Rubén Cano, el alfarero que perpetúa seis siglos de tradición
El barro llegó a las manos de Rubén Cano con 10 años, antes de tomar cualquier decisión sobre su futuro. Nació con el legado de las cantareras de Mota del Cuervo en la sangre y, aunque en esas jornadas que compartía con su abuela Ascensión Contreras creando piezas eran para este pequeño momentos lúdicos y familiares, no pudo evitar el destino marcado por seis generaciones de cantareras a sus espaldas. A día de hoy es el único alfarero hombre que sigue en activo en la localidad moteña, el segundo en hacerlo en la historia del municipio. Y cabe destacar lo de “hombre”, porque la labor de alfarero siempre se había relegado al sexo femenino. Mientras ellos recogían el barro y la “barba” para los hornos, es decir, la leña, ellas creaban estas piezas del día a día que, actualmente, se consideran joyas de otro tiempo y otras costumbres.
Al igual que un ceramista materializa una idea para tener su creación entre las manos, el pensamiento de dedicarse a la pasión que ha marcado a su familia durante generaciones tomó forma a través de palabras: “Les dije a mis padres durante una comida que a mí lo que me gusta es esto, refiriéndome a las piezas que había en casa de mi abuela y que yo había hecho con ella”. Terminado el bachillerato, decidió estudiar el Ciclo Formativo de Grado Superior de Cerámica Artística en Talavera de la Reina con el objetivo, explica, de dedicarse a la alfarería de manera profesional y con saberes académicos en la materia, eso sí, remarca, “sin desvalorar los conocimientos tradicionales, pero entendiendo cómo se comportan las arcillas, cómo se comportan las piezas en el horno, esmaltes y aprender otro tipo de decoraciones”.
En 2005 termina su etapa en la Escuela de Arte de Talavera de la Reina y empieza a dar forma al taller que regenta a día de hoy, no sin experimentar unos años con otras formas artísticas como el Diseño de Interiores, viajar a Madrid y a Londres para seguir formándose. No fue hasta 2022 que finalmente se dedica de lleno al proyecto que dejó en Mota del Cuervo.
“Soy un apasionado de las tradiciones”, confiesa Rubén Cano, quien produce en su taller, principalmente, piezas que siempre habían hecho las cantareras del municipio. “Sigo cociendo en un horno de leña, sigo utilizando lo que es la arcilla o el barro del término de Mota del Cuervo y con las técnicas tradicionales del urdido en el torno bajo, porque quiero mantener intacto el cómo se ha estado haciendo durante siglos. Aunque me gustaría también aplicar conocimientos que adquirí en la Escuela de Arte”, cuenta el alfarero. Además, con estas labores busca hacer una labor de divulgación con experiencias turísticas y a través de cursos para todos los públicos, sobre todo para aquellos interesados en redescubrir las profesiones de siempre. Es decir, acompañar en ese descubrimiento de la tradición oral de su familia y de las compañeras alfareras de la época de su abuela. A pesar de que la labor de las cantareras, mujeres de agua y barro, era primordial para la economía y la cultura moteñas, también ha sido minimizada por razones de género. Cano recuerda una anécdota que se remonta a los años 20 sobre su tío abuelo, cuyo padre animó a remangarse y hacer sus primeras piezas. “Fue un escándalo entre la familia y en el barrio de Las Cantarerías, que era donde se centraba toda esta actividad alfarera”, relata Rubén Cano. Aunque tuviera este antecedente en la familia, él siempre contó con su apoyo para preservar lo que es seña de identidad de la localidad agradeciendo a las mujeres que le precedieron.
Ser alfarero de un pueblo de Cuenca en un mundo inundado por la inteligencia artificial puede parecerse a la escena del Quijote y los gigantes. Pero la existencia de artesanos como Rubén Cano demuestra que aún hay interés en la creación puramente humana, la que se genera con las manos: “En un mundo como el que tenemos hoy, el trabajar con las manos y el trabajar con los productos o con los materiales que nos da la propia naturaleza creo, y espero, que se ponga todavía mucho más en valor”. Remarca la importancia de las redes sociales para despertar la sensibilidad artística. Más que portales en los que se propaga la individualidad, él aboga porque sean recursos gracias a los cuales cualquier persona pueda entrar a su taller, verlo trabajar y, de esa manera, despertar la curiosidad de aquellos que no conocían esta labor. Rubén Cano se ha abierto un camino que no es fácil y que requiere de la pasión suficiente para dignificarlo. Por ello, con su trayectoria demuestra que la tradición puede sobrevivir cuando encuentra quien la haga suya.