La depuradora de Cuenca trata cada día 15 millones de litros de agua
Cada vez que un conquense o un visitante abre un grifo para lavarse las manos, acciona la lavadora o tira de la cadena del wc, se activa un engranaje invisible que atraviesa las entrañas de la capital. Son gestos cotidianos, casi inconscientes muchas veces, que marcan el inicio de un viaje de varios kilómetros que concluyen en la Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR) de Cuenca, una infraestructura crucial que lleva más de tres décadas en funcionamiento las 24 horas del día, los 365 días del año, para garantizar que el ciclo integral del agua se cierre de forma respetuosa con el medio ambiente.
Durante décadas, el recorrido del agua terminaba directamente en el río, pero en el año 1995 se puso en marcha esta infraestructura ubicada en el paraje del Terminillo con la misión de recoger las aguas residuales, tratarlas y devolverlas al Júcar en las condiciones legalmente establecidas.
La planta, gestionada actualmente por la empresa pública Aguas de Cuenca, tiene capacidad para depurar hasta 24.000 metros cúbicos diarios y podría prestar servicio a una población equivalente de 136.000 habitantes. Aunque la ciudad no alcanza esas cifras, la infraestructura fue diseñada con margen suficiente para responder al crecimiento urbano y a futuras necesidades. Desde su apertura, Felipe Fernández es el responsable de la estación depuradora.
DEPURACIÓN
Todo comienza mucho antes de que el agua llegue a la depuradora. Hace unos meses, en Las Noticias de Cuenca conocimos de primera mano cómo llega el agua a Cuenca desde los manantiales de Villalba de la Sierra y Cueva del Fraile, así como los procesos que se llevan a cabo para garantizar que el agua que sale del grifo sea de calidad.
Un líquido que, cuando se va por el sumidero, desemboca en una extensa red de saneamiento que recorre la ciudad. Según detalla Fernández, todos esos pequeños caudales terminan confluyendo en una gran tubería de dos metros de diámetro que conduce las aguas residuales hasta la planta. “Todo funciona como un embudo. Los colectores de las calles se van uniendo hasta que toda el agua llega aquí”, ha señalado.
Antes de iniciar el proceso de depuración, el agua atraviesa una primera fase conocida como pretratamiento. Es el primer filtro frente a los residuos que nunca deberían haber llegado al alcantarillado. Allí, unas rejas automáticas retienen toallitas, plásticos, restos de comida, papeles, trapos y otros materiales sólidos. El resultado puede sorprender. “Llega absolutamente de todo”, indica Fernández mientras muestra los contenedores donde se acumulan los residuos extraídos.
Precisamente las toallitas húmedas se han convertido en uno de los principales quebraderos de cabeza para los gestores de las redes de saneamiento. Aunque muchas se comercializan como biodegradables, no se descomponen en el tiempo que tardan en recorrer las tuberías hasta la depuradora. “Generan atascos muy importantes en los sistemas de bombeo y obligan a realizar mucho mantenimiento”, asevera el responsable de la planta.
Una vez eliminados los residuos sólidos, el agua pasa al desarenador-desengrasador. En esta etapa se separan las arenas y gravas por decantación, mientras que las grasas ascienden a la superficie y son retiradas para su posterior gestión por empresas autorizadas. Es un proceso aparentemente sencillo y muy fundamental para proteger el resto de la instalación.
A continuación llega el corazón de la depuradora: el tratamiento biológico. Allí se reproduce, de manera controlada y acelerada, el mismo mecanismo de los ríos para depurar el agua, pero de una forma mucho más concentrada y bajo control.
Y es que, en grandes tanques de aireación, miles de millones de bacterias se alimentan de la materia orgánica presente en las aguas residuales. Para ello necesitan oxígeno, que se aporta mediante enormes rotores que mantienen el agua en constante movimiento. El proceso recuerda al efecto que producen las cascadas y rápidos en los ríos de montaña. “Las bacterias utilizan ese oxígeno para degradar los contaminantes y transformar la materia orgánica”, detalla.
