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“Quiso obligarme a prostituirme. Me asusté mucho y pedí ayuda”

Una víctima de violencia de género que se recupera en el recurso de acogida de la provincia de Cuenca narra los dos años y medio de malos tratos que sufrió a manos de su marido

“Quiso obligarme a prostituirme. Me asusté mucho y pedí ayuda”
La casa de acogida con la que cuenta la provincia de Cuenca dispone de plazas para cuatro unidades familiares.
25/11/2020 · Dolo Cambronero

Su historia es ‘de manual’. El hombre “perfecto” al que conoció María (nombre ficticio) y con el que se acabó casando se fue transformando “poco a poco” en otra persona que la fue destruyendo gradualmente en un proceso que va calando lenta pero de forma continua como el sirimiri. “Me hacía sentir que todo era mi culpa”, rememora ahora la joven de 32 años, que durante dos y medio sufrió maltrato. Hubo de todo: una sarta de mentiras y manipulación psicológica hasta que empezó a echarla de casa por “cualquier excusa”. Aunque la gota que colmó el vaso fue que hace cuatro meses intentó prostituirla, el punto de inflexión que hizo que esta víctima de violencia de género llamara al 016 en busca de ayuda y pudiera comenzar una nueva vida en otra ciudad.

Estos cuatro meses son el tiempo que María lleva recuperándose en la casa de acogida con la que el Gobierno regional cuenta en la provincia de Cuenca. “El primer mes y medio no me atrevía a salir a la calle. La psicóloga me dijo un día que íbamos a hacer la terapia caminando. Me vino bien para empezar a salir y ahora ya lo hago yo sola”, rememora.

En este tiempo en el recurso de acogida ha podido conocer a otras mujeres que han vivido cada una sus propios horrores pero que tienen muchos puntos en común: “La historia de cada una de nosotras es diferente pero, en el fondo, es el mismo patrón que el que tenía mi marido”.

Amarrada

“Ellos se encargan de vaciarte. Te hacen perder tu personalidad. Una llega a tener muchos miedos. Yo quiero volver a ser como era antes de él”, desea. Muy lejos le parecen ahora los comienzos de su relación con él, cuando todo era tan idílico que enseguida se fue a vivir con él. Entonces ella estaba estudiando un máster y tenía el suficiente dinero ahorrado como para vivir durante un año pero él se encargó de dilapidarlo rápidamente. “Así me tenía amarrada. Me puso a trabajar en sus negocios y no me daba ni un euro”, explica.

Durante ese proceso tan perverso de manipulación gradual, también le fue aislando de todo el mundo. “Empieza poco a poco hasta que luego es más frecuente pero te acabas acostumbrando. Y luego ya comenzó a echarme de la casa poniéndome cualquier excusa. He dormido muchas noches en la calle”, apunta, aludiendo al conocido como síndrome de la rana hervida: si tú metes al animal en una olla y la vas calentando poco a poco, no se dará cuenta y acabará quemándose. “Pues eso les pasa a las víctimas de estos psicópatas. Al principio son maravillosos. No empiezan insultando ni golpeando, eso viene después, cuando ya te han destruido la autoestima y han jugado tanto a confundirte que ya dudas de todo”, reflexiona.

Poco a poco fue descubriendo también toda una colección de mentiras de su entonces marido, al que curiosamente se le había ‘olvidado’ contarle que tenía varios hijos con otras parejas anteriores. Ahora ya con la perspectiva que le ha dado el tiempo y tras haber logrado recomponer el ‘puzzle’ sin sentido de esta historia, María cree que a esas mujeres les hizo lo mismo que a ella.

Si la relación ya era turbulenta antes, las cosas se retorcieron todavía más durante el confinamiento, un periodo en el que la espiral de violencia se agravó, “se volvió muy loco” e incluso la dejó sin comida durante días. La joven llegó a presentar una denuncia y estuvo varias jornadas en otro recurso de acogida aunque reconoce que volvió con él: “Seguía muy enganchada”. “Hasta que quiso obligarme a prostituirme y me asusté mucho. Llamé al 016 y me trajeron hasta aquí”, celebra ahora.

