Recuerdos, familia y aficiones: así se tatúan los conquenses
Hubo un tiempo en el que un tatuaje decía mucho de quien lo llevaba. Durante años, la tinta bajo la piel se asoció a colectivos muy concretos o ambientes marginales. Bastaba descubrir un brazo tatuado para despertar recelos y quizá también demasiados prejuicios. Hoy, en cambio, la escena es bien distinta. Basta pasear por cualquier calle de Cuenca para comprobar que los tatuajes forman parte del paisaje cotidiano y que personas de cualquier edad o profesión lucen alguno sin que ello llame especialmente la atención. El cambio no ha sido solo estético; ha sido, sobre todo, social.
Pocas personas han visto esa evolución tan de cerca como Sergio Córcoles. Formado en Bellas Artes y propietario de El Laboratorio Tattoo, estudio ubicado en la avenida de la República Argentina y abierto desde 2023, acumula casi dos décadas dedicadas profesionalmente al tatuaje. Desde esa experiencia, y en el marco del Día Mundial del Tatuaje, resume la transformación con una frase rotunda: “Ha pasado de ser imagen de clandestinidad y de antisistema a todo lo contrario”.
Cuando comenzó, recuerda, el oficio era muy diferente. Apenas existía internet, todo se diseñaba a mano y el tatuaje todavía no estaba plenamente integrado en la sociedad. En los últimos años, sin embargo, la evolución tecnológica ha sido enorme gracias a mejores máquinas, pigmentos y técnicas, pero, sobre todo, gracias a una clientela mucho más exigente y a una profesión que se ha consolidado como una disciplina artística. No es casualidad que muchos tatuadores procedan hoy de Bellas Artes o de estudios de dibujo y diseño, como es su caso.
La desaparición del estigma ha cambiado también el motivo por el que la gente decide tatuarse. Si antes predominaba la voluntad de romper normas o diferenciarse, ahora el tatuaje suele responder a razones mucho más íntimas. Córcoles nos explica que en Cuenca “abundan los homenajes a familiares fallecidos, el recuerdo del nacimiento de un hijo, referencias a la naturaleza o diseños relacionados con las aficiones y la forma de entender la vida”. Además, los conquenses “suelen optar por trabajos en blanco y negro, realistas o de línea fina”, mucho más discretos que los grandes tatuajes a todo color que predominan en otros países.
ORIENTAR AL CLIENTE
Esa normalización también obliga a reflexionar antes de dar el paso de hacerse un tatuaje. Córcoles insiste en que lo primero es elegir un buen profesional y dejarse asesorar. “La piel envejece, el cuerpo envejece y el tatuaje envejece”, afirma, convencido de que un buen diseño no siempre funciona sobre cualquier cuerpo y de que pensar solo en el resultado inmediato puede convertirse en un error dentro de diez o veinte años.
Precisamente por esa responsabilidad reconoce que hay encargos que rechaza. No tanto por el contenido como por el momento vital del cliente. “Si una persona muy joven quiere empezar con un tatuaje muy grande, muy visible o especialmente agresivo, prefiero invitarle a reflexionar antes que aceptar el trabajo”. Orientar, dice, forma parte del oficio.
Los avances tecnológicos también han llegado al estudio. Cada vez son más los clientes que aparecen con imágenes creadas mediante inteligencia artificial. Sin embargo, Córcoles advierte de que un dibujo atractivo en una pantalla no tiene por qué convertirse en un buen tatuaje: “El diseño de un tatuaje debe adaptarse siempre a la anatomía y al comportamiento de la piel con el paso del tiempo, algo que ninguna aplicación puede resolver por sí sola”.
Mientras tanto, en una de las camillas del estudio, Misael Boronat, un valenciano de 29 años, se somete a un cover-up, una técnica que consiste en cubrir un tatuaje antiguo con otro completamente nuevo. Como tantos otros clientes, Boronat no busca únicamente decorar su piel, sino “reescribir una parte de su propia historia”.
Quizá ahí resida la mayor transformación del arte del tatuaje y de las enormes pasiones que despierta. Hace unas décadas quizá servía para diferenciarse del resto de la sociedad; hoy, en muchos casos, sirve para contar nuestra propia historia y conservar todo aquello que no queremos olvidar. Córcoles, después de casi dos décadas tatuando, reconoce que esa es también una de las mayores responsabilidades de su profesión: “Hay tatuajes que ya estoy haciendo a día de hoy sabiendo que van a sobrevivir”.
“Hay tatuajes que ya estoy haciendo a día de hoy sabiendo que van a sobrevivir”