Negro sobre negro
Paso a paso, es decir edición tras edición, las jornadas en torno a la literatura negra, policiaca, detectivesca, criminal o como ustedes quieran llamarla organizadas en nuestra capital provincial desde 2013 por Sergio Vera a través del club de lectura Casas Ahorcadas han ido primero asentándose y luego creciendo hasta convertirse en ese Festival Internacional que este año, entre el 4 y el 7 del ya ahí mismo llegando mes de febrero, va a volver a convertir a la ciudad en el epicentro de uno de los campos narrativos quizá más representativos, junto tal vez a las distopías, de nuestra época.
Con una programación que tanto hace un guiño a una de las grandes damas clásicas del género como Agatha Christie en el cincuenta aniversario de su fallecimiento, como nos va a acercar a su propia más inmediata realidad creativa en castellano con, en un cartel pleno de firmas femeninas, la presencia de autoras de tanta calidad como Claudia Piñeiro, Beatriz Oses, Berna González Harbour, Carmen Posadas, Marta Robles o Rosa Montero que acudirá a la cita con las historias bajo el brazo de su entrañable investigadora ciborg Bruna Husky, fecunda hija del maridaje entre lo detectivesco y la ciencia ficción, en una oferta a la que añádanle asimismo firmas tan probadas como las de Lorenzo Silva o el multigalardonado Gianrico Carofiglio entre tantos otros participantes, que tampoco se trata de dar aquí su completa lista, la nueva cita –creada por lectores y para lectores y vaya si se nota– tornará a propiciar a los seguidores, fans vamos, de este camino expresivo, entre los que, desde luego, vaya la confesión por delante, me cuento, el más satisfactorio vis a vis con un decir que en paralelo a su condición de entretenimiento ha ido convirtiéndose en buena medida en sus mejores más inmediatas realizaciones y más allá –o a lo mejor, miren por dónde, más acá, más pegadita a nuestro mismo caminar existencial– de su condición de, también, herramienta de entretenimiento, y dejando atrás sus primeras y etapas, las del policial clásico, en las que se centraba en la lógica deductiva y en la restauración del orden, en un reflejo, en un espejo diríamos, y no tan distorsionado por cierto, de las preocupaciones y problemas de nuestro hoy; del aquí y ahora de la sociedad en la que, a como sea, se desarrolla nuestro día a día.
Porque, qué quieren que les diga, a uno le parece que en efecto, cada vez más, la que hace ya setenta y casi seis años, en su ensayo El simple arte de matar, otro de sus nombres míticos, Raymond Chandler, definiera como “la novela del mundo profesional del crimen” nos define muy, pero que muy a cómo en verdad es, buena parte de ese oscuro mundo de más o menos –incluso me temo que cada vez menos– solapadas fechorías en el que nos debatimos testimoniando la ambigüedad o incluso la degradación moral, la fragilidad institucional y las tensiones éticas que lo atraviesan y que, como inmersos en él, nos sacuden, en una indagación que en sus más válidos ejemplos casi cabría calificar de ética sobre el poder, el crimen y la fragilidad del orden –o puede que más bien desorden– social que conforma nuestro ámbito.