"La historia de cada víctima de violencia de género que he conocido en la casa es diferente pero, en el fondo, todas tienen el mismo patrón que tenía mi marido"

El proceso de recuperación tras haber sufrido violencia machista no es fácil y pasa por muchos altibajos. “Hay días difíciles pero ahora estoy más tranquila, con menos pesadillas y con ganas de salir adelante. Me estoy formando y quiero volver a trabajar y rehacer mi vida”, anhela mirando a un futuro que intenta ver esperanzador. “Una de las chicas de la casa me dijo que yo era su referente porque me ve muy bien. Pero no saben cómo llegué. Estaba fatal al principio. Que me digan eso me anima a continuar”.

Recurso de acogida

María es una de las nueve mujeres que han pasado este año por la casa de acogida de la provincia de Cuenca, que traían a su vez a un total de cinco menores. En la actualidad, están ocupadas las cuatro plazas de las que dispone y hay también dos niños, según detalla la delegada provincial de Igualdad, Lourdes Luna.

Un equipo multidisciplinar formado por siete profesionales (tres trabajadoras sociales -entre ellas María Jesús Ayllón, que es la coordinadora de la casa-, dos educadoras, una psicóloga y una cuidadora), acompaña en este centro a las mujeres a lo largo de este escarpado proceso de recuperación tras el paso del huracán de la violencia machista por sus vidas.

Precisamente el Gobierno de Castilla-La Mancha tiene previsto reconocer el próximo miércoles 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia de Género, a las profesionales que conforman la red de recursos de acogida de la región, en su mayoría mujeres, por la gran labor que desarrollan.

Ayllón explica que las mujeres llegan hasta este servicio dependiente del Gobierno regional derivadas de otros recursos como puede ser el Centro de Atención y Valoración para Víctimas de Violencia de Género (CAVI).

La edad media de las mujeres que entran en esta casa de acogida se sitúa entre los 30 y los 40 años aunque la coordinadora quiere dejar claro “que no hay un perfil” y cualquier mujer se puede ver inmersa en un proceso de violencia de género.

Este recurso de acogida se plantea para un tiempo de estancia medio, el necesario hasta que la víctima pueda recuperarse y hacer una vida autónoma fuera. Este proceso variará según la persona: si tiene hijos a su cargo o no y también depende de sus circunstancias y de si cuenta con una red de apoyo en el exterior, y del tiempo en el que sufrió violencia machista. El plazo medio de estancia está en los siete meses.

"El cambio es tanto psicológico como físico. Son mujeres nuevas cuando salen de la casa de acogida"

El proceso de acompañamiento es integral y se cuidan los aspectos psicológicos, sociales, judiciales, económicos y educativos en el caso de que haya menores a cargo de la mujer, precisa Ayllón, que cuenta que las propias usuarias también se arropan entre ellas en un ejercicio de sororidad.

De hecho, hay un programa en el recurso, llamado De mujer a mujer, que permite que, cuando una de ellas con menores a su cargo tiene que salir al exterior a hacer algún curso o alguna gestión, otra de ellas se ocupa de los niños.

“El resultado del éxito parte de la propia mujer, por su valentía, por su fortaleza, por sus ganas de vivir, por su resiliencia. El equipo profesional trabaja junto a ellas facilitando las herramientas e instrumentos necesarios para que puedan conseguir su recuperación integral y tengan una vida lejos de la violencia sufrida”, recalca Ayllón. “El cambio es tanto psicológico como físico. Son mujeres nuevas cuando salen”, añade.

“Se sale, se puede salir”

A lo largo de todos estos años en los que lleva en la casa de acogida recuerda muchos casos esperanzadores pero recuerda especialmente el de una mujer que entró acompañada de su hija con discapacidad funcional y ahora tiene una vida nueva. “Las circunstancias hacían el caso más difícil. Pero fue muy gratificante. Ha luchado mucho por salir adelante. Se sale, se puede salir”, enfatiza.

La responsable lamenta que la sociedad juzgue muchas veces a estas mujeres. “Mucha gente dice ‘si a mí me pasara eso lo dejaría antes’. Hay que ser conscientes de que la violencia física es lo último y que antes ha habido otro tipo de abusos”, recuerda. Y es que el depredador que ha tenido al lado la víctima ya se ha ocupado de que haya ido perdiendo muchas cosas por el camino en un proceso que a veces dura años. Y lo que necesita una víctima así es que se le acompañe en lugar de que se le juzgue.

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