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“Aquí haces de farmacéutica, psicóloga y hasta arreglas teléfonos móviles”

Silvia Santiago cumple un año al frente de la farmacia de Almodóvar del Pinar, desde la que también atiende los botiquines de Arguisuelas y Chumillas
“Aquí haces de farmacéutica, psicóloga y hasta arreglas teléfonos móviles”
Silvia Santiago en su farmacia de Almodóvar del Pinar. Foto cedida
02/11/2026 - Eduardo M. Crespo

La farmacia de Almodóvar del Pinar estaba a la venta porque Ricardo, su anterior titular, iba a jubilarse. Silvia Santiago no había iniciado una “búsqueda formal”, pero la hija de Ricardo, a quien conocía del instituto, le escribió para contárselo. Silvia llevaba varios años trabajando en una farmacia de Motilla del Palancar y sentía que había llegado el momento de dar el paso. “Dije: Me voy a tirar a la piscina y voy a intentar comprar una farmacia”, recuerda. Ahora se cumple un año desde aquel momento que cambió su vida.

Nacida en Cuenca y formada en Farmacia en la Universidad de Valencia, Silvia vive en Motilla y se desplaza cada día a Almodóvar del Pinar. Allí pasa buena parte de la jornada, aunque no siempre permanece detrás del mostrador. También se ocupa de los botiquines de Arguisuelas y Chumillas, a los que acude varios días a la semana para llevar medicación a sus vecinos.

Su ritual profesional empieza en Almodóvar. “Preparo aquí la medicación, bien la que toman de manera crónica o bien la que les han mandado nueva después de ir al médico, y al día siguiente la llevo al pueblo”, nos cuenta. Ese reparto forma parte de un trabajo que va más allá de la farmacia y que, en su primer año como titular, le ha permitido conocer las necesidades de localidades cercanas que no cuentan con establecimiento propio.

En Almodóvar, un municipio de unos 400 habitantes durante el invierno, “las consultas en la farmacia de Silvia cambian con las estaciones”. Cuando comienza el frío llegan las molestias de garganta y la congestión; en verano, las preguntas recurrentes por los picores. Pero no siempre se trata de pedir un medicamento. Es mucho más que eso para los vecinos del pueblo: “La gente viene, te cuenta un poco los problemas que tiene, su vida, lo que le pasa. Si viene del médico, te pregunta qué opinas. Hay mucha gente que directamente no pasa por el médico y viene aquí primero”.

Esa confianza se ha construido durante un año en el que Silvia se ha sentido como en casa. Los vecinos le llevan comida y otros detalles que ella agradece de corazón, y algunos se quedan a conversar. “Haces al final un poco la labor de psicóloga, de arreglar móviles, un poco de todo. Entonces es muy gratificante”, dice. 

Entre las historias que escucha están las de quienes recuerdan su juventud y le cuentan, por ejemplo, una relación que no llegó a prosperar. Son conversaciones que forman parte de la rutina de una farmacia donde la atención no termina al dispensar una caja de ibuprofeno.

Silvia recuerda el caso de una mujer a la que, según nos explica, le habían prescrito una crema con una concentración más alta de la adecuada. “Le dije que no se la pusiera, que no era lo más oportuno para su dolencia. La vecina me estuvo dando las gracias durante muchísimo tiempo. Me decía que, si no hubiese sido por mí, se la habría puesto”, cuenta. 

“Una farmacia en un pueblo es muy importante porque, al final, es un servicio básico. Aquí es todo mucho más cercano”

SERVICIO BÁSICO

Entre los servicios que presta la farmacia de Silvia está la preparación de los sistemas personalizados de dosificación, los pastilleros en los que organiza la medicación según el momento en que debe tomarse. “Les preparamos lo que se tienen que tomar en el desayuno, la comida y la cena, y así les facilitamos el servicio”, señala. Puede ser una ayuda especialmente valiosa para personas mayores o con dificultades para gestionar varias medicinas.

Al preguntarle por qué es importante conservar una farmacia en un pueblo como Almodóvar del Pinar, su respuesta es sencilla: “Tengo claro que se trata de un servicio básico y responde a necesidades muy diversas que tienen los vecinos”. Su primer año le ha servido para comprobarlo tanto en Almodóvar como en los dos municipios a los que lleva medicamentos.

Su experiencia también ha cambiado la forma en que mira la vida rural. Vivió nueve años en Valencia y reconoce que entonces no quería volver a un pueblo. Hoy no se plantea regresar a la ciudad. “Aquí llegas, aparcas a la primera, no tienes tráfico y tienes todo muy cerca. Para ir al supermercado quizá tengas que desplazarte veinte minutos al pueblo más cercano, pero la calidad de vida que tienes en un pueblo no es la que tienes en una ciudad. El descanso, la tranquilidad y la paz son muy importantes”.