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‘Leros’ o sanjulianeros, recuerdos en las ferias de San Julián

Desde el año 1664 se tiene memoria de los Niños Expósitos de San Julián de la Catedral de Cuenca

‘Leros’ o sanjulianeros, recuerdos en las ferias de San Julián
Fachada actual de la antigua Casa de la Beneficiencia, hoy sede de la Delegación de Agricultura.
22/8/2021 · Miguel Romero

Tendríamos que retroceder en nuestra historia de Cuenca, hasta el obispado de don Francisco Zárate Terán, allá por el 1664, cuando funda la Casa de Niños Expósitos a los que llamaría Hijos de San Julián, recordando al buenas obras de aquel segundo obispo conquense, elevado a la santidad.

Lo cierto es que fueron tiempos difíciles, como siguen siendo tiempos difíciles en estos años del siglo XXI, ahora acuciados por la pandemia de este Covid-19 y entonces por las hambrunas, crisis de guerras y pobreza en general, y viene bien recordar vicisitudes todavía más anteriores -siglo XII- en las que nuestro patrón, Julián Ben Tauro, recrease su espíritu en obras piadosas para una sociedad que necesitaba la espiritualidad en tiempos de guerras y mortandades.

Y serían algunos de sus seguidores en la mitra episcopal los que definieron la estela de su pontificado, manteniendo y recordando su nombre, por eso de sentir el peso de quien sería patrón de una catedral y de una ciudad que desde el siglo XVI conmemora su nombre.

Nuestra excelente archivera Almudena Serrano desgranó con buen acierto la documentación sobre aquellos niños expósitos que conformarían el llamado Colegio de Niños Expósitos de San Julián de Cuenca.

Fueron muchos los tiempos de pobreza y escasez, herencia de guerras constantes y de situaciones pandémicas, niños y niñas que quedaban abandonados en pórticos de iglesias o en ventanas conventuales y que, una vez en esos lugares, previa comunicación a la justicia del lugar que iniciaba un expediente, pasaban a formar parte del llamado Colegio de San Julián de Cuenca, donde determinados feligreses de parroquias de Cuenca, se encargarían de sus cuidados y adopciones provisionales. 

Es desde el 1664 cuando se tiene Memoria de los Niños Expósitos de San Julián de la Catedral de Cuenca y que, como obra Pía, estaba dotada con fincas y rentas suficientes para su mantenimiento, como la situada en Moncalvillo de Huete para educar a niños entre 7 y 13 años de edad. Economía que sustentaba anualmente un canónigo de la Santa Catedral conquense.

Cuando los Jesuitas fueron expulsados en tiempos de Carlos III, el propio rey concedería en Cuenca las instalaciones de este Colegio para albergar a los niños expósitos de la ciudad donde se custodiaron y educaron hasta bien entrado el siglo XIX, concretamente hasta 1836, momento en que el gobierno de la provincia los trasladaba a la Casa de Misericordia o Casa de Beneficencia, quedando bajo el control de lo que se llamó Junta Municipal de Beneficencia.

Desde aquel siglo XVII, era común ver a las nodrizas llevando encima a los más pequeños y de la mano a los mayores, niños que se criarían en este hospicio hasta la edad de cinco años y que como Expósitos de San Julián, se llamó vulgarmente “Leros”, acompañando en las procesiones oficiales o en los desfiles patronales.

Hay momentos de la historia en la que se documenta la presencia de las nodrizas y los niños Leros en sus haldas haciendo el recorrido procesional desde el convento franciscano y la iglesia de San Roque hasta la catedral, incluso en la Procesión de la Sangre, hasta la plaza de Mangana o en la Procesión de los Piojos, hasta la ermita del Cristo del Amparo.

A partir de los cinco años, pasaban a formar parte de familias de acogida, dándoles el nombre a los que la nota que, en algunas ocasiones acompañaba al bebé no lo reflejaba, y con el apellido Expósito en la mayor parte de los casos, conformarían parte de la vecindad conquense. Nombres como Abdón, Senén, Simón, Hernando, Juan, Roque, Andrés, entre los varones y María, Cándida, Simona, Matea, Asunción o Sagrario, entre las mujeres, fueron comunes. 

Sobre tales nombres que se les daba a los niños recién nacidos o no bautizados, se sabe por los estudios realizados que también solía ser el nombre del santo del día o de la persona que se hacía cargo o el propio nombre del Colegio, por lo que muchos de esos niños expósitos se llamarían Julián.

Cuando estaban en el Colegio, la posibilidad de que apareciesen padres y reclamasen al niño o niña abandonado no era del todo común, aunque cierto es, que en muchos casos, si se daría tal circunstancia.

 Frases en las que expresaba, “ahora lo dejo porque no puedo, pero si Dios quiere, en un tiempo, pasaré a por él”, aparecen en los documentos. Si el niño nunca era reclamado, ni había nota que dejase esa prueba, podría pasar a ser adoptado por un matrimonio si el juez lo permitía y dictaminaba. Para eso, la familia que adoptaba debía cumplir unas rigurosas normas de convivencia, religiosidad e hidalguía. Cuando aún no tenían la edad de cinco años, el matrimonio que decidía adoptarlo tenía la obligación de costear los gastos de las mujeres que se dedicaban a su cuidado, fuese en mamantía o en tratamiento. Y así lo hacía hasta el momento de pasar a formar parte de su familia, costeando debidamente los costes de la nodriza o ama de teta.

Nos cita Almudena algún caso curioso: ‘Lo volvieron a donde había nacido y al tercer día le volvieron a echar en la iglesia, y aviéndole conocido le volvía a enviar, enterado después que su madre está de doncella para casarse y que quién es su padre no hay certidumbre’.

Se sabe que la primera Casa Hospicio ocupó lugares diferentes en función de las necesidades y de las posibles concesiones de los Obispos. Incluso, en la propia Plaza del Trabuco, cerca del Mesón de Córdido y al lado de la Demandadera, hubo una residencia provisional durante algún tiempo, hasta conseguir instalarlos en lo que había sido el Colegio de los Jesuitas, en la calle de San Pedro.

La primera Casa de Misericordia, llamada así, estuvo ubicada en un posterior cuartel que luego habría en el Campo de San Francisco, si cabe antes del Colegio de Jesuitas y desde 1836 pasaría a la llamada Beneficencia, ubicada en la Casa de la Moneda, cerca de la presa de los Cerdán -antes presa de Santiago- y al lado del río Júcar. En primer lugar, fueron mujeres de fuera de la ciudad, las encargadas de su cuidado, pasando después a ser, Hijas o Hermanas de la Caridad, encargadas de darle alimento en tiempos de crisis. Aquella Casa Hospicio, junto al puente de San Antón en 1784 recibirá a los Niños Expósitos casi un siglo después, pasando a llamarse Casa de la Beneficencia en lugar de Casa de Recogidas, quedando dos dependencias: Casa de Misericordia para mujeres pobres de solemnidad y Colegio de Expósitos, creándose el citado Departamento de Maternidad en 1848 hasta pasar a llamarse Residencia Provincial “Sagrado Corazón de Jesús” hacia 1960 y depender de la Excma. Diputación Provincial.

Como consecuencia de la pérdida de competencias de asistencia a menores acogidos en el llamado Hogar Infantil o Casa Cuna, tras asumir la guarda y custodia de éstos la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha en el año 1994 el centro se dedica en la actualidad a la atención de ancianos de la provincia y la prestación de un servicio de guardería que funciona desde 1975.

 

 

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