Las fiestas de San Julián a mediados del Siglo XIX
La Feria y Fiestas de San Julián, segundo obispo y Patrón de Cuenca, se remontan al siglo XVI cuando el Cabildo catedralicio aceptó la solicitud de los regidores de la ciudad de celebrar una segunda fiesta en honor de San Julián en el mes de septiembre, dado que en su fiesta eclesiástica del 28 de enero el clima invernal no era propicio para celebraciones feriadas. Así, el 13 de junio de 1553 el Cabildo aceptó recibir y despedir solemnemente con capas al Ayuntamiento en la fiesta de San Julián del 5 de septiembre. Fiestas que alcanzaron su mayor celebridad y regocijo en el año 1595, entre el 5 y el 8 de septiembre, con ocasión de la canonización de San Julián, relato recogido en el manuscrito 12.951 de la Biblioteca Nacional, que en el programa de las fiestas de 1988 dio a conocer el entonces archivero municipal, Miguel Jiménez Monteserín.
Fiestas de septiembre que pasaron al mes de agosto de 1964 del Siglo XX, sin la mejor explicación convincente. En esta ocasión encontramos referencias festivas sanjulianeras del convulso Siglo XIX, en muchos casos sin poder celebrarlas, bien por la invasión francesa, de las guerras carlistas e incluso por episodios de epidemias y aún tenemos reciente la no celebración festiva de 2020 por la Covid.
Gracias a la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional conoceremos pinceladas de las fiestas de San Julián de mediados del Siglo XIX, entre 1848 y 1850, en los que la ciudad vivió algunos interesantes episodios y de manera relevante la visita de la reina madre, María Cristina de Borbón –casada en segundas nupcias con el taranconero Fernando Muñoz duque de Riánsares–, el 2 de septiembre de 1850, en vísperas de las fiestas de San Julián, en las que también era noticia la inauguración de la plaza de toros de Lledó, conocida como “La Perdigana”, que se construyó en el solar de la antigua Ventilla, donde posteriormente se erigió el Cine Xúcar, edificio que alberga a la actual tienda de Mango.
En la historia de la ciudad, Cuenca ha tenido cinco plazas de toros. La primera, en el campo de San Francisco (Diputación) construida en madera en 1791, donde se corrían toros y vacas; la segunda en 1799, también de madera, conocida como del “Pintado”, estuvo en los terrenos que ocupa la Delegación de Hacienda, lindando con la calle de las Torres. La tercera, y primera de obra, fue la citada de “La Perdigana” (1849-1912); la cuarta, conocida como plaza de Caballer, en el Paseo de San Antonio, lindando con la Casa Blanca (1913-1920) que sólo duró siete años por fallos de cimentación, y la actual, construida a expensas del Ayuntamiento, con bonos de los ciudadanos, inaugurada el 5 de septiembre de 1927, con lo que el próximo año cumplirá su Centenario.
1848: ENGAÑIFA EN LOS TOROS, BRILLANTE TEATRO Y TORMENTA CON VÍCTIMAS
Los datos sobre las fiestas sanjulianeras de Cuenca no proceden en este caso de la prensa local, sino de periódicos nacionales que se hacían eco de lo que ocurría en provincias. Así, por lo que respecta a las fiestas del año 1848, recogemos las siguientes líneas de “El Heraldo de Madrid”, del 12 de septiembre: “En los días 5, 6 y 7, que son los designados para la feria que celebramos con motivo de ser el primero, día de San Julián, obispo de ésta, hemos tenido tal concurrencia de los pueblos convecinos, que pasaron de cuatro mil personas las engañadas en la primera corrida de toros; en la segunda sucedió lo mismo, sin más diferencia que la muerte del caballo de un picador; no ha sucedido así en el teatro, donde sobre ser brillante la concurrencia, los aficionados se portaron con su acostumbrado lucimiento y acierto en elegir las piezas”.
Se trataba de los dos últimos festejos taurinos en la conocida plaza del “Pintado”, con una capacidad de unos 4.000 espectadores, en una ciudad que contaba con unas “siete mil almas”, y no deja de ser llamativa la frase de que “pasaron de cuatro mil las personas engañadas en la primera corrida y lo mismo en la segunda”. Vieja es la frase acuñada en tardes de expectación y decepción: “¿A dónde vas? ¡¡¡A los toros!!! ¿De dónde vienes? ¡De los toros…!”
