PRUEBA DELTALON PRUEBA DELTALON
15 de Diciembre de 2018 Son las 1:55

Opinión

Opinión

Especial Día de la Mujer 2018
0
Imagen de Eduardo Soto

Eduardo Soto

La alquimia de los residuos nucleares

Con todos sus padecimientos, con su posición relegada, con su papel de figurante en la panorámica estatal, parece que Cuenca encuentra en la custodia de los residuos radiactivos una oportunidad de alzarse con el protagonismo de una escena crucial de la película de nuestra historia, un minuto de gloria a cambio de siglos de riesgo mortal ininterrumpido.

Es por eso, me parece a mí, que en la calle se comenta con voz doliente y esforzada, que alguien tendrá que aguantar ese tormento. Y como si Cuenca fuera una experimentada en soportar cargas inhumanas ofrece bondadosa su espalda para que de nuevo la aplasten. No sé si un terapeuta no llamaría a esta actitud una forma de confirmar su predisposición al pesimismo, o si se corresponde más bien con ese extraño regocijo que algunos encuentran en convertirse en el héroe silencioso que, sin pedir nada a cambio, se inmola por un inexistente bien superior. Qué oportunidad de mostrar nuestra abnegación, qué ocasión única de decir entre dientes "ea" y sentir que late fuerte un corazón de oro.

Se añade al motor de esta hazaña el suponer que este sacrificio libra a todos los españoles de una deuda terriblemente onerosa, esa que hay que pagar por llevar los residuos a Francia, y con un suspiro resignado colea con deje lastimero la esperanza de que el esfuerzo merecerá una recompensa, aunque sea pequeña, aunque solo le llegue a los familiares de mi pueblo.

Parece que cuando decimos residuo nos referimos a algo vacío, una lata, una botella, una bolsa, las sobras de la mesa, lo que uno puede encontrar en la papelera de cualquier parque. Pero ¿le llamarían residuos a un bidón de ácido sulfúrico, a una caja de explosivos, o a una cesta cargada de víboras?

Lo primero que debe saberse es que los residuos radiactivos son 2.000 veces más radiactivos que el propio combustible nuclear. No es lo mismo que te regalen un euro a que te regalen 2.000, pregúnteselo a su hijo. Es materia cabreada, créanme. Una materia a la que le han puesto, no al borde de un ataque de nervios, sino en el síncope límite que acepta el más pesado de los elementos de la tabla periódica. Ahora, cojan esa materia, con más actividad que un crio con TDH un domingo por la tarde, y enciérrenla en un sofisticado cilindro de metal.

¿Alguna vez se han quemado con la bandeja del horno cuando hacían magdalenas? Duele, escuece y tarda un tiempecito en irse la ampolla. Para que suba bien la masa la bandeja estaría a unos 200 o 240º C. Los contenedores de los residuos radiactivos, esos cilindros de los que hablábamos, cuando salen de la central nuclear están a 400º C. No conviene acercarse a los camiones que los transportan: a menos de 5 metros puedes sufrir quemaduras de gravedad, como les pasó a los policías que custodiaban los últimos transportes en la desnuclearizada Alemania.

Los “residuos” diez años después de estar en el ATC aún se mantendrán a 100ºC, como bien saben, la temperatura a la que hierve el agua y se convierte en vapor. ¿Podemos llamarlos residuos? Tomen conciencia de que no es cualquier basura, no es un simple desperdicio, inerte, inactivo, los residuos nucleares en cierto modo son auténticas bombas. Cuando rompen el cilindro que los contienen no se derrama suavemente un poco de líquido verde fosforito, estallan como lo hace una olla a presión, a la temperatura de un cocido hirviente.

Esos residuos, que prefiero llamar fuego radiactivo, contienen sustancias variadas, cada una de las cuales continúa expeliendo su radiactividad de forma independiente. Imagínenlas, todas a la vez, pataleando desbocadas dentro del cilindro, subiéndole la temperatura. Este encabritamiento inescrutable es lo que las hace imposibles de investigar y lo que convierte su tratamiento en una pesadilla. Si supiéramos cómo ponerle una brida y una silla, amaestrarlo para que, al paso o al trote, siguiera produciendo energía saludable, les aseguro que no nos regalarían el fuego radiactivo.

La mayor parte de la radiactividad durante aproximadamente los primeros 500 años es consecuencia de los productos de fisión, que emiten radiación beta y gamma. Tras más de 10.000 años los residuos seguirán emitiendo radiación (alfa, beta y gamma) el Uranio, el Neptunio, el Plutonio y sus productos de desintegración. El Plutonio 239 tiene un período de semidesintegración de aproximadamente 24.100 años; y el Neptunio 237 de 2.130.000 años.

Un detalle sobre el cilindro de antes. El laboratorio de Cambridge que dirigen los físicos Ian Farnan, Herman Cho y W.J. Weber, ha comprobado que el zirconio, uno de los minerales más resistentes y antiguos que se conocen, y que se creía el candidato ideal para contener tanta furia, no resiste el bombardeo de partículas alfa que emite el plutonio 239. Bastarían 240 años para que se agujerease y dejara que se filtrasen los isótopos radiactivos al exterior.

La industria nuclear lleva desde 1957 argumentado que en diez años tendrá una respuesta tecnológica a los residuos nucleares. Como los alquimistas, prometen al emperador que en breve podrán ofrecerle la piedra filosofal, la que convertirá cualquier metal en oro. Mientras tanto, viven de palacio, engordan a expensas de que su industria contaminante se ahorra los costes de gestionar los residuos y duermen tranquilos cargando a la sociedad la responsabilidad de custodiar y mantener el monstruo que son incapaces de domeñar.

Sí, les hablaré de Francia y de las cuentas de la energía nuclear.

logo Las Noticias de Cuenca
Ediciones y Servicios Integrales 2020 S.L.
Plaza de los Carros, 2. Bajo. 16001 Cuenca
969 693 800
601 119 818
0
X

Utilizamos cookies propias y de terceros para analizar la navegación, mejorando así su experiencia y nuestros servicios. Más información