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Chupagrifos, el títere que Cuenca nunca olvidó

Títeres Larderos y UNIMA Castilla-La Mancha pedirán una calle para Maese Cosman y Chupagrifos, el héroe que marcó a varias generaciones de conquenses en San Julián
Chupagrifos, el títere que Cuenca nunca olvidó
Chupagrifos y Maese Cosman. Foto cedida
30/08/2026 - Eduardo M. Crespo

Ángel Suárez tenía ocho años cuando se topó por primera vez con Chupagrifos en el Parque de San Julián. Corría el año  1967 y aquel niño que vivía cerca de la Plaza de Toros podía subir solo andando hasta el parque para mezclarse con otros pequeños ante un teatrillo de madera que durante las Ferias se convertía en todo un acontecimiento. Casi seis décadas después, y convertido él mismo en titiritero, conserva intacta la emoción de aquellas funciones.


“Nos hacía vivir al malo como tal, como en el típico títere de guiñol de cachiporra. Cuando aparecía Chupagrifos todos gritábamos y, cuando se enfrentaba al malo y lo ponía morado a palos, aquello era una emoción”, recuerda el responsable de Títeres Larderos. Para los niños de entonces no abundaban los espectáculos y la llegada de los títeres de Maese Cosman constituía uno de los grandes alicientes de las fiestas.


El escenario estaba en el Parque de San Julián, cerca del lugar donde actualmente se instala el gran escenario de las fiestas. Allí se levantaba un teatrillo alto, “pensado para que el espectáculo pudiera seguirse incluso ante grandes concentraciones de público”. Había que llegar con tiempo para conseguir sitio. Cada historia duraba alrededor de media hora y se representaban dos seguidas, mientras se iban alternando varias obras durante los distintos días.


Repetir tampoco suponía ningún problema. “Aunque viéramos siempre el mismo espectáculo, nos daba igual, porque era la emoción de vivirlo. La historia te llevaba a disfrutar, a vivirla y a sentirla”, explica Suárez. El público, además, no estaba compuesto únicamente por niños. Alrededor del teatrillo se congregaban pequeños y mayores en unas funciones que recuerda multitudinarias.
 

“Para nosotros Chupagrifos era nuestro héroe, porque salvaba a los buenos de los malos. Eso calaba íntimamente en los niños y nos hacía vivir y sentir cada historia” Cartel de una de las actuaciones de Maese Cosman

Ángel llegaba desde la Plaza de Toros y regresaba después a casa andando. “Me bajaba a casa feliz y contento de haber conocido y disfrutado a Chupagrifos”, recuerda. Con el paso de los años comprendería mejor qué había detrás de aquella fascinación infantil. Chupagrifos respondía a uno de los arquetipos más reconocibles del guiñol tradicional: el héroe que protege al débil y derrota al mal.

 

ERA NUESTRO HÉROE
“Para nosotros era nuestro héroe. ¿Por qué? Porque salvaba a los buenos de los malos. Eso calaba íntimamente en los chicos”, señala. Los niños no permanecían como espectadores pasivos, sino que entraban en el juego, avisaban de la llegada del malo y ayudaban a Chupagrifos desde abajo. Una fórmula sencilla que Suárez, desde su experiencia profesional, asegura que continúa funcionando con los pequeños de hoy.


Entre las muchas historias de aquellas funciones hay una que el propio Maese Cosman contó años después y que Suárez recuerda con especial cariño. Durante una de sus estancias de una semana en Cuenca, un perro apareció solo ante el teatrillo y se colocó entre el público. El animal ladraba mientras seguía las peripecias de Chupagrifos y la aparición del malo. Al día siguiente volvió. Y continuó haciéndolo durante cinco jornadas.


“Todo el mundo estaba alucinado con el perro, con cómo vivía y sentía Chupagrifos igual que los niños”, recuerda Suárez. La historia quedó entre ellos como la del particular “perro titiritero” que tampoco quiso perderse aquellas funciones.


Detrás de Chupagrifos estaba la figura imprescindible de Maese Cosman, pero también la de su mujer, María del Olvido Gallardo, conocida como Miss Cosman. Suárez reivindica su papel como titiritera y recuerda que durante una etapa fue ella quien se encargó de las actuaciones en Cuenca. La compañía podía mantener entonces varios espectáculos simultáneamente en diferentes ciudades debido a la demanda que tenían este tipo de funciones.


La relación con Cuenca fue tan prolongada que Chupagrifos terminó trascendiendo al propio personaje. “Para los que somos de nuestra generación, de los años 50 y 60, en Cuenca el títere era Chupagrifos. No decíamos ‘voy a ver los títeres’, decíamos ‘voy a ver a los Chupagrifos’”, explica Suárez. Pocos personajes pueden presumir de haber conseguido que su nombre terminara identificando popularmente todo un género entre varias generaciones.


TITIRITERO CONQUENSE
Aquella relación no quedó enterrada en los recuerdos infantiles. Suárez volvió a localizar a Maese Cosman décadas después y desde Titiricuenca se recuperó su presencia en la ciudad. En 2013 fue reconocido como “titiritero conquense” y regresó al festival en diferentes ocasiones. Era una manera de agradecer a quien durante tantos años había traído a Cuenca, en palabras de Suárez, “la ilusión, el títere y la alegría”.


Ahora quieren que ese reconocimiento permanezca también en el callejero. Títeres Larderos y UNIMA Castilla-La Mancha preparan una petición al Ayuntamiento para dedicar una calle a Maese Cosman y Chupagrifos. “Queremos que su ciudad, Cuenca, le recuerde siempre y que tenga una calle con su nombre y el de su títere más famoso”, explica Suárez, que recuerda que, aunque Cosman no nació aquí, su vinculación fue tal que para ellos es “como si fuera conquense”.
 

“Nos gustaría recuperar a Chupagrifos y que se quedara para siempre en ese centro de títeres, para que todo el mundo pudiera seguir viéndolo durante toda la vida” Teatro de marionetas. Foto cedida

Pero preservar esa memoria exige mirar también hacia el futuro. Títeres Larderos trabaja en la creación de un centro regional de títeres en Cuenca que permita reunir muñecos, colecciones y documentación acumulados durante décadas. La propuesta ha sido trasladada a la Junta de Comunidades y Suárez asegura que ha encontrado receptividad, aunque reconoce la dificultad y el coste de un proyecto de estas características.


“Tenemos titiriteros muy mayores y ese patrimonio se puede perder. Hay documentación y material que ha estado durante 50 años circulando por el mundo y no podemos perderlo”, advierte Suárez. Y entre las piezas que le gustaría incorporar algún día a ese espacio hay una especialmente deseada: el propio Chupagrifos, que cree que permanece en manos de la familia de Maese Cosman. El sueño sería recuperarlo y que pudiera quedarse en Cuenca para que nuevas generaciones siguieran conociéndolo.


Y cuando tiene que resumir en una sola imagen lo que Chupagrifos dejó en las Ferias de San Julián, Ángel Suárez vuelve inevitablemente a aquel niño de ocho años. “Me quedo con esa cara de felicidad que teníamos todos cuando terminaban los dos espectáculos y nos íbamos a casa, felices de haber disfrutado, de haberlo vivido y sentido”. Una felicidad que, tantos años después, explica por qué Cuenca nunca terminó de olvidar a Chupagrifos.