.

Bien sin duda por las medidas adoptadas por el consistorio pero más que necesario es también –y a uno le parece que, además, urge–, aparte de la propia sensibilización a este respecto de todos nosotros, llevar cabo  una intensiva acción general de limpieza de tanto garrapato, pintarrajo y chafarrinón como mancilla e infama nuestros urbanos paramentos nos cueste lo que nos cueste, aliada a una más efectiva vigilancia para que tales agresiones al decoro de nuestra ciudad no encuentren posibilidad de repetirse.