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Puches: “las natillas de los pobres” de nuestra infancia

Este dulce, nacido de la escasez y ligado a la noche de la víspera de Todos los Santos, endulzó el paladar de generaciones de conquenses con ingredientes muy sencillos
María del Carmen Gimeno, cocinera del Hotel Moya (Landete). Foto cedida
31/10/2026 - Eduardo M. Crespo

Harina, agua, aceite, azúcar y unos trozos de pan. Poco más hacía falta para que el olor de los puches saliera de la cocina y anunciara una merienda o cena  esperada por los más pequeños. En muchas casas conquenses, aquellas gachas dulces fueron una forma sencilla de alimentar a la familia y, al mismo tiempo, de darse el gusto de comer algo dulce.

Su aroma y su sabor todavía llevan a muchos hasta la cocina de sus madres y abuelas. Preparados con agua y, más adelante, también con leche, acompañados de pan frito y, según la receta, con canela o anís, los puches forman parte de la memoria de varias generaciones de conquenses.

Se trata de un plato arraigado en distintos rincones de la provincia, desde La Mancha hasta la Serranía, pasando por La Alcarria y La Manchuela. Y aunque también se preparaban en otros momentos del año, en muchos hogares estaban ligados a la celebración de Todos los Santos.

María del Carmen Gimeno, cocinera y responsable del Hotel Moya de Landete, todavía recuerda cómo los hacía su abuela Cleofé, cocinera en un colegio de la localidad. En su casa los conocían como “las natillas de los pobres”.

“No tenían leche, no tenían huevos, no tenían nada”, cuenta sobre aquel plato que su abuela elaboraba con lo que tenía a mano y que a los niños les encantaba.

Cleofé freía unos trozos de pan duro en un poco de aceite y después tostaba la harina con paciencia antes de añadir el agua y el azúcar. “Lo hacía con mucho mimo y con mucho cariño. Tostaba muy bien la harina para que no supiera a harina, como una bechamel, muy suavecito”, explica.

María del Carmen los recuerda especialmente a la hora de la merienda. “Por la tarde teníamos hambre y decíamos: ‘¿Qué hacemos?’. Y venga, pues unos puches”. No puede precisar si su abuela los elaboraba también por Todos los Santos, pero conserva vivo el recuerdo de aquel plato.

Un día, mientras preparaban caramelo para unos flanes, Cleofé propuso utilizarlo para terminar los puches. El resultado les encantó: el azúcar tostado parecía dibujar una tela de araña sobre el postre. Ahora, María del Carmen quiere recuperarlos en el Hotel Moya para estas fechas. Los hará con leche y tiene previsto preparar una versión con canela y otra con el caramelo que ideó su abuela. 

El desayuno de la abuela Natividad

También la abuela de Dolores Gil, jefa de cocina del restaurante La Muralla, en Cañete, preparaba puches en casa. Natividad se los hacía para desayunar cuando era pequeña y todavía hoy conserva un buen recuerdo de aquellas gachas dulces.

Su abuela freía primero unos costrones de pan del día anterior y los reservaba. Después tostaba la harina de trigo en el aceite e incorporaba el agua poco a poco, sin dejar de remover para evitar los grumos.

Dolores sigue preparándolos con agua para ella, como hacía Natividad, y los acompaña con los trozos de pan frito. Pueden comerse calientes o dejarse enfriar: “Se quedan de manera que los puedes cortar y se comen igual fríos”. En su casa sí recuerda los puches como un plato típico de Todos los Santos, una costumbre que continúa su cuñada en Campillo de Altobuey. Por ahora no los ha preparado en el restaurante, aunque reconoce que se está planteando recuperarlos.

Un plato sencillo que, para ella, sigue unido a recuerdos de su infancia y al cuidado con el que su abuela Natividad lo llevaba a la mesa.