De 50 familias a solo seis resineros: un oficio que busca relevo en Sotos
Rodrigo Valiente conoce muy bien los pinares de Sotos desde que era un niño. Su padre ya extraía resina en unos tiempos mucho más propicios que los actuales y ahora, a las puertas de la jubilación, confiesa con emoción y cierta resignación que, de no cambiar las cosas, el oficio se muere. Este año Rodrigo va a extraer resina de 2.000 pinos conquenses, mientras que años atrás llegó a trabajar con 8.000. Una considerable reducción de actividad para quien, a sus 64 años, encara las últimas semanas de la que será su última campaña.
De joven acompañaba y ayudaba a su padre, que había compaginado la agricultura con este oficio. Sin embargo, Rodrigo acabó dejando los pinares para trabajar en la construcción. Años después, la crisis de este sector le hizo regresar al lugar en el que había aprendido a trabajar siendo casi un muchacho. “En los años de crisis económica la construcción también se vino abajo y volvimos a salir a la resina. He estado doce años llevando 8.000 pinos. Este año llevo 2.000 y es ya el último porque me quiero jubilar”, nos cuenta.
El suyo es también el reflejo de un oficio que ha ido perdiendo trabajadores año tras año. Sotos fue, junto a localidades como Talayuelas y Almodóvar del Pinar, uno de los grandes enclaves resineros de la provincia de Cuenca. Rodrigo recuerda que hubo una época en la que medio centenar de familias enteras de Sotos vivían directamente de esta actividad. Hace solo una década había alrededor de 30 resineros. Hoy quedan seis.
“Cuando la resina empezó a funcionar eran muchas las familias que vivían del monte, medio centenar nada menos, más otros diez o doce que se dedicaban a remasar, a recoger la resina del bote, echarla en una lata y después llevarla a los bidones o cubas para que vinieran a por ella”, explica.
Hacer “llorar” al pino
La campaña resinera es larga. Comienza en febrero, cuando se preparan los árboles, aunque la extracción propiamente dicha se desarrolla desde mediados o finales de abril hasta principios de octubre.
“Primero se empieza en febrero y se desroña el pino, que es limpiar la corteza y dejar la cara limpia. Después, cada 20 días se hace una pica, se le quitan un par de centímetros y se le echa la pomada. Normalmente hacemos diez u once picas al año. Esa pomada es la que le hace llorar al pino para que vaya haciendo la resina”, detalla mientras muestra las marcas que años de trabajo han ido dejando sobre los árboles.
Cada ejemplar produce en esta zona una media de unos 2,5 kilos por campaña, aunque los mejores pueden superar esa cantidad. No es una cifra elevada si se compara, según Rodrigo, con otras grandes zonas productoras españolas como Segovia, donde asegura que algunos árboles pueden proporcionar entre 3,5 y cuatro kilos.
Y precisamente el rendimiento y, sobre todo, el precio explican buena parte de las dificultades que atraviesa el sector. Rodrigo asegura que actualmente se pagan alrededor de 1,14 euros por kilo, prácticamente lo mismo que hace una década, cuando rondaba los 1,12 euros, e incluso recuerda campañas en las que llegó a alcanzar los 1,60.
“El problema es que llevamos diez años prácticamente trabajando al mismo precio. Si vienes aquí a pasar el día y no ganas el jornal, ¿qué haces? Pues te cambias. Tienes que pagarte autónomos, transporte, gasoil y todos los gastos. Así no sacas un sueldo para vivir”, lamenta.

Sin sábados ni domingos
Pero el precio no es el único obstáculo para atraer nuevos trabajadores. La actividad exige una dedicación difícil de encajar con las condiciones laborales que buscan las nuevas generaciones. El pinar marca sus tiempos y, cuando llega el momento de recoger, poco importa que el calendario diga sábado, domingo o festivo.
“En la resina tienes que ser constante, no hay sábados ni domingos. Si tienes que venir un domingo, tienes que venir. Si el bote lo tienes saliéndose y no lo recoges, es resina que estás tirando. La gente joven busca trabajar de lunes a viernes y tener el sábado y el domingo libres, pero la resina no puede ser de lunes a viernes. Tiene que haber también un sueldo decente y un precio que esté más o menos bien”.
El trabajo, al menos, ha cambiado considerablemente respecto al que conoció la generación de su padre. Las herramientas y los sistemas actuales han reducido el esfuerzo físico y espaciado las intervenciones sobre cada árbol. Donde antes había que regresar cada cinco días y cargar recipientes al hombro, hoy las picas se realizan aproximadamente cada 20 días y las carretillas facilitan la recogida.
“Antiguamente el trabajo de resinero sí era un trabajo muy duro, pero ahora se puede llevar. Antes se picaba con el hacha, ahora el esfuerzo es menor y se puede trabajar, pero la resina tendría que estar a un buen precio”.
Un futuro complicado
El pino, además, puede continuar produciendo durante décadas. Rodrigo explica que un ejemplar de buen tamaño puede trabajarse durante 30 o 35 años rotando las distintas caras y que la extracción no supone la muerte del árbol.
El problema actual está en encontrar personas que quieran entrar al monte para trabajarla. Entre los pocos resineros que permanecen actualmente en Sotos se encuentra una mujer de Las Majadas que trabaja unos 4.000 pinos y que compagina la actividad con otras tareas secundarias.
“Si seguimos así, se muere la resina. La gente joven no quiere venir a trabajar aquí. Quiere trabajar de lunes a viernes y tener el sábado y el domingo libres, y aquí hay que trabajar cuando toca, sin mirar si es fiesta ni las horas. De los que estamos resinando, el más joven tendrá unos 60 años, excepto la mujer de Las Majadas que viene aquí a trabajar y lo compagina con otras cosas”.
Dentro de unas cuantas semanas llegará el momento de la última recogida en los pinares de Sotos. A finales de octubre o primeros de noviembre, los botes dejarán de recibir resina y la campaña habrá terminado. Para Rodrigo será diferente a todas las demás porque pondrá fin a toda una vida entrando y saliendo de los pinares. “Para que lleguen nuevas manos aquí, primero tendría que subir el precio. Pero si no cambia eso, no habrá gente que quiera seguir y la resina se va a morir”.
