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El reino de Dick Cheney

Crítica de cine de la película 'El vicio del poder' de Adam McKay

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20/1/2019 · Pepe Alfaro

La primera parte de la carrera del director norteamericano Adam McKay (1968) aparece indisolublemente unida a la del cómico Will Farrel, protagonista, además de coguionista, de media docena de comedias filmadas a dúo tan disparatadas como irrelevantes. Hasta que decide aprovechar su ironía y mordacidad para mostrar la cara menos complaciente del american way of life, sin perder su despiadado sentido del humor ni la fuerza del ritmo narrativo, hasta conseguir engranar el entretenimiento con su propio estilo visual, como y ya demostró en La gran apuesta (The Big Short, 2015), una de las más lúcidas, a la par que entretenida, visiones sobre la quiebra del mercado inmobiliario americano, y por ende del sistema financiero global.

El vicio del poder, adecuada traslación al castellano del doble sentido del título original (Vice: vicio/Vicepresidente apocopado), centra el objetivo de su cámara en uno de los políticos menos estimulantes del sistema llamado Dick Cheney (nacido en Nebraska en 1941); alguien que desde el puesto de recadero en la Casa Blanca alcanzó las más altas cotas de poder, convirtiendo el cargo, poco menos que honorario, de Vicepresidente de EEUU (que ocupó durante el mandato de George W. Bush entre 2001 y 2009) en el centro de la toma de decisiones, sin responder de sus actos ante nadie, gráficamente equiparado en el film a los reyes absolutos y a los grandes dictadores del siglo XX.

Una de las características del cine de McKay es que no desdeña el espectáculo, por ello empieza la película precisamente el día 11 de septiembre de 2001 y la termina dos veces; la primera a mitad del metraje para puntear tanto el carácter dual del personaje como el doble tratamiento de la historia, desde el biopic hagiográfico a la denuncia maquinada. Sin olvidar que estamos ante una obra de creación cinematográfica, como acertadamente resalta el sorprendente narrador omnisciente que el director utiliza para articular la narración.

El film no se limita al retrato más o menos realista y/o crítico de Cheney, supera ampliamente la visión personalista para ofrecer la interpretación de un momento histórico especialmente crispado, con el país más poderoso del mundo enviando a sus ciudadanos a una guerra donde los únicos beneficiados fueron las grandes corporaciones, cuyos beneficios se multiplicaron exponencialmente, entre las que casualmente estaba Halliburton Company, la empresa que había contratado a Cheney. En este cínico fresco histórico reciente también aparecen algunos personajes secundarios como el presidente Bush (fantástico Sam Rockwell), el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld (bajo el rostro del cómico Steve Carell); incluso el propio Tony Blair tiene su minuto de gloria falseando las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, solo se echa de menos la presencia de Aznar, cuya intervención ha sido injustamente suprimida en el montaje final, aunque el discurso final del protagonista mirando a cámara parece escrito por el expresidente español.

Imposible finalizar este comentario sin hacer referencia al protagonista Christian Bale, el actor capaz de abducir al personaje para perpetuar su creación en el futuro por encima de la efigie del propio Cheney. Por cierto, se recomienda no abandonar la sala antes de finalizar los títulos de crédito, pues el director tiene reservada alguna sorpresa sobre la esencia sociológica de su obra.

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