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Echar raíces: tres historias de arraigo en la Cuenca rural

Victoria Bautista, Adriana Mena y Cristina Lafarga han dado un giro a sus vidas tras instalarse en la provincia de la mano del Proyecto Arraigo
Fotos cedidas
06/05/2026 - Eduardo M. Crespo

Llegar a un pueblo pequeño para casi empezar de cero no siempre responde a un plan. Puede ser el resultado de una decisión meditada, de una necesidad sobrevenida o de una oportunidad inesperada. En la provincia de Cuenca, cada vez son más las personas que, por una razón u otra, dan ese paso en sus vidas. Victoria, Adriana y Cristina lo han hecho por caminos diferentes, pero compartiendo algo esencial: han decidido quedarse.

Victoria Bautista no buscaba un destino concreto, sino una forma de vida. Después de recorrer cuatro continentes y vivir en siete países, esta docente nacida en México decidió dar un giro radical: dejar atrás la ciudad y apostar por el medio rural. Hoy vive en Huérguina, un pequeño pueblo de apenas 40 habitantes en la Serranía de Cuenca, junto a sus dos hijos.

“Soy una persona que ha vivido como nómada global desde los 15 años, pero siempre me ha atraído la vida rural”, nos explica. La decisión empezó a tomar forma durante un vuelo, cuando leyó un artículo sobre despoblación en Europa. Aquella idea se convirtió en un proyecto real gracias al Proyecto Arraigo, impulsado por la Diputación Provincial de Cuenca.

 

Victoria Bautista: “El ritmo de la ciudad no siempre es sano; vivir en el pueblo te da una libertad y una tranquilidad que no tienes allí”

 

Victoria buscaba un lugar con escuela, servicios básicos y naturaleza. Y encontró Cañete. O casi. La falta de vivienda le obligó a instalarse finalmente en Huérguina, a cinco kilómetros. “Yo no elegí este pueblo como primera opción, pero hemos tenido suerte. Hay mucha paz, seguridad y la gente es muy amable”, cuenta.

Con el paso del tiempo, esa acogida se ha convertido en algo más profundo. “Cuando ven que te quedas en invierno es cuando realmente haces comunidad. Es ahí cuando empiezas a sentir que formas parte del pueblo”, señala. Sus hijos, de 11 y 13 años, han sido decisivos para quedarse. Aunque pronto comenzará a trabajar en Cuenca capital, ellos prefieren seguir viviendo en el pueblo. “Se han arraigado muy rápido y están encantados con la vida que tienen aquí”.

Su llegada no ha sido solo un cambio de residencia, sino también de rumbo profesional. Tras un máster en emprendimiento, ahora trabaja en una empresa de gestión forestal: “Quizá no puedes desempeñar exactamente la misma profesión que en la ciudad, pero puedes adaptarte y encontrar otras oportunidades. Al final, lo que ganas viviendo aquí compensa todo lo demás”.

Para Victoria, el cambio responde a una reflexión más amplia. “El ritmo de la ciudad no es sano. Es una vida que en la ciudad no podría tener, con más libertad, más tranquilidad y una sensación de comunidad que allí se pierde”.

 

DE GIRONA A CAÑAVERAS

Nacida en Uruguay y residente durante más de dos décadas en Girona, la vida de Adriana Mena dio un vuelco tras sufrir un derrame cerebral. “Los médicos me dijeron que tenía que cambiar de vida, y aquí lo hemos hecho. Hemos apostado por algo totalmente distinto y no me planteo marcharme”, nos cuenta.

Fue entonces cuando, junto a su marido, decidió apuntarse al Programa Arraigo. “No teníamos ninguna esperanza de que nos llamaran, pero fue una sorpresa enorme cuando ocurrió”, recuerda. Tras una primera visita, decidieron instalarse en Cañaveras. 

Hoy, apenas unos meses después de su llegada, Adriana no duda: “Ha sido un cambio de vida total, pero para bien, al cien por cien”. Su marido trabaja en la rehabilitación de la ermita de la Virgen del Pinar y ya ha comenzado a recibir encargos de vecinos del pueblo.

Más allá del empleo, lo que destaca es la acogida: “La gente es muy amable, nos han ayudado desde el primer momento. Incluso nos han dado las llaves de sus casas para hacer trabajos. Es algo que nos ha sorprendido muchísimo”.

En su caso, el impacto del cambio ha sido también físico y emocional. “Yo llevaba más de un año sin salir sola de casa, y ahora puedo pasear, hablar con la gente, tener una rutina. Esto me ha dado la vida”, relata.

Su horizonte es claro. “Quiero que mi vida acabe aquí. No es algo temporal, es una decisión porque aquí hemos encontrado tranquilidad, apoyo y una forma de vivir que no teníamos antes”.

 

Adriana Mena: “Esto me ha dado la vida; este cambio ha sido para bien”

 

DE MALLORCA A SOTOS

Nacida en Valencia y con vínculos familiares en Madrid, Cristina Lafarga vivía en Mallorca junto a su pareja cuando decidieron regresar a la península. Querían estar más cerca de los suyos, pero también dar respuesta a una inquietud compartida: “Esa necesidad de vivir en lo rural que también anhelábamos”. El proceso se aceleró en apenas unos días: “Busqué en internet y apareció el Proyecto Arraigo. Rellenamos el formulario y, a los pocos días, ya estábamos visitando Sotos”, recuerda. Como en otros casos, la vivienda marcó el destino final. “Llegar aquí y no a otro sitio fue, en gran parte, por el problema de encontrar casa. Es paradójico, porque hay mucha vivienda vacía, pero muy difícil acceso”.

Instalados desde finales de año, Cristina y su pareja, ambos fisioterapeutas, han comenzado a desarrollar un proyecto propio vinculado al territorio: una clínica itinerante que acerque el servicio a los pueblos. “Nos dimos cuenta de que había mucha demanda y que para mucha gente desplazarse a Cuenca supone una hora o más”, explica. El proyecto está aún en fase inicial, pero ya funciona a través del boca a boca. “Estamos muy contentos. Buscábamos un cambio importante y lo hemos encontrado”, resume. 

No hay una única forma de llegar a un pueblo, ni un único motivo para quedarse. Victoria, Adriana y Cristina forman parte de ese proceso. Tres trayectorias distintas que coinciden en un mismo punto: haber encontrado un lugar donde empezar de nuevo.