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Especial Semana Santa 2020

Divino y cruel Teatro

El Teatro Auditorio de Cuenca abrió sus puertas para la representación de 'Divinas palabras' en la magistral versión de José Carlos Plaza y el Centro Dramático Nacional

Divino y cruel Teatro
23/12/2020 · José An. Montero

En una apacible primera noche de invierno y ocultando en su fachada el rótulo de lo que será su nueva denominación, el Teatro-Auditorio conquense trata de poner algo de normalidad a la programación cultural de la ciudad adaptándose a las continuas intermitencias provocadas por la situación sanitaria.

En esta ocasión subió el telón para la representación de "Divinas Palabras" de Ramón Mª Del Valle Inclán, en versión de José Carlos Plaza y montaje de la Cia. Centro Dramático Nacional y Producciones Faraute. Estrenado ahora hace un año en el teatro María Guerrero de Madrid, es considerado uno de los montajes imprescindibles de la temporada, y así lo sintieron los espectadores del teatro conquense.

A la manera de un Anticuento de Navidad, muestra un retablo de seres condenados a la miseria, al hambre, al fanatismo, la codicia y la crueldad. Aquí no hay espíritu de la Navidad que vaya a dar una segunda oportunidad. "Divinas palabras. Tragicomedia de aldea" la tituló Valle Inclán. Tragicomedia cruel del camino y del ser humano, en su versión más miserable y ruín, o simplemente desesperada. Un tiempo que, aunque parezca pasado, sigue latente, acechando en cada recodo del camino, formando parte de las pesadillas humanas más recurrentes.

Un siglo después de su publicación original (1919) mantiene todos sus abismos vivos y latentes, aunque parezcan lejanos los tiempos del camino polvoriento y la Guardia Civil caminera. Hambres y desesperanzas cruzan las almas de una aldea en la que cada uno encierra en su casa sus miserias y sus podredumbres, porque el mañana no existe. Sólo existe el hoy y el ahora. Las pasiones se desbordan en unas vidas sin red, en la que cualquier paso puede ser el último.

Mientras D. Ramón María escribía "Divinas Palabras", en Rusia triunfaba la Revolución Soviética, la Gran Guerra había sembrado de cadáveres las tierras de Europa, la Gripe Española mataba el año anterior a más de cuarenta millones de personas y, en marzo de ese año, en A Coruña, cerca de donde ubicó la acción, una multitud asaltó en el muelle de Linares Rivas al vapor "Cabo Nao" para llevarse un puñado de habichuelas de su cargamento a pesar de los disparos de la Guardia Civil. Negros tiempos. Siempre negros en algún lugar del mundo.

Entre la bruma, una soga cae del cielo sobre una Cruz de luz. La sentencia está escrita antes de levantar el telón. Con esa potente metáfora de la vida en la aldea de San Clemente, anejo de Viana de Prior, arranca la versión de José Carlos Plaza, a lomos de la cruelmente descarnada escenografía de Paco Leal, la tenebrosa ambientación musical de Mariano Díaz y la orgullosa miseria del vestuario de Pedro Moreno. Una versión que está recorriendo los caminos sustituyendo a las protagonistas originales, María Adanez, debido a su estado de gestación, y Ana Marzoa, por unas brillantes Olga Rodríguez y Mona Martínez, conservando el resto del amplio y magistral elenco con el que se estrenó en el María Guerrero.

Una cruz de los caminos en mitad de sepulturas y cipreses polvorientos. Un montaje que evoca visualmente a "La Strada" felliniana, pero aún más cruel y más despiadado, en el que el espectador mastica el polvo del camino y siente el olor a muerte.

Sin tocar una palabra del texto original, sin tratar de ser pedagógico, ni dar la obra masticada, José Carlos Plaza, deja que el espectador active su mente para seguir la trama por momentos confusa y críptica de esta obra maestra del teatro español. No hay concesiones ni a la demagogia ni a la banalidad. La vida es así de cruel y así de rica. Cada nuevo cuadro llena el escenario de belleza salvaje y desgarrada, sin que el espectador sea capaz de saber a ciencia cierta cuántos actores forman parte del elenco. Aquí no hay disfraces. Sólo hay seres humanos tratando de sobrevivir aún a costa de beber sangre humana.

Una obra maestra. Cruda. Intensa. Vital. Y mientras dure la vida, ¡a sellar la boca para los civiles, y aguantar mancuerna!

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