Día Internacional de la Biblioteca
Existe un lugar en donde el ser humano convive en armonía; un lugar que esconde secretos que invitan a vivir experiencias inolvidables; un lugar donde el alma se inunda más allá de lo que es capaz de sentir; un lugar donde el corazón se emociona para siempre. Ese lugar, para mí, es “mi biblioteca”; ella es el corazón latente de mi casa.
Mi biblioteca habla de sus libros. Libros, sobre todo, de temas locales de Cuenca y Montalbo; libros que me aportan compañía, sabiduría y placer; libros que, a veces, hablan de mí.
Yo amo los libros. Ellos son mi tesoro. ¿Qué haría yo sin ellos? Su inconfundible olor a viejo y el sentir de su textura me son tan mágicos que me roban suspiros. Los amo tanto que casi nunca los presto para así no perderlos a ellos ni al amigo. Es mucho más elegante regalarlos, una generosidad que beneficia más al donante que al receptor.
Mi biblioteca no es grande ni pequeña. Ni es rica ni es pobre, pero es “mi biblioteca” y disfruto de ella. Tiene alma, huele a menoría; tiene libros con arrugas, con cicatrices, olores, llenos de vida y de voces, y en muchos de ellos se respira la nostalgia de las manos que un día los leyeron y llegaron a cambiarles el corazón. Su mayor utilidad es obedecer a la primera máxima de la filosofía socrática: “Conócete a ti mismo”.
Mi biblioteca es una extensión de mí mismo y de mis inquietudes. Si un día quedara amnésico, bastaría con visitarla para recordar quien soy y qué es lo que me mantiene vivo. Y es que, parte de mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros.
Las bibliotecas suelen morir. Mueren lo mismo que nosotros, cuando les falta el alma, su dueño, su creador. Cuentas que, algunas como la de Alejandría y Celso, al sucumbir se llevaron el secreto de su inmortalidad dentro de sus misteriosas cenizas. El fin de una biblioteca un doloroso proceso que forma parte de su ciclo vital. Los familiares (viudas, hijos queridos, y sobrinos) suelen contemplar como un cuerpo sin alma los libros del padre ausente, del erudito difunto, y se ven impotentes para impedir la disgregación inevitable de sus libros. Muchos son los motivos (falta de espacio, dificultad económica, disputas de herencias, traslado domiciliario…) que conducen al despojo de una biblioteca. A quienes se despenden de sus libros con dolor, mientras otros suelen hacerlo con alivio y, a veces, con júbilo. En ambos casos el alma de la biblioteca muere y con ella sus libros.
Somos coautores de nuestra biografía. Nuestra identidad se forja a través del tiempo, la memoria, los recuerdos, los aciertos y las heridas. También dicen que para conocer a alguien en profundidad basta con echarle un vistazo a su biblioteca y que los libros que tenemos en nuestras bibliotecas dicen más de nosotros que nosotros de ellos. Si a las personas se las conocen por lo que aman y son lo que son por lo que leen, no cabe duda que no hay mejor biografía de una persona que la que se descubre en su propia biblioteca. Por ello, a veces me pregunto: ¿Mi biblioteca cuenta realmente quién soy? La respuesta es obvia: sí, ELLA ES LA MEJOR DE MIS BIOGRAFÍAS.