11 de Julio de 2020 Son las 11:12

Opinión

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Especial Semana Santa 2020
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José Ángel García

Ahora o nunca

“No son tiempos nada fáciles para Europa” confesaba hace nada –el pasado martes, vaya– el ministro de Exteriores de Alemania Heiko Maas al hilo de su encuentro en Valencia con su homóloga española Arancha González Laya. No, desde luego; desde luego que no lo son pero, qué demonios, acaso precisamente esa extrema dificultad de la situación, probablemente la más ardua, complicada y crucial de cuantas la Unión Europea ha tenido que aportar a lo largo de su existencia, ¿no debería llevarnos a, haciendo de la necesidad virtud, decidirnos de una vez por todas a que ella –la hoy por hoy todavía, no lo olvidemos, nuestra Unión– juegue en la palestra internacional un papel como actor geopolítico al que, maldita sea, tanto hemos venido en los últimos tiempos renunciando? Un papel que –tampoco estamos tan minusválidos, caramba si realmente sumamos cualidades, potencias y esfuerzos en una acción realmente mancomunada– evite quedarnos como comparsas en ese tablero mundial donde, con la tensión entre Estados Unidos y China como telón de fondo, están dispuestas, ellas sí, a apostar sus propias bazas potencias emergentes como, por ejemplo, India, Rusia, Irán o Turquía. Hagámoslo; hagámoslo y sin demora porque quizá, o casi sin quizá, no vayamos a tener otra ocasión para hacerlo. Porque además de reparar en el menor plazo posible los daños que ya en tan gran medida nos afectan, hay que preparar, pero ya, la construcción del ámbito en que se desarrollará –progresando o fracasando– la próxima generación. Qué demonios, aprendiendo de lo hecho y de lo no hecho y sin la permanente rémora que suponían los nihil obstant de los británicos (que ojalá, no se me malinterprete, hubieran continuado con nosotros) saltemos decididos al escenario global potenciando –más allá de la tan demostradamente insuficiente y reduccionista idea de limitarnos al tan cacareado mercado único, por otro lado tan amenazado– la consecución de una dimensión política real que nos otorgue la suficiente capacidad para defender, por supuesto que sí, claro que sí, nuestros intereses económicos y estratégicos pero también, sustentándolos y disciplinándolos, nuestros valores –déjenme que use sin miedo el calificativo– morales; esos valores humanísticos que en tantas ocasiones, sacando pecho, proclamamos que son la base de nuestra común cultura sociopolítica pero que las más de las veces tan poco hemos aplicado en realidad en nuestro trapacero discurrir comunitario. Hagámoslo comenzando por ejecutar una recuperación sostenible, uniforme, inclusiva y justa para todos los estados que la integramos diseñando –y aplicando, ¿eh? – medidas que potencian la resiliencia de nuestras sociedades, como, sin ir más lejos, ese pacto verde y esa digitalización que tanto se nos dice que impulsarían el crecimiento y el empleo y nos conducirían a conseguir una autonomía estratégica y una seguridad económica y a la mejora de nuestro medio ambiente. Sí, hagámoslo y hagámoslo ya porque, la verdad, va a ser ahora o nunca. Que lo veamos.

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