Conchi Ortega, un siglo de tradición joyera en Cuenca
Cuando Conchi Ortega Briones (Cuenca, 1971) habla de su trabajo, en realidad está hablando de una historia familiar que se inicia muchas décadas antes de que ella naciera. Y es que, pertenece a una saga de comerciantes cuya vinculación con el territorio conquense supera ya los cien años de vida. Una trayectoria que comenzó en 1918, cuando su bisabuela abrió una pequeña tienda en Uña, y han llegado hasta nuestros días adaptándose a los cambios de cada época sin perder la esencia del trato cercano.
En aquella tienda se vendían productos variados, desde colonias hasta pequeños complementos, y poco a poco fueron incorporando artículos relacionados con la joyería tradicional, como horquillas o adornos para mantillas.
Tras la Guerra Civil, la familia siguió ampliando su actividad. Su abuela vendía radios, colonias y otros artículos, mientras que la joyería y la relojería iban ganando protagonismo. “Los joyeros trabajaban entonces en casa”, rememora Ortega, explicando que la familia contaba con despachos particulares en la zona de Camino Cañete donde se atendían a los clientes y, además, recorrían pueblos y domicilios para ofrecer sus productos.
El negocio dio un paso más en el año 1956, cuando la familia obtuvo oficialmente la condición de agentes comerciales. Desde esa fecha, la actividad fue creciendo hasta consolidarse como una referencia en la ciudad. Su padre desarrolló la parte de relojería, mientras que ella acabó especializándose en el trabajo de joyería y en el taller que mantiene actualmente.
De este modo, la relación de Conchi Ortega con las joyas comenzó prácticamente desde que tenía memoria. Tanto es así que siendo apenas una niña, recuerda cómo se sentaba junto a los representantes que visitaban a la familia y pasaba horas observando las piezas que llevaban consigo. Aquella afición temprana acabó convirtiéndose en una vocación. Con apenas 14 años ya ayudaba a vender y tenía claro que quería dedicarse al negocio familiar.
Fue también cuando empezó a insistir a su padre para abrir una tienda física. La apuesta terminó materializándose a comienzos de la década de los noventa. Desde aquel primer establecimiento hasta el actual local de la calle Las Torres, el negocio ha mantenido una presencia constante en la ciudad.
Sin embargo, si algo ha cambiado durante estas décadas ha sido la forma de consumir. Ortega recuerda una época en la que las familias consideraban el oro una inversión. “Las piezas valían el sueldo de varios meses y las pagaba poco a poco”, señala. Las joyas acompañaban bautizos, comuniones o acontecimientos familiares y pasaban de generación en generación como recuerdo y también como patrimonio.
Según explica la joyera, aquellos hábitos prácticamente han desaparecido. Hoy predominan materiales como la plata, el acero o la alta bisutería, mientras las compras de oro son mucho menos frecuentes. Un cambio que ha obligado al sector a adaptarse y diversificar su oferta.
Pese a ello, Ortega mantiene una parte fundamental del negocio: el taller. Allí realiza reparaciones, transformaciones y piezas personalizadas. Desde grabados fotográficos en oro hasta diseños creados a partir de una idea aportada por el cliente, el trabajo artesanal sigue siendo una de las señas de identidad del establecimiento. “Si alguien quiere algo especial, intentamos hacerlo”, explica.
En cuanto a las tendencias, reconoce que los clásicos siguen teniendo un peso importante en Cuenca. Las perlas, los aros o símbolos como el árbol de la vida continúan siendo demandados, especialmente entre una clientela fiel que valora las piezas de siempre. Aunque cada temporada incorpora novedades y diseños distintos, asegura que la mayoría de compradores siguen apostando por lo conocido.
Además de la tienda de la calle Las Torres, la familia instala durante varios meses un punto de venta en el Centro Comercial Mirador. El objetivo es ganar visibilidad y recordar que el negocio continúa activo después de décadas de trayectoria. “Hay gente que se sorprende cuando nos ve y descubre que seguimos aquí”, comenta.
Después de toda una vida entre herramientas y mostradores, Conchi Ortega tiene claro cuál es el mensaje que quiere trasladar. Y es que, más allá de las joyas, reivindica la importancia del comercio local como motor económico de la ciudad. “Es muy importante comprar en Cuenca”, subraya. Porque detrás de cada pequeño establecimiento, recuerda, hay familias, empleos y generaciones enteras que han construido parte de la historia comercial de la capital conquense.