Un bien merecido homenaje
Junto a Fernando Zóbel y Gustavo Torner, Gerardo Rueda conformó lo que los historiadores de la plástica contemporánea hispana han venido a denominar el Grupo o la Escuela de Cuenca, un trío de creadores del que, como bien ha escrito Alfonso de la Torre, sorprende especialmente la perdurabilidad de sus tan personales trayectorias, pero que además para Cuenca han tenido –y en verdad siguen teniendo– el valor añadido de su mancomunada labor en la creación y puesta en marcha del impagable regalo que, para nuestra ciudad pero también para el entero panorama artístico español de los sesenta del pasado siglo, significó la Colección de Arte Abstracto fundada por el primero en nuestras rehabilitadas Casas Colgadas. Bienvenido sea por ello, más que reciente aún la presentación, esta misma semana que vamos a cerrar, de ese número especial monográfico que la Real Academia Conquense de Artes y Letras ha puesto en circulación en torno a la figura y la obra de otro de los integrantes del Grupo, Torner, ese otro homenaje que, al hilo del centenario de su nacimiento, se aprestan a dedicarle a Rueda los propulsores de la actividad cultural de nuestro templo catedralicio, una actividad que cada vez se hace más valiosamente presente en nuestra agenda ciudadana, y que este sábado va a incluir en el programa de la celebración de su Día, el Día de la Catedral. Un más que merecido homenaje a este artista, autor por cierto de los doce vitrales del propio triforio catedralicio, magnífico ejemplo, desde su valor plástico, de un hecho –el de la armoniosa incorporación del arte contemporáneo al tesoro patrimonial del recinto sacro– que no hubiera sido posible sin la condición de motor cultural y artístico de vanguardia que la creación del Museo zobeliano promovió, posibilitó y potenció por nuestros capitalinos lares. Un homenaje que incluirá una ponencia y una visita guiada a una exposición dedicada al artista que, conformada por obras cedidas para ella por su hijo José Luis Rueda, además de permitir a quienes la visiten el acceso a obras representativas de una trayectoria plástica –vuelvo a tomarle prestada la palabra a de la Torre– “hondamente conectada con un profundo conocimiento de la más sutil y despojada vanguardia internacional estableciendo una de las propuestas estéticas más extremas y coherentes de nuestra abstracción”, va también a posibilitarles un impagable acercamiento al proceso de diseño, configuración y realización de esas vidrieras catedralicias que culminaría con el trabajo del taller conquense Vitrea bajo la regia de Hentri Dechanet, mediante el visionado de los cartones preparatorios y de otros materiales relacionados con su realización, presentes por primera vez en una muestra merced a la generosidad del maestro vidriero Jacinto Cuesta Sanabria. Una jornada celebrativa que incluirá talleres para los más pequeños y se cerrará con un concierto para órgano y campanas del organista Carlos Arturo Guerra y del compositor Llorenç Barber que, con piezas de Arvo Pärt, Francisco Correa de Arauxo y Philip Glass –también en él tradición y contemporaneidad en fértil alianza– rendirá de paso paralelo homenaje al primero de estos compositores en su nonagésimo aniversario.