11 de Julio de 2020 Son las 9:03

Opinión

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Especial Semana Santa 2020
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José Ángel García

Árboles

La plantación de tres mil millones de árboles ha sido una de las propuestas claves de la nueva estrategia de biodiversidad para 2030 que el pasado día 20 planteaba la Unión Europea con el objetivo de detener la destrucción que sufre la naturaleza, una estrategia que, enmarcada en un escenario de utilización de energías renovables y reducción de la contaminación atmosférica, implicaría también reducir a la mitad la utilización de pesticidas, invertir la pérdida de polinizadores, incrementar la agricultura ecológica para alcanzar el veinticinco por ciento del total de la tierra agrícola y aumentar la protección de las áreas marinas; una estrategia, eso sí, que para ser aplicada habrá de soslayar el nada baladí problema de la ausencia de un marco de gobernanza general. Pero no es de ese plan, de esa estrategia europea, de lo que hoy quería hablarles este articulista sino, tomándolo tan sólo como espectacular punto de arranque, venirse a algo mucho, muchísimo más modesto pero mucho más cercano a nuestra más inmediata y capitalina realidad conquense… En los paseos que la tan traída y faseada –perdónenme el palabro– desescalada me ha permitido gozar he tenido ocasión de volver a deambular por una par de zonas de nuestra configuración urbana a las que no les vendría nada, pero que nada mal, que nos planteásemos precisamente una buena plantación en ellas de especies arbóreas. Una es la que en la ribera del Júcar, a partir de la estructura del llamado Bosque de Acero –a lo que parece condenado ya sin remedio al ostracismo– abarca la mayoría de los terrenos del antiguo vivero del Icona (los no desertizados ya por la anual ubicación en ellos del ferial), cuya otrora pujante vegetación arbórea experimentó no sólo la merma sino incluso en amplias zonas su total desaparición como consecuencia de los trabajos de desagüe y consolidación de los taludes de la cercana circunvalación, trabajos que aún se siguen llevando a cabo pero que deberían haber sido ya desde hace bastante tiempo, piensa uno, complementados con una paralela nueva plantación de las especies más idóneas tanto por autóctonas –un punto que fue tema de discusión a propósito del aclarado de ejemplares en esa misma ribera también llevado a cabo– cuanto por rapidez de crecimiento, en una acción que habría que asegurarse que se va a llevar a cabo cuanto antes. La otra zona es la que conforman las ya realizadas espaciosas vías de acceso al actualmente en avanzado estado de construcción nuevo Hospital de la ciudad en las que los numerosos alcorques ya realizados y provistos incluso de lo necesario para un futuro sistema individualizado de riego –algunos de ellos acogen los primerizos intentos de algunos arbolillos espontáneamente brotados– deberían haber acogido ya, en paralelo desarrollo al de las edificaciones del propio centro sanitario, la plantación de especímenes sin esperar al acabado final de su construcción, tanto por aquello de, ya saben, ganar tiempo como de asegurar que efectivamente lleguen a existir. ¿Les parecen, queridos lectores, muy fuera de lugar estas propuestas?

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