Cuenca se rinde ante el Calvario
Sol, pero también templanza. Y, sobre todo, emoción. Así se ha vivido este Viernes Santo la procesión “En el Calvario”, que ha vuelto a convertir el corazón de Cuenca en un Gólgota lleno de matices, de luces, de silencios y de esa belleza que solo entiende quien la presencia.
Con la inercia aún reciente de En el Calvario, la ciudad apenas ha tenido tiempo para tomar aliento, pero Cuenca se ha rendido ante la segunda procesión de la jornada. A las puertas de la iglesia de San Esteban, y con un mediodía en el que ha brillado el sol, comenzaba a formarse un cortejo que, un año más, ha destacado por su orden y su elegancia. Sin estridencias, pero con esa solemnidad que imprime carácter y con esa variedad de colores tan característica.
Pocos minutos después de las doce y cuarto, se abrían las puertas de San Esteban. La maniobra inicial, siempre esperada, volvía a dejar patente la pericia de los banceros. La Exaltación iniciaba el caminar con firmeza, seguida por El Descendimiento, ambas obras de Luis Marco Pérez.
El ambiente ha sido plenamente primaveral, casi veraniego lo que ha invitado a la gente ha permanecer en la calle olvidando el cansancio de la noche previa. Aguirre y Las Torres lucían abarrotadas y en la Puerta de Valencia no cabía ni un alfiler. Nadie se quería perder la salida de la Virgen de las Angustias y, bajo un sol de justicia, el público y los nazarenos han aguardado ese momento.
Su incorporación ha vuelto a ser uno de esos momentos que detienen el tiempo. El encuentro con el resto del cortejo ha desatado todas las emociones que podamos imaginar. Suspiros, miradas al cielo y un corto aplauso que ha sido contenido que ha sido disuelto rápidamente.
Con el cortejo ya completo, el desfile ha continuado su camino en riguroso orden cronológico de la Pasión. En El Salvador, como marca la tradición, se han sumado el Cristo de la Agonía —con la delicadeza del Cristo de Marfil— y el Cristo de la Luz, cerrando el conjunto con la Lanzada y el Cristo de los Espejos.
La subida ha sido, una vez más, uno de los grandes espectáculos de la jornada. El ascenso por solera era un horizonte de capuces y el giro en el Peso un alarde de destreza milimétrica de los banceros y capataces.
El cortejo ha ascendido por Alfonso VIII arropado por numeroso público que se ha dejado maravillar por la música de las bandas, que siempre genera ese ambiente tan especial que envuelve a los nazarenos y al público.
La llegada a la Plaza Mayor se ha producido con puntualidad, transformando de nuevo el espacio en escenario simbólico del Calvario. Allí, entre una presencia notable de público, se ha vivido ese breve respiro que precede a la bajada en la que las altas temperaturas han sido la gran seña de identidad.
Y serpenteando la curva de la Audiencia y el Puente de la Trinidad es donde la procesión ha vuelto a crecerse. La amplitud de las calles hasta Carretería ha permitido contemplar en toda su magnitud el impecable cortejo.
Con fluidez y manteniendo en todo momento la compostura, la procesión ha ido acercándose a su desenlace. El giro en el jardín de San Esteban se ha producido antes de las siete de la tarde y el cortejo ha llegado a El Salvador sobre las ocho y media de la tarde, después de dejar a La Exaltación y El Descendimiento en su templo de origen. La banda de la Junta de Cofradías, por su parte, a la altura de Las Torres aligeraba el paso para llegar a El Salvador y después iniciar el cortejo del Santo Entierro.
Un año más, el cansancio propio del Viernes Santo no ha desmerecido el cortejo. Tanto banceros como nazarenos se han entregado al cortejo a pesar del calor. Y el público, un año más se ha rendido a la segunda procesión del Viernes Santo.