No todo iba a ser festivo, pues ya es sabido que tanto en los últimos días de agosto como en los primeros de septiembre del verano avanzado, algunas tormentas suelen cobrar protagonismo a modo de “traca y fuegos artificiales” de rayos y truenos. El corresponsal de “El Heraldo” cambia el tono de su acento festivo: “Sin embargo, de estas diversiones también tenemos que lamentar desgracias: el 7 en la madrugada descargó una horrible tempestad, habiendo causado destrozos de la mayor gravedad. El río atrajo tras sí multitud de colmenas y algunos animales; la piedra fue hasta del tamaño de un huevo de gallina, y tan en abundancia, que hay parajes donde se conservan las paredes que ha formado de innumerable longitud, y más de una vara de grueso; la pesca sale a las orillas muerta y los pájaros debajo de los árboles”.
Concluye la nota de “El Heraldo” de 1848 que en Tondos se hundieron tres casas y entró el aguacero en todas ellas y finalmente, “de lo que se sabe hasta ahora, entre Albaladejo y Valverde fueron muertas por una exhalación (un rayo) una señora embarazada, su hermana que le acompañaba, y las correspondientes bestias que las conducían”. “Por lo demás (como si nada hubiese sucedido) nada ocurre de particular; tenemos mucha tranquilidad y esta tarde esperamos los batallones que de ésa (la Corte de Madrid) salieron para ésta”. Se trataba de los Batallones, primero y segundo de San Marcial y de un batallón de América.
En ese año de 1848 fue novedad en Cuenca la creación de la compañía de serenos municipal, compuesta de cuatro integrantes y un cabo, portando como armas alabarda y pistola y un farol, con uniforme de saco con capuchón. Las noches de Cuenca quedaban más tranquilas y los serenos se encargaban también de encender el escaso alumbrado. En octubre falleció el peculiar obispo Juan Gualberto Ruiz de Cachupín, que había entrado en Cuenca el 30 de abril de 1848, siendo uno de los prelados más breves con seis meses en el Obispado, oficiando la misa solemne de San Julián del 5 de septiembre. Natural de Calahorra, Juan Gualberto se trajo a Cuenca a su ama, cosa nunca vista en sus antecesores, y según relata Trifón Muñoz y Soliva en sus “Noticias de los obispos”, “esto de ver mujeres en palacio chocó tanto en Cuenca, que su muerte pronta y efímero pontificado los imputó el vulgo a castigo de San Julián por tamaño escándalo”.
1849: NUEVO OBISPO Y NUEVA PLAZA DE TOROS
El año de 1849, con el reinado de Isabel II, venía con novedades en Cuenca, pues la propia reina designó para la diócesis como obispo al capuchino Fermín Sánchez Artesero, natural de Alcaraz, en la provincia de Albacete y así lo comunicó a la Santa Sede. Según publicaba “La Esperanza”, y recogía “El Heraldo de Madrid”, la consagración de un obispo, en este caso para la diócesis de Cuenca, realizada por el Papa Pío IX, era cosa nunca vista en los siglos anteriores.
La consagración tuvo lugar el 2 de abril en Gaeta, “ciudad del reino de Nápoles, donde se celebraba consistorio, preconizando el pontífice al obispo Fermín de Alcaraz”. Una ceremonia vistosa y solemne con toda la curia, y al finalizar, tras el almuerzo en el palacio arzobispal, el Papa recibió al nuevo obispo de Cuenca, acompañado por el embajador de España y las autoridades de Nápoles y la Toscana. Era costumbre que el nuevo consagrado por el Papa pidiese alguna gracia para su Catedral, solicitando que fuese Basílica. Se dice en la crónica, de la que se hizo eco la prensa española, que “ejecutada la petición del obispo de Cuenca Su Santidad elevó a la clase de Basílica la dicha catedral, con todas las gracias que disfrutan las de Roma”.
Así, el 13 de agosto el prelado Fermín Sánchez Artesero y Alcaraz hacía su entrada en Cuenca “conducido en un carruaje de la pertenencia del duque de Riánsares, y acompañado de las comisiones del Ayuntamiento y del Cabildo que salieron a recibirlo al portazgo de Albaladejito”.
