Lo Hueco reescribe su historia: los dinosaurios permanecieron semanas a la intemperie
La historia de los dinosaurios de Lo Hueco, en Fuentes, esconde un detalle diminuto que ha obligado a revisar cómo se formó uno de los yacimientos paleontológicos más importantes de Europa. No se trata de un hueso de grandes dimensiones ni de una nueva especie, sino de unas pequeñas perforaciones en los restos fósiles que han permitido reconstruir qué ocurrió con los cuerpos de estos gigantes del Cretácico Superior después de su muerte. Los responsables de estas marcas fueron, probablemente, las larvas de unos escarabajos necrófagos que encontraron en los cadáveres un lugar donde alimentarse y completar su desarrollo, tal y como publica el portal de Cultura de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.
Un hallazgo que aporta una nueva perspectiva sobre Lo Hueco y cuestiona una de las hipótesis que explicaban hasta ahora la acumulación de fósiles en este enclave conquense. Frente a la posibilidad de que los dinosaurios quedaran sepultados de forma rápida por una gran riada, las evidencias apuntan a que sus cuerpos permanecieron a la intemperie durante semanas e incluso meses antes de ser cubiertos por los sedimentos. Así lo pone de manifiesto una investigación liderada por el profesor Zain Belaústegui, de la Facultad de Ciencias de la Tierra y del Instituto de Investigación de la Biodiversidad (IRBio) de la Universitat de Barcelona, junto a Iván Narváez y Patxi Ortega, investigadores del Grupo de Biología Evolutiva de la UNED, y especialistas en entomología forense de la Universidad de Alcalá. En ella, se han analizado las marcas de bioerosión, es decir, las alteraciones que producen los organismos vivos sobre superficies duras como los huesos.
Y para ello, se han uttilizado herramientas propias de la entomología forense, la disciplina que estudia los insectos que colonizan los cadáveres para determinar cuánto tiempo ha transcurrido desde la muerte. Un método habitual en las investigaciones policiales que, trasladado al estudio de los fósiles, permite viajar unos 70 millones de años atrás y reconstruir parte de los procesos que experimentaron los animales antes de convertirse en restos petrificados.

Pero para comprender la importancia del descubrimiento hay que remontarse a 2007, cuando las obras de construcción de la línea de alta velocidad Madrid-Valencia sacaron a la luz el yacimiento de Lo Hueco. Por aquel entonces, una excavación de urgencia permitió recuperar miles de fósiles de una extraordinaria diversidad de organismos, entre ellos plantas, moluscos, peces, anfibios, tortugas, cocodrilos y, especialmente, dinosaurios.
Entre los protagonistas de este enclave destacan los titanosaurios, esos enormes dinosaurios herbívoros de cuello y cola largos que dominaron los ecosistemas terrestres al final del Cretácico. Sus restos, tanto huesos aislados como esqueletos articulados y semiarticulados, han convertido Lo Hueco en uno de los registros fósiles continentales más destacados del suroeste de Europa cuya colección se conserva actualmente en el Museo de Paleontología de Castilla-La Mancha (MUPA), en Cuenca.
Durante años, los trabajos científicos se han centrado en identificar las especies y conocer la diversidad de animales que habitaban este territorio. Sin embargo, quedaba profundizar en las huellas que otros organismos dejaron sobre sus restos después de la muerte. Al examinar distintos huesos de titanosaurios, los investigadores encontraron pequeñas cavidades de sección elíptica, bien delimitadas y presentes en elementos esqueléticos muy diferentes, desde costillas y vértebras hasta osteodermos, unas placas óseas integradas en la piel.
Estas perforaciones no eran simples grietas ni daños provocados por el viento o el transporte del agua, sino que por su morfología se clasificaron dentro del icnogénero Cubiculum, un término utilizado en paleontología para identificar las estructuras que dejan los organismos, sin necesidad de conocer con exactitud la especie que las produjo.
En este caso, las marcas se relacionan con la actividad de larvas de escarabajos necrófagos. Y es que, cuando los tejidos blandos del cadáver ya han desaparecido o se han desecado, estas larvas pueden penetrar en la superficie del hueso y excavar pequeñas cámaras en las que se protegen durante la transformación hacia la fase adulta. Es decir, los huesos de los dinosaurios se convirtieron también en refugio para los insectos que colonizaron sus cadáveres.
El estudio ha identificado, además, otros dos tipos de huellas relacionados con este proceso. Por un lado, Cuniculichnus (túneles, surcos o muescas) también vinculado a la actividad de escarabajos y, por otro, Linichnus, que corresponde a marcas producidas por el raspado de dientes o garras de vertebrados carnívoros al alimentarse de los restos.
Diez día de actividad, una huella de millones de años
Y para comprobar que las perforaciones fósiles podían corresponder efectivamente a cámaras donde se refugiaban los escarabajos, los investigadores recurrieron a una especie actual llamada Dermestes frischii que también se utilizan en investigaciones forenses.
El equipo estudió su comportamiento en laboratorio y comprobó que sus larvas eran capaces de generar estructuras similares a las encontradas en los huesos de Lo Hueco. Para ello realizaron ensayos con restos óseos actuales de cerdos, cocodrilos y avestruces, con los que pudieron comparar las perforaciones y analizar cómo se formaban.
Los experimentos determinaron que las larvas necesitan al menos 240 horas, equivalentes a diez días de actividad continuada en condiciones óptimas de laboratorio, para construir estas cámaras. Si bien, esto no quiere decir que los escarabajos tardaran diez días en perforar los huesos de los dinosariuos de Lo Hueco puesto que las variaciones de temperatura, la humedad, las lluvias y la competencia con otros animales carroñeros pudieron ralentizar el desarrollo de los insectos y prolongar considerablemente el proceso.
Por eso, la presencia de estas estructuras en los fósiles de Lo Hueco constituye una prueba de que los cadáveres estuvieron expuestos al aire libre durante un periodo prolongado, probablemente de varias semanas.
Una nueva interpretación de Lo Hueco
La principal consecuencia de este descubrimiento es que modifica la reconstrucción de los acontecimientos que dieron lugar a las grandes acumulaciones de fósiles del yacimiento conquense. Hasta ahora, una de las explicaciones planteaba que una riada catastrófica había provocado el enterramiento masivo e inmediato de los animales. Sin embargo, las marcas de insectos y vertebrados carroñeros muestran que el proceso fue más "gradual y complejo".
La secuencia que plantean los investigadores comienza con la muerte de los dinosaurios y la exposición de sus cuerpos a la intemperie. A continuación, otros animales carroñeros aprovecharon los tejidos y dejaron marcas en los huesos. Más tarde, las larvas de escarabajos colonizaron los restos, alimentándose y excavando sus cámaras de pupación. Solo después de estas fases se produjo la desarticulación de los cadáveres y su enterramiento progresivo bajo los sedimentos, que dio comienzo al proceso de fosilización.
Por otro lado, la investigación pone de relieve la singularidad del patrimonio paleontológico de Castilla-La Mancha. Para desarrollar el trabajo, el equipo ha revisado más de 140 publicaciones científicas sobre bioerosión producida por insectos en tejido óseo, desde el Triásico hasta la actualidad. De todas ellas, únicamente una correspondía a la península ibérica, lo que refuerza el interés científico de los restos encontrados en Fuentes.
Los estudios sobre las huellas fósiles continúan en distintos yacimientos de la Formación Villalba de la Sierra, bajo la coordinación del Grupo de Biología Evolutiva de la UNED y con financiación de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y la Agencia Estatal de Investigación.
