Es noticia en Cuenca: Plaza de Toros de Cuenca Feria y Fiestas San Julián 2026
DIPUTACIÓN PROVINCIAL TU COMIDA EN CASA

Cuatro décadas dando vida a los gigantes y cabezudos

Padres, tíos, primos y sobrinos de Rocio Saavedra y David Sánchez se relevan desde hace más de 40 años para mantener viva la tradición
29/08/2026 - Rubén M. Checa

Cuando las puertas de los antiguos almacenes municipales de la avenida Reyes Católicos se abren en las semanas previas a la Feria y Fiestas de San Julián, comienza uno de esos pequeños rituales que anuncian que la feria está cerca. Y es que, bajo grandes plásticos, protegidos durante meses del polvo y del paso del tiempo, esperan los seis cabezudos y los cuatro gigantes de Cuenca. Diez personajes que permanecen inmóviles durante buena parte del año hasta que una familia vuelve a colocarse bajo sus estructuras para darles vida y devolverlos a unas calles por las que llevan más de cuatro décadas desfilando.

Parte de esa familia son Rocío Saavedra y David Sánchez, quienes conocen bien esa tradición ya que padres, tíos, primos, sobrinas, madres, etcétera se han encargado históricamente de portar estas figuras.

Recuerdan que los actuales gigantes y cabezudos fueron elaborados en 1984 por la empresa Aragonesa de Fiestas para el Ayuntamiento de Cuenca. 

Son los gigantes los que plantean el mayor reto a la hora de sacarlos a la calle. Y es que, los gigantes rondan los cinco metros de altura y pesan entre 50 y 60 kilos debido, entre otras cuestiones, a la estructura interior de madera. 

Por eso, antes de San Julián la familia acude a los almacenes para comprobar su estado. Los destapan, los revisan y observan si alguno necesita algún arreglo antes de regresar a las calles. 

Pero el verdadero momento especial llega cuando abandonan el almacén. Para Rocío, verlos otra vez en movimiento significa recuperar de golpe numerosos recuerdos de su infancia y de tantos años vinculada a estas figuras. 

Rocío también estuvo años atrás dentro de los cabezudos, aunque actualmente su función se desarrolla principalmente desde fuera. Es la encargada de dirigir a quienes caminan dentro de las figuras y ayudarles durante el recorrido. Aunque cuentan con pequeñas aberturas para poder orientarse, explica que la visibilidad es reducida y cualquier obstáculo en la calle puede complicar el avance.

También permanece pendiente del público. Una de sus mayores preocupaciones son los caramelos que algunas personas lanzan contra las figuras. Una costumbre aparentemente inocente que puede terminar provocando daños en el cartón piedra, por lo que cuando observa a alguien hacerlo intenta pedirle que pare.

SOLLOZOS DE NIÑOS

Precisamente el público, y especialmente los niños, proporciona algunas de las escenas más curiosas de cada salida. Rocío y David explican entre risas que durante las carrozas de San Julián es habitual encontrarse con pequeños que, al ver acercarse a los enormes personajes, comienzan a llorar o buscan refugio junto a sus padres.

La reacción cambia por completo durante la Cabalgata de Reyes. Son exactamente las mismas figuras, pero el contexto transforma la mirada de los niños. “Es como algo mágico”, explican. En Navidad apenas se asustan y predominan las sonrisas y las caras de ilusión. Para quienes están detrás de los gigantes y cabezudos, observar esas reacciones constituye una de las mayores recompensas.

No todo es sencillo. Durante tantos años ha habido tropiezos y momentos en los que un gigante ha comenzado a inclinarse peligrosamente, provocando algún “¡que se cae!” entre quienes contemplaban el desfile. Por fortuna, detallan, nunca se ha producido ningún percance.

El recorrido más complicado tampoco es el habitual de San Julián, sino el que realizan durante San Mateo, una tradición recuperada después de la pandemia. Los gigantes suben hacia el Parador, atraviesan el puente de San Pablo y continúan junto a las Casas Colgadas, la plaza de Ciudad de Ronda y finalmente la Plaza Mayor.

El esfuerzo es considerable porque no disponen de un camión o de otro sistema para transportar las figuras durante esa subida. A las pronunciadas pendientes se suma el paso por el puente de San Pablo, donde el viento puede dificultar el equilibrio de unos gigantes de alrededor de cinco metros. Incluso los arcos obligan a tumbarlos momentáneamente para atravesar determinados puntos antes de volver a levantarlos y continuar su camino.

RECUERDOS

Entre los recuerdos que conserva Rocío hay una imagen que hoy prácticamente ha desaparecido. Antiguamente, durante los fines de semana de la Feria de San Julián, gigantes y cabezudos recorrían diferentes barrios de Cuenca. Los vecinos salían a recibirlos y desde las ventanas y las calles les lanzaban caramelos, dulces e incluso alguna moneda.

Una costumbre que a la familia le gustaría recuperar, ya que permitiría acercarlas a más niños y devolver a la ciudad una tradición que durante años formó parte de sus fiestas.

En todos esos recorridos hay, además, un acompañante imprescindible: la música. Rocío y David hacen una mención especial a los dulzaineros de Tiruraina, que han acompañado y continúan acompañando las salidas de gigantes y cabezudos.

Para Rocío hay una escena que resume todo ese vínculo. Cuando termina cada desfile, su padre suele estar esperando al final del recorrido. Allí recibe a la familia después de haber llevado durante horas a gigantes y cabezudos por la ciudad y les dedica unas palabras de cariño por haberlos sacado, cuidado y lucido una vez más.

La familia también plantea una reivindicación para garantizar su futuro. Considera necesaria una restauración que permita conservarlas y, al mismo tiempo, reducir el considerable peso que soportan sus porteadores. Entre las posibilidades que apuntan estaría sustituir algunos materiales por fibra de vidrio y estructuras de aluminio, más ligeras que las actuales de madera y cartón piedra.

Después de cada desfile regresan al almacén. Los gigantes vuelven a quedar quietos, se cubren de nuevo y esperan su próxima salida. Pero solo de forma temporal. Porque mientras haya alguien dispuesto a colocarse bajo sus pesadas estructuras, acompañarlos por las calles y mantener viva una tradición heredada de padres a hijos, los reyes moros, los reyes castellanos y sus inseparables cabezudos seguirán despertando miedo, sonrisas y recuerdos cada vez que vuelvan a pasear por Cuenca.