Este 2026, El Salto de Villalba cumple cien años de vida. Un siglo después de la inauguración de la Central Hidroeléctrica por el rey Alfonso XIII, la gran obra de ingeniería civil que transformó la Serranía de Cuenca sigue produciendo energía, pero con una importante diferencia: El Salto ya no es el corazón humano, económico y social que fue durante décadas. Donde antes hubo un poblado lleno de familias, empleo, escuela, iglesia y hasta un cine, hoy quedan edificios a medio uso, algunos abandonados y “una central que se controla a distancia”. Para entender lo que significó El Salto de Villalba ayer, y lo que significa hoy, nada mejor que escuchar el relato de quienes tuvieron el privilegio de vivir aquella gran transformación de la Serranía desde dentro. Joaquín Carboné, con quien hemos charlado, fue uno de ellos.
Nacido en 1954 en Villalba de la Sierra. Ingeniero industrial jubilado y presidente del Hogar del Jubilado, pasó su infancia y adolescencia en el poblado del Salto. Llegó con nueve años, cuando su padre fue contratado como conductor por la compañía eléctrica. “El Salto no es solo la central, es mucho más que eso”, nos explica con detalle. “Empieza en la presa de La Toba, donde se acumula el agua; sigue por el canal que comunica con la Laguna de Uña y continúa por otro canal de unos 16 kilómetros hasta el depósito de carga y la central, en el poblado”.
“Vivían unas 20 familias y había capilla, escuela, economato y hasta un cine”
Cuando la familia Carboné se trasladó allí a comienzos de los años sesenta, la central llevaba tres décadas funcionando. Se había inaugurado en 1926, en plena expansión de la energía hidroeléctrica. “Todo el gran proyecto ya estaba terminado y se hizo en un enclave extraordinario. El Júcar se encajona desde Villalba hacia Uña y el paisaje es precioso”, recuerda.
El Salto era entonces una pequeña comunidad autosuficiente. Contaba con una veintena de viviendas, escuela, capilla, consultorio médico, economato y cine. “El cine funcionaba también para el pueblo de Villalba. Los fines de semana se proyectaba una película y subía mucha gente del pueblo”.
En El Salto de Villalba vivían unas veinte familias, contando encargados y trabajadores de distintos oficios, entre los que había carpinteros, conductores, jardineros, guardas y operarios de la central. “Era un recinto pequeño y estaba muy bien. Para los niños, la vida transcurría entre la escuela, los juegos al aire libre y el río. Éramos 15 o 20 críos. Pescábamos, jugábamos, hacíamos vida de pueblo”, rememora Carboné.
La cercanía con Villalba de la Sierra mantenía el vínculo constante entre el pueblo y la central. Aunque había economato, muchas compras se hacían en Villalba: “Mis padres me compraron una bicicleta y nunca perdí el contacto con el pueblo”. Aquella etapa, entre los 9 y los 17 años, le dejó una huella imborrable: “Fue una juventud muy buena, con muchas relaciones sociales y con mucha vida”.
En los años sesenta, el complejo daba empleo directo a unos 120 trabajadores, pero en la fase inicial de las obras hasta su inauguración fueron cientos de personas entre la presa, la laguna, el canal y el depósito de carga
El impacto del Salto en la comarca, nos cuenta Carboné, fue profundo. Durante su construcción, décadas antes, llegaron técnicos y especialistas de distintos puntos del país, junto a una abundante mano de obra local. “La construcción del canal fue durísima y eso hay que destacarlo, y lo fue tanto por el terreno como por la altura”, explica Carboné. La presa de La Toba, además, no alcanzó la altura inicialmente proyectada debido a filtraciones en los terrenos laterales, por lo que su capacidad quedó reducida a aproximadamente un tercio.
En los años sesenta el complejo daba empleo directo a unos 120 trabajadores, pero en la fase inicial de las obras hasta la inauguración de la central, “pudieron concentrarse cientos de personas entre la presa, la laguna, el canal y el depósito de carga”.
Ese empleo fue el que transformó de arriba abajo Villalba y todo su entorno. A la agricultura, la ganadería y el aprovechamiento forestal se sumaron aserraderos, resineras, comercios y bares. “Era un pueblo lleno de vida, lleno de niños y estudiantes”, afirma Carboné, quien recuerda que la empresa facilitó el acceso a los estudios a los hijos de los trabajadores, unas ayudas económicas que se destinaron a material escolar y al transporte necesario para bajar a Cuenca. “Muchos de mi generación pudimos estudiar gracias a eso. La mayoría sacamos carrera”.
LA AUTOMATIZACIÓN
El cambio en El Salto, nos cuenta Carboné, comenzó en los años ochenta y noventa. La transformación del modelo empresarial y la automatización redujeron drásticamente la plantilla de la central. “No pasó solo aquí, ocurrió en todos los poblados hidráulicos y eso fue un problema muy grande”, señala.
Hoy la central está “telemandada desde Bolarque”. Donde antes trabajaban más de cien personas, ahora quedan “uno o dos operarios”, y el mantenimiento se concentra en muy pocas semanas al año, generalmente a finales de verano, cuando el caudal es menor. La parte industrial se conserva, pero el poblado ha sufrido un progresivo deterioro. De las veinte viviendas originales, solo la mitad están en unas condiciones aceptables. Algunas se utilizan de forma temporal; otras presentan un grave abandono.
“Es un sitio precioso y podría aprovecharse para actividades de turismo”
El contraste del ayer y el hoy es doloroso para quienes vivieron su época de mayor actividad. “A los que conocimos el apogeo de El Salto de Villalba nos fastidia verlo tan deprimido”, admite Carboné, quien, sin embargo, alberga la esperanza de que el centenario de la central hidroeléctrica abra una oportunidad que pueda mejorar las cosas en el municipio y los alrededores.
Desde Villalba se estudian fórmulas para revitalizar el enclave, al menos la parte del poblado que aún se conserva. “Está en un sitio precioso. Podría aprovecharse para actividades de turismo, naturaleza o aventura, siempre con respeto y seguridad”, propone. Para ello, considera imprescindible la colaboración entre la empresa propietaria, Naturgy, su fundación y las administraciones públicas. Porque no se trata solo de conservar edificios que cumplen cien años, sino de preservar una memoria colectiva.
El Salto de Villalba no fue únicamente una infraestructura energética nacida en la década de los veinte del siglo pasado. Fue una comunidad, fueron vidas entrelazadas, un motor de empleo y un impulso educativo para toda una generación. Cien años después, el desafío que afronta Villalba es que El Salto siga generando electricidad, pero también identidad y futuro para nuestra querida Serranía de Cuenca.
