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La tradición mexicana del altar de muertos, también en Cuenca

Omar Razo, afincado en la capital conquense desde hace doce años, prepara cada año en su casa una ofrenda con fotografías, flores y alimentos para honrar a sus seres queridos
La tradición mexicana del altar de muertos, también en Cuenca
Foto: Saúl García
31/10/2026 - Paula Montero

Las fotografías ocupan un lugar central. A su alrededor hay fruta, café, tabaco, caramelos, flores de papel y adornos de colores. Cada elemento tiene un significado y cada detalle está pensado para alguien que ya no está, pero al que se quiere seguir sintiendo cerca. Así es el altar de muertos que Omar Razo Cordero prepara cada año en su casa de Cuenca para celebrar el Día de Muertos, una de las tradiciones más arraigadas de su país, México.


Omar lleva doce años en Cuenca, donde comenzó a montar el altar en 2020. “Es una ofrenda que se monta justamente para honrar a nuestros seres queridos que ya han partido”, declara. Una tradición que, tal y como explica, tiene sus raíces en las culturas prehispánicas y que, con la llegada de los españoles, incorporó elementos del catolicismo. De esa confluencia surgió una celebración que entiende la muerte no como una ruptura definitiva, sino como parte de un ciclo en el que los difuntos pueden volver a reunirse con sus familiares.


Y es que, en la cosmovisión mexicana, los fallecidos emprendían un viaje hacia el Mictlán, el inframundo, y, tras completar ese recorrido, podían regresar simbólicamente para encontrarse con sus seres queridos. De ahí que se preparen para recibirlos objetos, alimentos y bebidas que disfrutaban en vida. 


Por eso, cada altar es diferente. En el de Omar y su pareja, las fotografías recuerdan a familiares de ambos. Para algunos han colocado fruta, café y tabaco, mientras que para una de las tías de Omar, fallecida recientemente, han reservado caramelos y dulces. “Son pequeños detalles que hablan de las personas a las que se dedica la ofrenda. Es como si ellos estuvieran con nosotros en estos momentos”, señala Omar. 


Si bien, hay elementos que no pueden faltar. Las velas simbolizan la luz que guía el camino de los difuntos; el agua les ayuda a reponerse después del viaje; la sal representa la purificación y el incienso, la protección frente a los malos espíritus. En el altar de Omar hay, además, una imagen de la Virgen de Guadalupe por elección personal.
 

Las velas, el agua, la sal, el incienso, el cempasúchil, el papel picado y el pan de muertos son elementos fundamentales de estas ofrendas tradicionales mexicanas

Foto: Saúl García

 

Otro de los elementos más característicos de esta celebración es el cempasúchil, la flor naranja originaria de México que se asocia al Día de Muertos, y que Omar ha utilizado para dar forma a la cruz, otro elemento imprescindible. Sin embargo, encontrar este tipo de flor en Cuenca resulta complicado, por lo que Omar y su pareja han optado por elaborar flores de papel así como el papel picado decorativo. Si bien, no han podido encontrar el ‘pan de muerto’, una elaboración cuyo sabor recuerda al roscón de Reyes y cuya forma incluye adornos que simbolizan los huesos. 


En este sentido, tal y como manda la tradición, el altar de muertos se coloca del 27 de octubre, jornada dedicada a las mascotas fallecidas, al 2 de noviembre, día en el que todos los difuntos se reúnen simbólicamente para despedirse y emprender el regreso.


Y en el caso de Omar, esta ofrenda tiene un valor especial porque le permite preservar sus raíces en  Cuenca. “Es como remontarme un poco a mi tierra, a mi país, a mis costumbres”, explica. 


Eso sí, esta costumbre ha traspasado fronteras y cada vez despierta el interés de personas de otros países. Algo que, en parte, se debe a la difusión que se ha hecho de las tradiciones mexicanas a partir de, por ejemplo, la película ‘Coco’.
Además, el desfile del Día de Muertos de Ciudad de México ganó popularidad internacional tras aparecer en la película de James Bond Spectre, estrenada en 2015.

Cabe recordar, por otro lado, que la Unesco incluyó esta festividad en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2008, después de su proclamación en 2003. Un reconocimiento que pone en valor una celebración transmitida de generación en generación que continúa viva tanto en su lugar de origen como entre quienes residen lejos de él.


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