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“La pintura la llevo en el corazón y me ha dado mucha vida"

La pintora y librera Celia Martínez regentó durante más de veinticinco años una librería por la que pasaron varias generaciones de escolares
“La pintura la llevo en el corazón y me ha dado mucha vida"
Foto: E.M.C.
12/03/2026 - Eduardo M. Crespo

Tendría unos diez años cuando empecé a venir solo a esta librería, con la lista de libros del cole en la mano y las pesetas de entonces en el bolsillo. Hoy tengo cincuenta y regreso como periodista para sentarme frente a Celia Martínez en el mismo local, en la misma plazoleta. Han pasado cuarenta años, pero al cruzar la puerta de la Librería Celia he reconocido el olor, la madera de las estanterías y esa sensación de lugar seguro que marcó mi infancia. Volver aquí no es solo hacer una entrevista; es, de alguna forma, regresar al principio de muchas cosas.

La plazoleta está ubicada en la calle Fernando Zóbel, pero para mi generación fue y será siempre la Plazoleta de Celia. Allí abrió su negocio Celia Martínez Rodríguez (Altarejos, 1945), una mujer que no heredó la profesión de librera, sino que la eligió por convicción. “Siempre que venía de Altarejos a Cuenca lo primero que hacía era ir a comprar un libro. Me gustaban tanto que, cuando mis hermanos viajaban a Madrid y me preguntaban qué quería, yo no pedía ropa ni zapatos: pedía un libro”, recuerda.

En 1960, con quince años, pidió expresamente uno de Gloria Fuertes. Aquella elección sorprendió a más de uno. “Les preguntaron a mis hermanos si yo era normal, porque decían que en una chica de esa edad lo lógico era pedir otra cosa. Pero a mí lo que me hacía ilusión era leer. Siempre he sido una gran admiradora de Gloria Fuertes porque escribía cosas muy bonitas y muy claras”. Esa pasión adolescente fue el embrión de la Librería Celia.

Durante más de veinticinco años, el establecimiento fue librería y estanco. Un pequeño comercio de barrio que, sin embargo, marcó a buena parte de la ciudad. Por allí pasaron generaciones enteras de escolares. En sus estanterías estaban los clásicos obligatorios: La Celestina, El Lazarillo de Tormes, El Buscón, La casa de Bernarda Alba. También títulos infantiles que corrían de boca en boca, como Fray Perico y su borrico.

“Lo que más se vendía era lo que mandaban los maestros en el colegio, claro. Pero luego pasaba algo muy bonito: un niño leía un libro, le gustaba muchísimo y se lo decía a otro. Y el otro venía y preguntaba dónde lo había comprado. Y casi siempre la respuesta era la misma: en Celia”, explica. La librería no era solo un punto de venta; era un punto de referencia. “¿Dónde quedamos esta tarde? En la placeta de Celia”. 

El barrio ha cambiado. Las familias jóvenes se han trasladado a otras zonas de Cuenca, la población ha envejecido y los hábitos de consumo se han transformado con la llegada de lo digital. Las librerías exclusivamente dedicadas a los libros fueron desapareciendo o ampliando su oferta. Celia también vivió una etapa complicada marcada por la inseguridad y los atracos reiterados terminaron por forzar el cierre. “No me faltó ni un libro, eso lo digo siempre. El problema era el tabaco y el dinero que pensaban que podía haber en la caja”, nos cuenta con serenidad.

Si la librería fue su vida profesional, la pintura ha sido su vocación más íntima. “La pintura la llevo en el corazón y me ha dado mucha vida. He recibido dieciocho premios, incluso alguno en el extranjero, y he tenido la suerte de exponer en muchas ciudades”. Alguien definió su trabajo como “técnica celiana”, una manera de nombrar un estilo propio, donde el color y la materia construyen un lenguaje reconocible. Sobre lo que provocan sus cuadros, Celia es prudente: “Yo no sé explicar técnicamente lo que hago. Solo sé que pinto como siento. Hay personas que me dicen que al mirarlos sienten tranquilidad, que les transmiten bienestar. Si eso es así, yo me doy por satisfecha”. Esa búsqueda de armonía la llevó también a trasladar su obra a otros soportes: abanicos, botijos, corbatas o platos decorativos. “Alguno me decía que cómo iba a pintar un abanico, que eso era menos importante que un cuadro grande. Y yo respondía que al contrario: el abanico sale a la calle, lo ve más gente. El arte no tiene que quedarse solo colgado en una pared”.

Uno de sus lienzos llegó hasta el Vaticano tras una exposición en Roma y fue entregado a Juan Pablo II. La obra permanece allí, en las estancias vaticanas. Celia lo relata orgullosa: “Fue una experiencia muy bonita, algo increíble”.

La misma mujer que ha expuesto en España y el extranjero es la misma que durante décadas aconsejó lecturas a cientos de niños y niñas de Cuenca. La misma que escuchaba historias detrás del mostrador. “No sabes la ilusión que me hace cuando alguien me dice que venía de pequeño. A lo mejor yo no lo reconocería ahora, pero ellos a mí sí. Y eso emociona”, confiesa.

Al terminar la entrevista, salgo a la plazoleta. Atrás quedaron los años 80 y 90 y han cambiado tanto los vecinos como los ritmos del barrio, pero el nombre de Celia y su librería permanecen en la memoria colectiva. Su amor por los libros y el arte hacen que Celia sea historia viva de la cultura conquense.