El verano también cabe entre libros
Hay quienes esperan el verano para descansar, viajar o pasar las horas con los amigos. Y luego está Álvaro Trujillo Montagudo (Villar de Olalla, Cuenca, 2012), que desde hace tres años reserva dos mañanas a la semana para cruzar la puerta de la biblioteca municipal de Villar de Olalla y echar una mano a Juanjo Alfaro, el bibliotecario, en lo que haga falta.
Tiene 14 años, estudia en el IES Fernando Zóbel de Cuenca y, aunque sueña con ser profesor, no descarta acabar algún día al otro lado del mostrador de una biblioteca. Entre estanterías, tejuelos y préstamos ha descubierto que ayudar también puede convertirse en una forma de aprender.
Todo comenzó casi por casualidad. Cuando cursaba sexto de Primaria, su clase elaboró una revista escolar y entrevistó al bibliotecario del municipio. Durante aquella conversación, él comentó que no le vendría mal un poco de ayuda y Álvaro no dejó pasar la oportunidad.
Ese mismo verano acudió junto a su madre para preguntarle si podía colaborar. La respuesta fue inmediata. “Yo estoy encantado de que venga”, asegura Juanjo. Lo que ninguno de los dos imaginaba entonces era que aquella colaboración no sería algo puntual, sino una costumbre que tres años después continúa tan viva como el primer día.

Álvaro empezó haciendo las tareas más sencillas. Colocar los libros en su sitio, aprender cómo se ordenan las distintas colecciones o mantener organizada la sala infantil. Poco a poco fue adquiriendo soltura y despertando una curiosidad que llevó al bibliotecario a enseñarle el funcionamiento interno de una biblioteca. Hoy ya sabe registrar ejemplares, etiquetarlos, darlos de alta en el sistema y comprender el recorrido que sigue un libro desde que llega hasta que puede ser prestado a un lector.
Y es que ese aprendizaje ha ido creciendo al mismo ritmo que él. Este verano incluso ha participado en una de las últimas iniciativas impulsadas por el Ayuntamiento como es la creación de pequeños fondos bibliográficos en las pedanías de Barbalimpia y Villarejo Seco.
Una ayuda que para Juanjo es “muy valiosa”, aunque reconoce que el verano no es la época de mayor actividad en la biblioteca. Sin embargo, hay algo que aprecia incluso más que esas manos extra. “Llevo aquí casi 28 años yo solo. Tener compañía también se agradece muchísimo”, admite. Nunca antes un vecino tan joven había llamado a su puerta para ofrecerse como voluntario y, aunque en otras ocasiones la biblioteca ha contado con becarios, el caso de Álvaro es completamente distinto. No responde a ningún programa institucional ni a una obligación académica, sino únicamente a las ganas de implicarse en la vida del pueblo.

Pero el compromiso de Álvaro con su pueblo no termina en la biblioteca. Este verano también ejercerá como monitor en la Asociación Juvenil Olalla, que organiza diferentes actividades culturales y de ocio para los chavales del pueblo. Y esta implicación, como mencionábamos líneas arriba, no es fruto de la casualidad. Álvaro quiere ser profesor algún día y esa vocación parece que ya está empezando a tomar forma. Y tampoco es casual que eligiera precisamente una biblioteca para dedicar parte de sus vacaciones. Antes de convertirse en voluntario ya era un lector habitual.
Y en un momento en el que a menudo se pone el foco en el tiempo que los jóvenes dedican a las pantallas o se cuestiona su implicación en la vida comunitaria, la historia de Álvaro ofrece una perspectiva diferente. La de un adolescente que ha encontrado en la biblioteca un lugar donde sentirse útil y aprender. Y es que, no busca reconocimiento ni acumular méritos, simplemente dedica unas horas de sus vacaciones a cuidar de este espacio.
Y mientras Juanjo Alfaro sigue enseñándole los secretos de un oficio que quizá algún día termine siendo también el suyo, él tiene claro que quiere seguir ayudando el próximo verano. Ojalá sirva de ejemplo.