"A Cuenca le va bien cuando se arriesga"
En la calle Caballeros se esconde un taller que forma parte de la historia artística de Cuenca, una joya en la que conviven prensas, tórculos, libros de artista, moldes, papeles de distintos gramajes y una pila holandesa que todavía funciona. Entrar en este espacio es adentrarse en más de medio siglo de creación y comprobar que el papel puede ser mucho más que el soporte sobre el que se escribe o se dibuja.
Segundo Santos nos abre las puertas de un lugar dividido en dos mundos. En la primera estancia diseña, imprime, encuaderna, investiga y manipula el papel. La segunda, la llamada parte húmeda, conserva la maquinaria con la que durante décadas fabricó miles de hojas a mano.
Todo sigue funcionando, aunque Santos apenas la utiliza ya. Jubilado y con un párkinson que dificulta un oficio “físicamente exigente”, continúa acudiendo al taller y experimentando. “Hago alguna hoja, algún experimento, alguna investigación. Lo hago más como ejercicio intelectual que como otra cosa”, nos cuenta.
Nacido en Las Pedroñeras en 1951, llegó al papel casi por casualidad. Su formación era la de delineante y trabajaba como tal cuando una conversación con Fernando Zóbel terminó alterando para siempre el rumbo de su vida. Hablaban de Palomera, de sus molinos y de la tradición papelera de la zona cuando el artista le mencionó un libro estadounidense que explicaba cómo fabricar papel en la cocina de casa.
Santos se lo pidió, lo fotocopió, lo tradujo del inglés y comenzó a probar. “Prueba-error, prueba-error”, resume. A comienzos de los años setenta abrió su primer taller en la calle de la Moneda. Después trabajaría en el antiguo asilo de ancianos, donde hoy se encuentra el Museo de las Ciencas, en el camino de la Resinera y en el Cerro de la Horca, antes de instalarse en la calle Caballeros.
“Yo no he trabajado en mi vida. Me he pasado haciendo lo que he querido”, asegura con una ironía que esconde décadas de esfuerzo. En algunos momentos llegaron a trabajar siete personas en el taller. La producción se vendía en España y también llegaba a Portugal, Italia, Francia y otros puntos de Europa.
El verdadero impulso artístico llegó de la mano de nombres fundamentales del arte contemporáneo. Fernand Zóbel fue decisivo en sus comienzos y le ayudó a adquirir la maquinaria necesaria. Lucio Muñoz, por su parte, convirtió cada encargo en un nuevo desafío.
Le pedía papeles de distintos tamaños y gramajes, hojas cada vez mayores y materiales capaces de soportar técnicas muy exigentes. “Iba planteando desafíos nuevos y yo iba diciendo que sí, con lo cual cada día me metía en un lío más gordo”, recuerda Santos.
Sus papeles llegaron también a artistas como Eusebio Sempere, Antoni Tàpies o Eduardo Chillida. Todos buscaban algo que fuera más allá de un simple soporte. “No buscaban papel hecho a mano, buscaban papel mágico”, afirma. Sin embargo, Santos advierte de que el papel artesanal tiene tanta personalidad que puede llegar a imponerse sobre la propia obra. El artista debe saber dominarla para que el soporte no termine devorando la creación.
Entre todas las piezas que guarda, los libros ocupan un lugar especial. En ellos no solo fabricó el papel, sino que asumió también el diseño, la impresión y la encuadernación. Trabajó con textos de grandes poetas y autores, y convirtió cada edición en un objeto artístico. “Los libros es lo que más me ha marcado”, reconoce mientras muestra algunos de los ejemplares conservados en el taller.
A su alrededor aparecen poemas, carpetas, grabados, marcas de agua y experimentos que simulan restos de una arqueología inventada. También hay fotocollages, tipografías inexistentes y obras nacidas de una mezcla entre técnicas tradicionales y nuevas herramientas. Porque Segundo Santos no contempla la tecnología como una amenaza.
“Yo soy artesano, trabajo a mano y toda mi vida he trabajado a mano, pero eso no me impide mezclar el siglo XVII con el XXI”, sostiene. Utiliza cortadoras láser, impresión digital e incluso inteligencia artificial. La máquina, explica, no debe dominar al creador; tiene que ser el creador quien la utilice para alcanzar otro resultado.
Santos recuerda con nostalgia la efervescencia cultural de los años setenta, época que le lleva a una reflexión: “A Cuenca le va bien cuando se arriesga, no cuando compite. En la originalidad y creatividad está su verdadero valor”. El Museo de Arte Abstracto es, para él, la mejor demostración. “No puso a Cuenca en el mapa; la puso en el mundo”.
En la calle Caballeros, Segundo Santos sigue creando. Ya no fabrica como antes, pero continúa investigando y mezclando lenguajes. Su taller tiene algo de estudio, de fábrica y de museo vivo. Una parte discreta, y al mismo tiempo extraordinaria, de la historia cultural de Cuenca.