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Opinión

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Especial Semana Santa 2020
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José Ángel García


3/9/2022

Coches, árboles y pavimentos

Aun cuando –en uno de los típicos pero a lo que parece inevitables bandazos de la atención mediática– hayamos comenzado a hablar más del posible invierno frío con que la situación mundial y su incidencia tanto en la disponibilidad como en los precios de la energía nos están amenazando que de las tan recientes olas de calor que este año nos han azotado, ese problema, el del exagerado incremento de las temperaturas estivales potenciadas por el cambio climático, va a seguir constituyendo una amenaza recurrente para nuestra salud, especialmente la de cuantos vivimos en ambientes urbanos, los más afectados por sus propias características constitutivas, dado que, aun cuando comenzáramos de una vez de manera eficiente a luchar para contrarrestar nuestra hasta ahora insensata deriva en este aspecto, la ya real enorme cantidad de gases de efecto invernadero que hemos emitido a la atmósfera van a permanecer en ella durante décadas por lo que el calentamiento seguirá estando ahí, cual calórica espada de Damocles sobre nuestros cuellos.

Es algo a lo que, por tanto, debemos intentar hacer frente con las herramientas que ya de hecho poseemos aunque tan poco las estemos en general aplicando, comenzando por las que, tanto en la opinión de los expertos como a la luz del propio sentido común que todos deberíamos aplicar, se nos aparecen como más factibles en este momento: más árboles y zonas verdes – la diferencia termométrica entre una zona estrictamente urbana y una residencial con espacios verdes puede llegar a los quince grados, menos coches, y materiales menos nocivos de los que nos hemos venido empeñando en utilizar tanto para nuestros pavimentos como incluso para nuestras edificios, materiales que por cierto ya existen o se están desarrollando: pavimentos fríos que –aprovechando lo que se conoce con efecto “albedo” por el cual las superficies más oscuras se calientan más al sol que las más claras– reflejan la radiación solar enfriando con ello su entorno, pavimentos permeables –la ciudad australiana de Melbourne por ejemplo ya está instalando uno capaz de absorber el agua para alimentar las raíces de los árboles y optimizar su crecimiento para que den más sombra– en una serie de acciones combinadas que atendieran también al uso en nuestras construcciones urbanas de materiales asimismo más reflectantes, pintando de colores claros nuestras terrazas o reconvirtiéndolas en las que ello fuera posible en espacios ajardinados, reduciendo nuestro uso del automóvil particular –bienvenida sea por cierto a este respecto la decisión de nuestro ayuntamiento capitalino de reducir en un treinta por ciento el precio del servicio de autobús urbano hasta el 31 de diciembre– y, desde luego, cual antes señalaba, incrementando la presencia arbórea con las especies más indicadas para nuestras nuevas situaciones climáticas.

Son medidas que bien deberíamos adoptar y aplicar en nuestro entorno primando, cual evidentemente debería ser, la salud –nuestra salud– sobre los más cortoplacistas pero nocivos intereses económicos.

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