La nota que publica “El Clamor” de Madrid no tiene desperdicio con la descripción de esa entrada en la Plaza Mayor y Catedral: “Por la tarde prestó en público el juramento que prescriben los cánones, y es excusado decir que en ambos actos y principalmente en el segundo hubo una concurrencia numerosa de ambos sexos, atraída por la novedad y el deseo de conocer personalmente al célebre capuchino, cuya historia política parece de importancia, según las versiones de biógrafos del lugar y murmuradores de cocina. Sea de esto lo que quiera, se cree que es el primer fraile que ha empuñado el báculo entre los sucesores del glorioso San Julián, y conserva sus grandes barbas de la orden, cuya circunstancia da cierto realce a su carácter vivo y respetable”.
Tenía mucha tarea pastoril por delante el obispo Fermín de las luengas barbas, en una de las diócesis más extensas de España, aunque su presentación solemne ante las siete mil almas de Cuenca iba a ser durante las fiestas de San Julián, que ya se preparaban con sus fastos taurinos de añeja tradición. Así, el periódico “La Nación”, publica el 31 de agosto de 1849 la buena nueva del coso taurino construido en terrenos de La Ventilla:“La empresa de la plaza de toros que adelantando los trabajos de la misma ha conseguido verlos terminados para el día que se propuso, deseosa de complacer proporcionando corridas que en nada desmerezcan a las que se hacen en las principales plazas, no ha escaseado gasto alguno, contratando lidiadores de esa Corte, como igualmente el ganado de la tan acreditada ganadería de D. Manuel Bañuelos, vecino de Colmenar Viejo. Figuran en el número de aquellos entre otros de los que recuerdo Juan Álvarez, Antonio Osuna, Isidoro Beltrán, Manuel Caro y Santos Giménez”.
Muñoz y Soliva apunta que Alfonso Lledó y Eusebio Cabañas construyeron a sus expensas entre 1847 y 1849 la plaza de toros luego conocida como “La Perdigana” (con ese alias se le conocía a la esposa de Lledó), con un coste entre los siete y ocho mil duros, siendo los directores de la obra el citado Eusebio y el alarife José Tórtola “Pepico”. La nueva plaza “es bastante espaciosa y todos los asientos están a cubierto, conteniendo tabloncillo, tendidos y gradas, y para el mejor servicio tres entradas, ocho toriles y tres corrales. En un lleno pueden acomodarse de siete a siete mil quinientas personas”. Vamos, toda la ciudad.
Sobre lo acontecido en las fiestas patronales de 1849 el diario “La Nación” de Madrid publicó el 8 de septiembre, en misiva de su corresponsal, que “con motivo de celebrarse ayer la traslación de San Julián, patrón de esta ciudad y obispo que fue de la diócesis, ha habido algunas funciones: la concurrencia de los pueblos comarcanos ha sido mucho mayor que otros años, pues se ha observado y aún se observa por las calles una animación que hace mucho tiempo no habíamos notado, pues se creyó que sería ayer la consagración de la catedral en Basílica, pero no pudo realizarse por no haber recibido todavía de Su Santidad la licencia y demás requisitos necesarios”.
Explica el cronista que los actos religiosos del 5 de septiembre habían sido los de costumbre, pero con la diferencia de que era la primera vez que los oficiaba el obispo Fermín Sánchez Artesero, y que cantó el Evangelio el canónigo de Cuenca, señor Batanero, que llegó de la Corte tras hacer “mutis por el foro” en 1833.
Con la corrida de toros se inauguraba la plaza de “La Perdigana”, dato que en la “Tauromaquia Conquense” de Heliodoro Cordente, en la que colaboré ampliamente, aparece como de 1850. En “La Época” se puede leer: “A las cuatro de la tarde se verificó una corrida de toros que ha estado algo mejor de lo que se esperaba, en ella se lidiaron tres de Colmenar Viejo, por una cuadrilla mediana; murieron cinco caballos, que son los que salieron a la plaza, y para hoy se espera otra, anunciada en los mismos términos”. Añade la crónica que por la noche hubo en la casa del Ayuntamiento iluminación y música, “con cuyo motivo tuvimos paseo en la Plaza Mayor”.
Resume la información sobre las fiestas que “la concurrencia a los toros ha sido numerosísima y muy animada, por haber contribuido muchas circunstancias para ello; porque disfrutándose de una paz envidiable, y de una cosecha abundante, los labradores han estado dedicados a la recolección, y concluida ésta, los unos vienen con el mayor júbilo a disfrutar de las diversiones de la capital, y los otros, a pagar el trimestre de la contribución; siendo admirable lo ejecutivos que están en esta ocasión para cumplir dicha obligación, lo que no es de extrañar, en razón a que es la época en que el labrador cuenta con más fondos”.
