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"He sido una afortunada porque mi profesión me encanta”

Luisa Rosa Peña Fernández se ha jubilado como médica de Atención Primaria tras 30 años de trabajo en el Centro de Salud de Tarancón
"He sido una afortunada porque mi profesión me encanta”
Foto: Rubén Marco
29/11/2025 - Paula Montero

Agradecida. Así se siente la doctora Luisa Rosa Peña al arrancar su jubilación después de más de treinta años trabajando en el Centro de Especialidades de Tarancón. Agradecida a sus pacientes por el cariño que le han transmitido siempre, pero también a la vida por haber podido dedicarse a su profesión soñada: médica de Atención Primaria. 

 “Llegué el 1 de marzo de 1991, después de aprobar las oposiciones en Castilla-La Mancha”, recuerda. Nació en Calatayud (Zaragoza), en una familia humilde de agricultores. Allí, siendo apenas una niña, decidió que quería ser médica: “El doctor que atendía a mis abuelos me parecía un señor que sabía muchísimo. Y yo quería saber mucho. Así que dije: si él es médico, yo también quiero serlo”.

Esa curiosidad infantil fue el primer paso de una carrera marcada por la vocación y el servicio. Estudió Medicina en la Universidad de Zaragoza y tras años de sustituciones y desplazamientos de pueblo en pueblo, consiguió finalmente plaza fija en Castilla-La Mancha. “Pasé por muchos sitios, trabajando quince días aquí, una semana allá… Hasta que llegué a Torrubia del Campo, donde el Ayuntamiento nos ofreció casa y nos acogieron con los brazos abiertos”.

Allí, en aquel pequeño municipio, se estableció junto a su marido y su hija pero años después aprovechando la jubilación de un compañero pidió traslado a Tarancón. 

La suya empezó siendo una carrera profesional con pocos medios, con el maletín siempre dispuesto, de caminos nevados y consultas en comedores improvisados. “Llegué a atender cinco pueblos con apenas doscientos habitantes entre todos. No tenía enfermera, ni teléfono… Era una época en la que siempre teníamos que estar localizables. Si salías a la tienda, dejabas un cartel: ‘Estoy en la tienda’. Si ibas al río, ponías ‘Estoy en el río’. Todo el pueblo tenía que saber dónde localizarte por si pasaba algo”.

Ahora, treinta años después recapacita sobre cómo ha evolucionado la profesión: “El cambio ha sido espectacular, tenemos centros de salud con unas instalaciones muy buenas y con muchos recursos. El gran ganador ha sido el paciente”, asegura. Pero si algo ha definido su carrera no han sido las herramientas y los avances en medicina, sino la forma de mirar a cada paciente. “Yo siempre quise ser médico de cabecera, de los que tratan a la persona, no solo a la enfermedad. Cuando una persona llega a consulta hay que fijarse en la persona, pero también en su familia, en sus preocupaciones, en su entorno”. 

Ahora, tras más de tres décadas de servicio, confiesa que la jubilación le deja un sabor agridulce: “Me voy con muy buen sabor de boca, con el cariño de mis pacientes… pero echo de menos el trabajo. Yo soy de esas personas que nunca he tenido síndrome posvacacional porque siempre volvía feliz a trabajar. He sido una afortunada porque mi profesión me encanta”. En este sentido, añade un consejo para los jóvenes que actualmente están estudiando medicina: “Este trabajo es pura vocación, si no lo sienten así es mejor que busquen otra cosa”.

Con todo, ahora que tiene tiempo libre, Luisa Rosa no planea hacer grandes viajes, sino que quiere hacer todo aquello que normalmente posponemos porque la rutina nos pasa por encima: “Quiero quedar con amigas, visitar a mis tías mayores... Cosas sencillas, pero importantes”. Empieza una nueva etapa en su vida pero de la anterior, se lleva el cariño de los taranconeros y taranconeras y no es de extrañar puesto que es el fiel reflejo de que la buena medicina no solo cura, también acompaña.