El agua permanece aproximadamente un día completo en estos tanques biológicos. Posteriormente pasa a los decantadores, donde se separa el agua ya tratada del denominado fango activo. Este efluente final es sometido a rigurosos análisis químicos diarios para certificar su inocuidad antes de ser devuelto al río Júcar. Curiosamente, la limpieza del agua en los decantadores genera un microclima particular. Durante los meses de invierno, la temperatura del agua residual tratada es más cálida que la del propio río Júcar, lo que convierte a estas balsas en un refugio predilecto para decenas de patos silvestres que nadan pacíficamente en las instalaciones, ajenos al ajetreo técnico que los rodea.
SEGUNDA VIDA
Lejos de convertirse en un residuo sin utilidad, estos lodos encuentran una segunda vida. Tras su deshidratación, se emplean como abono agrícola en cultivos como cereales o girasol que están próximos a la capital. “Intentamos sacar el fango lo más seco posible para darle ese aprovechamiento agrícola”, detalla Fernández.
Finalmente, el agua tratada se somete a controles analíticos para verificar que cumple todos los parámetros exigidos por la Confederación Hidrográfica del Júcar antes de ser devuelta al río. No es agua potable, pero sí un agua inocua para el ecosistema fluvial. “Va oxigenada y con unos parámetros de calidad adecuados para el medio ambiente”, ha señalado el responsable de la planta.
La existencia de esta instalación ha supuesto una transformación radical para el entorno del Júcar. Antes de su construcción, todas las aguas residuales de la ciudad se vertían directamente al cauce. “Había contaminación, malos olores y una alteración importante del ecosistema”, recuerda Fernández.
Aunque gran parte del proceso está automatizado y controlado mediante sistemas informáticos, la supervisión humana sigue siendo imprescindible. Actualmente trabajan en la instalación varios operarios encargados del mantenimiento diario, una labor especialmente importante en una infraestructura que acumula ya más de tres décadas de funcionamiento.
MANTENIMIENTO
En este sentido, el concejal de Medio Ambiente, Alberto Castellano, avanza que el Ayuntamiento acaba de impulsar un nuevo contrato de mantenimiento valorado en 150.000 euros anuales que permitirá reforzar los recursos humanos y técnicos de la instalación. El edil ha explicado que la medida forma parte del proceso de reorganización administrativa derivado de la futura gestión directa de Aguas de Cuenca por parte del Consistorio una vez se extinga la empresa pública cuando se aprueben los nuevos presupuestos municipales.
Castellano también pone el foco en otro de los grandes costes asociados a la depuración: el consumo energético. Mantener en funcionamiento los sistemas de bombeo, aireación y tratamiento supone un importante gasto eléctrico. De hecho, el contrato energético de la estación ronda los 400.000 euros anuales. Por ello, subraya que pequeños gestos cotidianos, como utilizar correctamente los detergentes o evitar arrojar residuos al inodoro, contribuyen también a reducir costes y mejorar la eficiencia del sistema.
Además, ha conseguido minimizar uno de los aspectos tradicionalmente asociados a estas instalaciones: los olores. Aunque en las zonas de pretratamiento se percibe el característico aroma de las aguas residuales, los sistemas de ventilación y desodorización evitan que estos se propaguen más allá del recinto, permitiendo que una infraestructura imprescindible para la ciudad conviva prácticamente desapercibida con su entorno.
La magnitud de este servicio se entiende mejor al observar las cifras que hay detrás de él. Y es que, la red de saneamiento de Cuenca supera los 150 kilómetros de conducciones y se articula en torno a tres grandes colectores generales que recogen las aguas residuales de toda la ciudad para conducirlas hasta El Terminillo.
Allí se tratan cada día en torno a 15 millones de litros de agua procedentes de viviendas, comercios e industrias, en una infraestructura silenciosa que permite que el ciclo del agua se cierre con todas las garantías ambientales y que el río Júcar reciba un agua compatible con la conservación de su ecosistema.