Sin embargo, en el periódico “El Clamor”, del 19 de septiembre de 1849, el corresponsal escribe bajo el título de “Fiestas en Cuenca”, saliendo al paso de otra información en “El Heraldo” para puntualizar: “No habíamos querido ocuparnos de las funciones que ha habido en esta capital los días 5 y 6 del corriente con motivo de la festividad de San Julián, porque son una reproducción de las de todos los años; pero habiendo leído lo que se escribe en “El Heraldo” con fecha del 8 sobre este particular, hemos creído deber rectificar algunas de sus exageradas aseveraciones y comentar otras según nuestro leal saber y entender. Se dice:
“Que la concurrencia de labriegos ha sido más numerosa que otros años”; concedido.
“Que esperábamos la ceremonia de la consagración de esta iglesia catedral en Basílica, y no se ha efectuado”. Es muy cierto.
“Que solo han tenido lugar en la parte religiosa las fiestas de costumbre, con la gran diferencia de que para realzarlas ha coincidido la presencia de un obispo, que ofició de pontifical, y veneradas de sus feligreses”; estas son verdades como puños, que no negaremos, aunque salgan de la boca del acólito que cuida el incensario.
“Que cantó el Evangelio el canónigo Batanero, recién venido de la corte”; estupenda nueva para los excomulgados en 1833.
“Que hubo por la noche iluminación y música en la casa consistorial, con cuyo motivo hubo paseo en la Plaza”. Mejor hubiera sido un baile y un espléndido ambigú para obsequiar a las damas forasteras, como se hace en el villorrio más despreciable en tales casos.
Tras hacer crítica irónica sobre el pago de la contribución, “El Clamor” destaca: “Todavía falta la parte más jocosa del sainete: “Que se ha recibido con la mayor alegría la noticia de la confirmación del nombramiento del señor Santaella para comisario general de Cruzada, el cual se halla aquí…”
“Lo único cierto que se consigna en este párrafo es que el señor comisario general se halla en Cuenca. Lo demás son vulgaridades y paparruchas de viejas, o rumores laudatorios de algunas jóvenes del barrio de la puerta de Valencia que esperan de este dignatario limosna de dotes para casarse, con cuyo motivo parece que se han suscitado entre ellas, celos, reyertas, rivalidades, trifulcas, alzamientos y escenas mímicas, sobre cuál de las aspirantes posee mejores títulos y empeños para obtener lo que solicitan”.
Sobre las corridas de toros, está conforme con la información de “El Heraldo”, que es la misma que la de “La Nación”, aunque apunta: “Añadiremos en obsequio del empresario Lledó, que los seis bichos que ha traído este año (tres por corrida) de la ganadería del señor Bañuelos, han sobrepasado las esperanzas del público, por su arrogante estampa, gallardía y bravura, pues habiendo despachado a mejor vida a cuantos jamelgos salieron a la plaza, y después de hacer rodar repetidas veces a los picadores, quedaron en actitud de luchar y dar cuenta de un escuadrón de lanceros; y tal fue el furor de la venganza de estos animalitos, que bebían sangre de sus víctimas, inspirando un terror pánico a los banderilleros y espadas, los cuales, sin embargo, cumplieron con su peligroso deber. A petición de algunos espectadores y con permiso de la autoridad, se concedió al valiente Paulino, aficionado de este país, que diese muerte al último toro de la segunda función, cuya maniobra ejecutó a la tercera estocada, con asombro de los inteligentes, recibiendo un aplauso general”.
Concluye el corresponsal de “El Clamor” su resumen festivo para explicar las causas de tanta concurrencia de público en las fiestas:
-La noticia de que venían a la feria el Duque de Riánsares y otras personalidades.
-La creencia de que se iba a celebrar la ceremonia de consagración de la Catedral en Basílica.
-Las funciones de toros anunciadas en el boletín oficial para la nueva plaza.
-El aliciente de la feria y la devoción a San Julián.
-La curiosidad de ver y conocer personalmente al nuevo obispo Artesero, con sus largas barbas, “que fue agente diplomático de don Carlos cerca de la corte pontificia durante la guerra civil y hoy obispo de Cuenca y súbdito fiel de nuestra Reina constitucional”.
