El cólera y la toma carlista dejaron su huella en el cementerio de Cuenca
Una inquietud de juventud, quizá entre la curiosidad y el romanticismo, llevó a Diego Gómez Sánchez a investigar los cementerios de Cuenca. Acababa de terminar la carrera de Bellas Artes y no imaginaba que aquellos recintos le iban a deparar tantas sorpresas. Hoy, profesor del Departamento de Arte de la Universidad de Castilla-La Mancha, conserva la fascinación por unos lugares en los que puede leerse el pasado político y social de una ciudad. “Cuando eres joven, eso de los cementerios te llama la atención. No sé si es una visión un poco macabra o romántica de la vida. Presenté un proyecto para estudiar los cementerios de la ciudad sin sospechar que había tanta historia detrás”, nos cuenta.
Una beca de la Diputación le permitió dedicar tres años a aquella investigación. Rebuscó en documentos del Archivo Municipal y extendió sus visitas a otras localidades de la provincia. El trabajo cristalizó en 1998 en ‘La muerte edificada’, un libro coeditado por la UCLM y la institución provincial.
Entre sus páginas aparece la historia del cementerio del Santísimo Cristo del Perdón, cuyo primer enterramiento se realizó el 1 de julio de 1899. Su apertura culminaba un largo proceso para sustituir al antiguo cementerio general, que se inauguró en 1834, y que se había quedado pequeño: “Los informes médicos empiezan a denunciar malos olores y que las tumbas hay que vaciarlas antes de tiempo para enterrar nuevos cadáveres porque la superficie es demasiado pequeña”, explica Gómez. La preocupación sanitaria y las epidemias marcarían aquel proceso.

Cólera: tres fosas para una emergencia
El siglo XIX dejó en Cuenca varias epidemias de cólera. Según los datos recopilados por el investigador, la de 1834 causó 63 muertes y la de 1855, otras 253. Pero la más grave fue la de 1885, con 384 fallecidos en la capital.
La amenaza de la enfermedad había impulsado la búsqueda de otro espacio funerario. Sin embargo, cuando llegó la epidemia, el futuro cementerio estaba lejos de poder utilizarse: “Solamente se había expropiado el terreno al propietario original y se había deslindado la parcela de los 12.000 metros cuadrados que iba a ocupar el nuevo cementerio. Aquello era un solar”, señala.
Ante el temor de que los enterramientos agravaran la situación sanitaria, el Ayuntamiento había reservado un pequeño espacio provisional junto al futuro recinto. La solución fracasó: “Cuando van a excavar la tumba se dan cuenta de que el suelo es tan duro que no pueden utilizarlo. Entonces el Ayuntamiento decide delimitar un nuevo apartado, también pegado al futuro muro de cerramiento del cementerio, donde hubiera mejores condiciones”, relata.
Así se habilitaron tres fosas, separadas por muros de piedra, que sumaban unos 46 metros cuadrados. El lugar todavía puede reconocerse en el camposanto. Según los registros municipales consultados por Gómez, allí se depositaron 243 cadáveres. El investigador considera que los restos deben continuar en ese emplazamiento, aunque no afirma haber comprobado su permanencia.
Aquel espacio recuerda la urgencia con la que una ciudad del XIX tuvo que responder a una epidemia, en una época en la que persistía la asociación entre los malos olores y el contagio de enfermedades.

El Carlismo: víctimas del 15 de julio
Otro episodio fundamental conduce hasta la toma carlista de Cuenca del 15 de julio de 1874 y al monumento que recordó a sus víctimas. Tras su demolición durante el franquismo, los restos que contenía terminaron en el cementerio municipal. Dichos restos se encontraban en una urna de plomo y su traslado se aprovechó para coincidir con el de los restos procedentes del antiguo cementerio. “Se aprovecha para meterlos allí, silenciosamente, porque los carlistas eran aliados del régimen franquista. En una sepultura totalmente anónima, con cuyo descubrimiento cierro yo el libro”, explica Gómez.
El profesor e investigador sitúa ese depósito en el primer columbario de uno de los pabellones destinados a recibir restos del viejo camposanto. Allí, una pequeña sepultura conserva una parte de la memoria de aquel episodio.
Memoria del antiguo camposanto
Antes de la apertura del actual cementerio municipal del Santísimo Cristo del Perdón, los conquenses eran enterrados en el cementerio general de la ciudad, situado en los terrenos que hoy ocupa el edificio universitario de Gil de Albornoz. La parcela había pertenecido a un antiguo convento de mercedarios.
Tras la apertura del nuevo recinto en 1899, el viejo cementerio de la ciudad quedó fuera de uso, “con una breve prórroga para determinados enterramientos”. Comenzó entonces un deterioro que se prolongó durante décadas, aunque “el Ayuntamiento mantuvo a un sepulturero encargado de vigilarlo”.
En 1942 se decidió desmantelarlo y destinar el terreno a un cuartel que finalmente no llegó a construirse. Después se levantaría allí el colegio de los Salesianos, precedente del actual uso universitario.
Todo este proceso obligó a resolver qué hacer con los restos. “Se publicaron bandos para que las familias pudieran reclamarlos” y, tras varios años de tramitación, los traslados comenzaron en noviembre de 1946. “En el cementerio actual, debajo de la plazoleta donde están los columbarios, hay un osario donde fueron a parar los restos que no fueron reclamados del cementerio viejo o cementerio general. Y todos los otros restos que sí fueron reclamados están ocupando alguno de los columbarios”, detalla el profesor Diego Gómez Sánchez.
Esos pequeños nichos explican perfectamente parte de las fechas anteriores a 1899 que pueden leerse en el actual cementerio. También hubo familias que trasladaron a sus antepasados a sepulturas propias. “Todas las fechas anteriores a la apertura tienen que corresponder a fallecidos del cementerio viejo. Había familias que tenían aquí un nicho en propiedad, o lo compraban, y se traían a sus antepasados”, subraya.
Entre otros recuerdos, el camposanto conquense conserva los de los niños que murieron en el derrumbe de la Torre de las Campanas de la Catedral, cuyos nichos se encuentran en uno de sus sectores más antiguos del cementerio municipal. Además, y cerca de la capilla, una figura femenina de tamaño natural sostiene una gran ancla, un detalle que llamó la atención del profesor Gómez Sánchez y que aporta un mensaje de esperanza entre tanta memoria de la pérdida: “El ancla es el símbolo tradicional de la esperanza en la vida futura”.
En el sector más antiguo del camposanto descansan los niños que murieron en el derrumbe de la Torre de las Campanas de la Catedral