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Cultura

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Especial Semana Santa 2019
Música en las Aulas

Las entrañas de 'El gran panal'

El musical preparado por los alumnos del IES 'Santiago Grisolía' ponía el broche al ciclo Música en las Aulas

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Fotos: Xara Soliva-musica-aulas
5/5/2019 · Vanesa Moreno

La música acompaña cada paso que damos en cualquier lugar del mundo. Todo lo que nos rodea está marcado por ritmos y melodías. No todos somos afortunados de conocer y entender la música, de interpretarla y tocarla, de sentirla y disfrutarla. No todos podemos disfrutar de música en los colegios, pero música de verdad, aprender a entenderla y no utilizarla como un mero pasatiempo. No todos los niños pueden disfrutar de música en las aulas, pero Cuenca sí.

Desde hace once años, el ciclo de conciertos Música en las Aulas, organizado por el I.E.S Santiago Grisolía, invade el Teatro Auditorio de Cuenca para contar historias cosidas con música. Durante varias semanas, estudiantes de varios institutos de Cuenca y de las escuelas de arte, música y alumnos del Conservatorio se reúnen para actuar en distintos conciertos, con música en directo, combinada con pequeñas actuaciones teatrales.

El colofón final viene de la mano de la obra de teatro celebrada en la sala grande del Auditorio, que acoge a cientos de estudiantes todos los años. En ella, una explosión de luces, colores, formas y decorados dejan boquiabierto al público, porque realmente el conjunto de todas esas piezas es magia para los sentidos.

Este año, la representación llegaba el 27 de abril con la historia titulada 'El gran panal', un musical que gira en torno a un mundo fantástico dicotómico entre el bien y el mal, en el que no faltan tintes cómicos, y que finalizan con una moraleja clara.

'El gran panal' abre sus puertas a las 8:30 de la mañana, hora en la que sus integrantes van llegando poco a poco. Nada más llegar, los camerinos se empiezan a llenar de mochilas, chaquetas, disfraces y maquillaje. Y es precisamente el maquillaje la primera actividad del día.

Uno a uno, los más de doscientos alumnos que actúan en la obra, pasan por las manos de las maquilladoras, que aunque no son profesionales, se manejan con la caracterización de los personajes, y todo hay que decirlo, con gran paciencia y buen resultado.

Unos odian, incluso lloran al ser maquillados, sobre todo aquellos con falta de costumbre de delinearse los ojos. Las maquilladoras lidian con el tiemble de los párpados, con la falta de tiempo, con el exceso de adolescentes y con la pérdida de lápices de ojos. Y entre “quién se ha llevado esto” y “se ha gastado aquello” consiguen tener todo controlado a tiempo.

Pero el mérito no es solo de las brochas del maquillaje, sino de las que se emplean para el decorado, o más bien, de las manos que las usan para crear ese mundo fantástico. El equipo artístico, compuesto por pocas manos y mucho talento (Paloma Yébenes, Xara Soliva, Irene López, Ana Fernández, Cristian Mantecón, María José Hinarejos y Eugenio Sánchez) consigue superarse año a año, con un hándicap importante: la falta de medios.

Se recicla todo, absolutamente todo, y ahí se demuestra el talento, porque desde la butaca no se percibe que casi todo está hecho de cartón, piezas renovadas de años pasados, trajes reutilizados… A pesar de ello, el efecto visual de cada número no tiene nada que envidiar a cualquier otro musical, aunque este sea más casero y menos conocido.

Cada detalle, por mínimo que sea, está cuidado al milímetro. Diademas con formas hexagonales decoradas con abejas pequeñas de fieltro, los caparazones y pinzas de escarabajos, escorpiones y mantis religiosas o las columnas del reino del mal.

Todo tiene un por qué, cada canción, cada frase, cada personaje. Y todos tienen cabida. Clarinetes, violines y saxofones interpretan piezas musicales en directo, y las bailarinas de la academia de Rosario Tosta marcan el ritmo del funky sobre las tablas.

Mientras unos se maquillan, otros ensayan y el equipo artístico, que además de crear, organiza, se encarga de ultimar todos los detalles. Los pasillos de los camerinos se llenan de personajes a medio vestir correteando, cantando y también gritando. Los nervios se apoderan de los más pequeños, novatos en este mundo, y los más veteranos se pasean con tranquilidad, como en casa, pero con el peso de la experiencia en sus espaldas.

Desde dentro todo se ve distinto, es como ver el mecanismo de un reloj: ves cómo funciona, pero no el acabado final

La hora se acerca y el público comienza a ocupar sus butacas. Los más despistados comienzan a vestirse en ese momento, y los más preocupados terminan de retocarse. Las bambalinas empiezan a llenarse de avispas, mariposas y diversos insectos, con cierto nerviosismo e ilusión.

La organización se encarga de que todos estén callados y en su sitio, algo que muchas veces resulta prácticamente imposible. Llegado el momento… empieza la actuación.

Desde dentro todo se ve distinto, es como ver el mecanismo de un reloj: ves cómo funciona, pero no el acabado final. Churros flotando, confeti fluorescente, el desfile de las tropas… en el backstage no se llega a apreciar el objetivo final: un efecto visual que encaja todas esas piezas e impresiona.

Desde fuera seguramente no se llegue a saber cómo se ha hecho todo, con materiales y objetos muy simples, pero la conclusión es siempre la misma: alucinante. No se ve el agobio de todos al cambiar los escenarios, o cuando a alguien se le ha descosido su traje o cuando el que tiene que salir a escena en 10 segundos no está en su sitio. Todo se queda de puertas para adentro, porque pase lo que pase, el show debe continuar.

Sin embargo, lo verdaderamente importante no es el acabado final, sino todo lo vivido en la preparación y en los ensayos, en los momentos previos a actuar, la colaboración de todos, la calidad humana del equipo… construir una familia, eso es lo importante. Música en las Aulas da la oportunidad a los que se esconden de salir a la luz, de hacer lo que les gusta, de sentirse especiales. Aquellos que pasan desapercibidos se convierten en piezas fundamentales de la historia, porque todos, por muy pequeño que sea su papel, tienen su peso dentro de la obra.

Durante todos estos años, Paloma Yébenes (directora del ciclo) y su equipo han construido mundos de la nada, han dado vida a personajes que no podrían haber vivido si no es gracias a su imaginación, han difundido y defendido la música y el arte hasta la saciedad, y también han “resucitado” a muchos con sus conciertos. La música no debe morir, y cualquier actividad que la defienda debe ser considerada y darle el reconocimiento que merece. Música en las Aulas merece todo el reconocimiento del mundo, pero de momento les basta con seguir entre bambalinas y dibujar historias, les basta con seguir cantando, tocando y soñando.

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