-La curiosidad de conocer también al canónigo Batanero, “fugado a la acción en 1833, para eludir ciertos compromisos de circunstancias” y sobre el que circulaba esta copla en aquellos primeros años carlistas:
Si San Ramón no nacido
fue extraído de la madre
por una diestra comadre
otro zurrón fue extraído
del arca en que era metido
no por gracia celestial,
sino por un criminal,
que diestro en esto de abrir,
se llevó trescientos mil
de la Santa Catedral”.
Por fin el 24 de septiembre de 1849 se celebró la solemne ceremonia de erigir la Catedral como Basílica, presidida por el obispo Fermín Sánchez Artesero, que había sido quien había hecho la petición al Papa Pío IX cuando le consagró como prelado de la diócesis de Cuenca. La Catedral se llenó para la histórica celebración, con asistencia de autoridades y pueblo, destacando la presencia del comisario general de Cruzada Santaella, como dignidad de arcediano de Huete. Dos años después, el propio obispo Artesero presidió la erección como Basílica de la iglesia parroquial de Villanueva de la Jara.
El día 2 de septiembre de 1850 visitó Cuenca la reina madre, María Cristina de Borbón
1850: LA REINA MADRE Y “LA VACA CON CUERDA”
El día 2 de septiembre visitó Cuenca la reina madre, María Cristina de Borbón, a quien durante su reinado se le entonaba la coplilla “María Cristina me quiere gobernar”. Así se recoge en el periódico “La España”: “A las tres, S.M. la Reina, con igual acompañamiento pasó a pie y por entre la apiñada multitud a las casas consistoriales, grandemente colgadas y decoradas, y sentada en su balcón principal con el señor obispo a la derecha y el señor Santaella, comisario general de Cruzada a su izquierda, presenció una corrida de vacas con cuerda”.
El corresponsal de “La España” explica en su crónica que todo se reduce “a tener unos hombres sujeta con una cuerda una vaca para que no se pueda escapar de la plaza, pero dejándola correr, poniendo en fuga a millares de curiosos”.
Escribe el cronista que si en el hipódromo “la diversión es ver correr caballos, aquí la diversión es ver correr hombres, y los hay que se podrían llamar pura sangre. Como hay calles que dan a la plaza que son empinadísimas cuestas, cuando la vaca se acerca, grandes tropeles se precipitan por ellas como se precipita un líquido, y con el mismo impulso suben la cuesta de enfrente. Tanto gritar y tanto correr hacen de aquello un verdadero motín pacífico”.
Resulta curioso leer 176 años después cómo el cronista de turno relataba la fiesta de la vaquilla enmaromada de Cuenca, que denomina “corrida de vacas con cuerda”, que se celebraba no sólo en San Mateo, sino en las fiestas de San Julián septembrinas, en grandes acontecimientos de la ciudad y en visitas reales como la que hizo a Cuenca la madre reina María Cristina el 2 de septiembre de 1850 cuando la ciudad comenzaba sus fiestas de San Julián. Sigamos con el relato: “Esto gusta a estas sencillas gentes, y el ver correr vacas, o por mejor decir, el que las vacas les corran a ellos, les cura todos los piques electorales y todas las penas que les da el presupuesto”.
Añadía el cronista del diario “La España”: “¡Cómo se hallaban los balcones de la plaza! Había más gente de la que cabía. Eran allí principal gala las bellas damas conquenses, que unen, muchas de ellas sin saberlo, la claridad de tez y el delicado mate de sus vecinas las valencianas a los hermosos ojos de Castilla”.
Informa el periódico, que a las cinco de la tarde la reina madre “subió al coche de caballos con todo su acompañamiento y bajó a pasear por el sitio que llaman la Carretería, que es una larguísima y bella calle con árboles por donde pasa el camino de Valencia. Precedían al coche de S.M. dos danzas, una con traje del país, que bajaron toda esta larga distancia, bailando casi siempre hacia atrás y cantando al mismo tiempo. Hay que confesar que allí había pulmones de la fuerza de 350 caballos. Pero en fin, son naturales la mayor parte del pueblo de Chillarón, y parece que el nombre lo lleva”.
Después del paseo por Carretería, con las danzantas bailando y cantando, la Reina Isabel II se dirigió a la Casa de Beneficencia, junto al puente de San Antón, para visitar a los niños y mayores acogidos en el benéfico establecimiento, y partir hacia Tarancón, donde junto a su esposo el duque, solía practicar la caza. Las fiestas continuaron en los días siguientes con los toros, el teatro y los bailes populares…