Lapsus y palmeros
Hoy he visto en un programa de “Antena 3” a Eligio Hernández, que allá por los años noventa fue Fiscal General del Estado y cuya labor fue bastante controvertida porque, entre otras actuaciones criticadas, su papel en el escándalo de los Grupos Armados de Liberación (GAL) hizo dudar de su ejemplaridad en el cargo que ejercía. Pero lo más penoso de su carrera en la fiscalía general fue el final de la misma, ya que su nombramiento fue declarado ilegal por la Sala Tercera del Tribunal Supremo, por no haber acumulado los 15 años de carrera jurídica exigidos para llegar a ser Fiscal General del Estado.
Pero el motivo de dedicarle hoy mi artículo no se debe a lo expuesto, porque su vida pública es de conocimiento general solo con entrar en Google y buscar con su nombre, sino a una faceta personal suya que conocí cuando residía en Santa Cruz de Tenerife y el señor Hernández representaba, a la sazón, al gobierno de Felipe González como Gobernador Civil de la provincia.
Por aquel entonces, Don Eligio había sido un practicante de la lucha canaria, llegando a ser “El pollo del Pinar”, denominación (“pollo”) que se otorgaba al que obtenía la categoría de campeón en función de los distintos pesos, y en este caso en el de los pesados, así que no les ha de extrañar que cuando fui a presentarme como funcionario destinado a las islas, me hiciera una demostración de destreza en la lucha autóctona, ejecutando un barrido de patada circular a una silla que allí había, saliendo una de sus patas volando literalmente. Ante tal ilustrativa y convincente demostración de jerarquía, entenderán ustedes que me pusiera incondicionalmente a su servido.
Pero el colofón de su particular personalidad ocurrió en el Hotel Mencey de la capital tinerfeña, cuando el excelentísimo Gobernador Civil fue a presentar la implantación en la provincia de la empresa automovilística Citroën y, rodeado de una multitud expectante, soltó: “Bienvenida a Santa Cruz de Tenerife a la FASA-Renault” y se quedó tan pancho, sin que nadie osara corregirle y premiase sus palabras con una cerrada ovación de los “palmeros y palmeras” de turno, mientras que los demás presentes nos tapábamos la boca para no soltar la carcajada que la hilarante situación producía.
Espero que haya quedado claro que los lapsus son algo natural y los palmeros y las palmeras también son naturales…pero de la Palma, la isla bonita.
Julio Magdalena Calvo.