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Especial Semana Santa 2020
Reseña

Reseña sobre Jardín seco, a Fernando Zóbel

El Cronista Oficial de Cuenca desgrana la obra de Samir Delgado, un libro abierto a las hoces de la Cuenca viva, la del mundo

Reseña sobre Jardín seco, a Fernando Zóbel
29/8/2020 · Miguel Romero

Tal cual dijo Henri Matisse en el 1908, "...mi aspiración es un arte equilibrado, puro, sereno, sin inquietudes, sin angustias, un arte que tranquilice al obrero y al intelectual -al escritor y al poeta, al hombre de negocios- un bálsamo mental, algo así como encontrarse con un buen sillón después del trabajo físico", me llega a mí, en este poemario intrépido y sonoro, cálido y sensual, con la pintura al bies, en ese mismo foco que su autor, un hombre de mundo, Samir Delgado (Las Palmas de Gran Canaria, 1978) dejase impregnado con su tesitura de hombre del arte cuando quiso e hizo un Tren de los poetas en nuestra Cuenca, la misma Cuenca que Zóbel transcribió en sus lienzos.

"Cruzar el puente sobre el río y mirar el sol del ornitóptero" -convence en sus versos, uno de los primeros-, porque no transige en su relicario por las calles de Cuenca, esa que pisase Zóbel cuando, junto a Torner, zigzagueaban entre los recovecos de rincones de leyenda, antaño más oprimidos que ahora. Creo que hablar de Samir Delgado es hablar de un hombre "razonablemente cuerdo" entre los bestiarios de nuestra ciudad colgada. Aquí, llegó con la sensación de cumplir ese deber de quien adora el alma de los poetas y siente el color de los pintores. Vino a Cuenca, tal vez treinta y tantos años después que Zóbel, pero en ambos, se quedó la angustia retratada en su sementera cuando quiso y pudo, rehacer su elegía hacia el credo del artista. Estudió la creatividad en las Bellas Artes que aquí singularizan los académicos eternos, universitario y bohemio.

Nos lo dice en su maravilloso Prólogo, el crítico Alfonso de la Torre y lo dice con bonitas y fieles palabras, en ese yantar que él bien conoce cuando habla de arte, de Cuenca y del mundo. Nos dice que: "La recreación de la memoria es quizás el más alto privilegio del artista y Samir pone en práctica esa maquinaria. Ejerciendo el delirio de estar frente al más absoluto de los silencios, inmerso en los placeres de la lentitud ya perdidos, se permite elevar preguntas entre el deseo y la espera (citará «los espacios de espera» nuestro vate). Silencio-silencio-silencio, clamará Samir al comienzo de este libro, casi como una plegaria. Silencio. Volverá el reino del silencio, una silenciosa cabalidad puebla otras páginas de este libro, un saludo a Georges Rodenbach, impregnando sus versos a lo largo del poemario: el silencio de ver, el de pintar y también el que nutre el vacío: «hacia el silencio el otro silencio del color», nos dirá".

Y a mí me deja "boquiabierto" porque trasluce su poesía entre un encanto que subyace en su misterioso caminar. Lo hace hacia Zóbel, su arte, su obra en un Museo de Arte Abstracto que preconizó el entorno de la ciudad libertaria que nunca quiso ser, esa Cuenca anclada en la transición del gótico a una abstracción sin precedentes. Tensión luminosa; Ícaro; Matinal, Nocturno o sin descanso, ese Jardín Seco a golpe de palabra de Li Po: "Por fin en casa la hora sin título / La mirada soberana del pintor / En el jardín seco dos libélulas a un tiempo"

Sus recuerdos de libro son recuerdos de poeta del tiempo, pero sobre todo, poeta del sentimiento y del recuerdo. Intenso en sus reflexiones y sereno en sus alabanzas, pero su credo poético es de alto nivel. Los verdes de Rotterdam o los ocho florines de Klaviersonata, sin olvidarnos del Oscuro veneciano o el Atocha nocturno. Un soliloquio de emociones su poemario, el que animo a su lectura por creer en su palabra. Cinco partes, lindos versos en palabra latinoamericana que abre al espectro del conquense, el que fue cuando estuvo y el que es desde la lejanía equinoccial.

Un buen poemario y un lujo para Zóbel y su pasionaria luz en espacios divididos; en esta capital del lirismo que de la Torre evoca cuando nos lleva a Juan Manuel Bonet, entre las aguas del Huécar y del Júcar, donde yo habitualmente nado.

Buena apuesta de la editorial Bala Perdida.

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